La realidad y el deseo

23 / 04 / 2015 Alfonso Guerra
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Los comentarios sobre los resultados de las pasadas elecciones andaluzas responden más a los deseos de cada uno que a la realidad irrebatible de los datos.

Los sistemas democráticos del mundo occidental se fundamentan en la representación de la voluntad popular expresada en sus preferencias electorales para seleccionar a los representantes en los Parlamentos y en los Gobiernos. Cada varios años los ciudadanos eligen a aquellos que creen que mejor les representan en sus proyectos personales y en las actuaciones colectivas. Conservan siempre la libertad de elección y la posibilidad de modificar sus preferencias cambiando el sentido de su vocación respecto del proceso electoral precedente.

A mediados del siglo XX se generalizó un procedimiento para “adelantar” los resultados antes de que se produzca la votación, mediante encuestas realizadas a un grupo de personas, seleccionadas según un método aleatorio, cuyas respuestas a un cuestionario permite sacar conclusiones por adelantado de lo que sucederá cuando se celebren las elecciones. Los Gobiernos crearon institutos de predicción, se fundaron empresas especializadas a las que los periódicos e incluso los partidos políticos encargan sondeos que les orienten sobre las preferencias futuras de los ciudadanos. La aparición de las tecnologías modernas ha hecho evolucionar los métodos seguidos en estos sondeos, sustituyendo en la mayoría de las ocasiones las entrevistas personales por llamadas telefónicas que a veces incluso son gestionadas por aparatos electrónicos.

Con objeto de dar mayor crédito a las encuestas se ideó un sistema llamado israelita, consistente en hacer las preguntas inmediatamente después de que los electores voten, a las puertas de los colegios electorales.

El hecho relevante es que, después de alimentar con sondeos la vida política durante cuatro años, los resultados en pocas ocasiones coinciden con las previsiones obtenidas de los sondeos previos. No es alarmante que así suceda porque nadie puede garantizar que los encuestados estén contestando realmente lo que piensan votar o lo que han votado. Lo que sí resulta llamativamente alarmante es que se siga sosteniendo, cuando se dan grandes diferencias entre previsiones y resultados, que la realidad ha confirmado lo que se venía anunciando.

Desde las últimas elecciones legislativas de noviembre de 2011 se ha impuesto en el debate político (insistentemente planteado por Izquierda Unida y por Unión, Progreso y Democracia) la crítica permanente al llamado sistema bipartidista (así llaman a un Parlamento formado por una docena de partidos con predominio numérico de dos de ellos).

Las pasadas elecciones al Parlamento Europeo sirvieron a algunos para anunciar de manera tajante la muerte del bipartidismo. Esta declaración será repetida por políticos, comentaristas y periodistas de manera continuada. De aquí la expectación creada ante unas elecciones –las de la Comunidad Autónoma de Andalucía– que confirmarían definitivamente o rebatirían la teoría del fin del bipartidismo.

Se celebraron las elecciones y, como viene ocurriendo en España, los comentarios sobre los resultados responden más a los deseos de cada uno que a la realidad irrebatible de los datos.

La gran mayoría de opinantes y desde luego las formaciones descontentas con la mayor preferencia hacia los dos partidos más fuertes confirmaron en la noche electoral el fin o la muerte del bipartidismo, aunque tal presunción choque de manera rotunda con los hechos.

Observemos que los dos partidos principales, PSOE y PP, han obtenido 47 y 33 diputados respectivamente. Los restantes partidos que han logrado representación, Podemos, Ciudadanos e Izquierda Unida han obtenido quince, nueve y cinco escaños, respectivamente.

Tal resultado supone que dos partidos (PSOE y PP) han logrado el 73% de la Cámara, mientras que las otras tres formaciones ocuparán el 27%. Y en contra de la realidad repiten lo que es su deseo: que se acabó el sistema bipartidista. Si consideramos que tres partidos (Podemos, Ciudadanos e Izquierda Unida) suman 29 diputados, que no alcanzan siquiera al partido perdedor del bipartidismo, es fácil concluir que, al menos en esta elección, la proclama del fin del bipartidismo responde más al deseo de sus partidarios que a la realidad política. Podría ser que ocurriera en futuras elecciones, pero hoy por hoy, guste a unos o disguste a otros, la preferencia electoral más general confirma un bipartidismo imperfecto.

El mismo mecanismo de autoengaño ha funcionado a la hora de explicar la fuga de votos del partido que tiene la responsabilidad del Gobierno de España. Son numerosas las opiniones, en coincidencia con la interpretación del Partido Popular, que han pretendido determinar que los votos perdidos por el PP se han dirigido a la abstención. Esta no puede ser una opinión equivocada sino una mentira placebo para tranquilizar la conciencia.

Los partidos políticos que han visto disminuir sus votos respecto de las últimas elecciones andaluzas son: el PP, que ha perdido 506.665 votos (lo que representa el 32,2% de sus propios votos); Izquierda Unida, que ha disminuido sus votos en 164.445 (lo que represente el 37,5% de sus propios votos); y el PSOE, que ha visto reducido su caudal de votos en 118.881 (el 7,7% de sus propios votos). Si sumamos las pérdidas de estos tres partidos nos dará una cifra de 789. 991 votos.

Si consideramos los votos obtenidos por los nuevos partidos obtendremos una suma de 958.999 votos, algo más que los votos perdidos por los otros partidos. La diferencia se alimenta de nuevos votantes y abstencionistas.

Pero es que si atendemos a los votantes de 2015 y 2012 y a sus respectivos abstencionistas, comprobaremos que ha habido más votantes en estas elecciones (+179.461) y menos abstencionistas (-86.869). ¿Cómo se puede sostener la disparatada explicación de que el medio millón de votos que ha perdido el PP ha ido a la abstención?

Basta hacer una cuenta muy simple (la cuestión es más compleja, pero al final la comprensión del fenómeno es más fácil cuanto más sencillo es el argumento). Si el PSOE ha mantenido sus 47 escaños, el PP ha perdido 17 e IU, 7 (sumados: 24) y los nuevos partidos Podemos y Ciudadanos han obtenido 15, el primero, y 9, el segundo (sumados: 24), aparece con claridad hacia dónde han ido los votos de unos y otros.

¿Aprenderán los políticos y los comentaristas para los próximos comicios a atenerse a la realidad y no dejarse arrastrar por los deseos?

Si se adelantaron las elecciones por ausencia de estabilidad, los resultados no han proporcionado la estabilidad buscada, pues los partidos viven una inquietante paradoja: nadie quiere mayorías absolutas, pero nadie quiere pactar con la mayoría relativa. Los dirigentes políticos deben acostumbrarse a una nueva forma de gobernar, el pacto. Si no lo hacen condenarán a nuestro país a un retroceso fatal. 

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