La guerra de Putin
La reacción de Europa a la anexión de Crimea a Rusia y al apoyo militar de Putin a los separatistas del este de Ucrania se ha limitado a unas leves sanciones.
El desplome de la unión soviética fue percibido en toda Europa con satisfacción: pueblos que recuperaban la libertad y fin de la Guerra Fría, que enfrentaba a los dos grandes bandos militares y culturales, la OTAN y el Pacto de Varsovia.
Mijaíl Gorbachov fue el artífice del abandono del régimen totalitario. Fue sustituido por Boris Yeltsin, un alcohólico corrupto, y más tarde por el antiguo responsable de la KGB Vladimir Putin. Una verdadera escalera de la degradación. La acción de Putin en Ucrania recupera los viejos temores de las ideas expansionistas de Rusia.
¿Tiene intención Putin de invadir a otros países? ¿Pretende la reconstrucción de la Unión Soviética bajo el poder de un Estado delincuencial?
El 2 de agosto de 1990 los Ejércitos de Irak fueron enviados por su máximo dirigente, Sadam Hussein a invadir Kuwait. Ante una agresión violenta y transgresora de las leyes internacionales –la anexión de un país menos fuerte–, para repeler la violencia, un buen número de países reaccionaron apoyando al militarmente poderoso Estados Unidos para recuperar la legalidad rota por Sadam Hussein. Llegaron hasta la capital, Bagdad, obligando a las tropas invasoras de Kuwait a volver a su territorio. Años más tarde, y como respuesta a la agresión terrorista en Nueva York, una nueva invasión de Irak supuso la destitución de Hussein y su ahorcamiento, difusión del vídeo incluida.
El 1 de enero de 2015 la Rusia de Putin se anexionó la península de Crimea, territorio perteneciente a Ucrania. Más tarde, apoyó un levantamiento en el este del país forzando la declaración de independencia de la zona mediante el suministro de tropas, armamento y blindados que se han opuesto militarmente al Estado de Ucrania al que pertenecen.
La reacción de Europa ha sido de una levedad cómica; han impuesto, con dudas y aplazamientos, sanciones a unas decenas de millonarios rusos, consistentes en negar la operatividad financiera de sus cuentas en los países europeos.
Ya con anterioridad las autoridades europeas habían mostrado su miope frivolidad enviando a lady Catherine Ashton a pasearse por la plaza de Maidán en el conflicto que enfrentaba a la oposición y buena parte de la población con el presidente Víktor Yanukóvich, que se negó a firmar el acuerdo de asociación con la UE, ofreciendo como alternativa la cooperación con Rusia. La destitución por la presión popular del títere Yanukóvich lanzó a Putin a enviar a sus tropas a Crimea y a utilizar la coacción de cortar el suministro de gas a Ucrania, paso obligado para el abastecimiento de una parte importante del combustible energético que precisa Europa. Pero si Europa necesita el gas ruso, Rusia necesita venderlo. Asustarse ante la coacción llevará a Europa a una política de apaciguamiento del personaje autoritario que le presiona.
Pero Europa debería haber aprendido la lección de que ceder ante ilegales y antidemocráticas exigencias por el chantaje y la coacción produjo mucho dolor y muerte en otros tiempos aún muy cercanos.
el paralelismo es muy sorprendente. Cuando los gobernantes europeos en la Conferencia de Munich de 1938 aceptaron a regañadientes que Adolf Hitler se hiciera con la región de los Sudetes en Checoslovaquia firmaron el acta de guerra europea, pues no era difícil prever que el opresor no se conformaría con esa cesión, tomaría toda Checoslovaquia, después Polonia, Bélgica, Holanda, Francia, etcétera, y no acabó sometiendo a toda Europa porque británicos y soviéticos le hicieron frente con la posterior ayuda de EEUU.
La semejanza de los dos acontecimientos históricos es tal que hasta coincide la razón que esgrimía Hitler con la que hoy enarbola Putin: “Son regiones en las que se habla alemán” (para Hitler) o en las que “se habla ruso” (para Putin).
En su libro Las nuevas guerras, Mary Kaldor afirma que “los objetivos de las nuevas guerras están relacionados con la política de identidades, a diferencia de los objetivos geopolíticos o ideológicos de las guerras anteriores”.
Si observamos las guerras de nuestro tiempo, en este siglo, es fácil comprobar que en todos los casos son reivindicaciones del poder basadas en una identidad, sea esta nacional, de clan, de tribu, religiosa o lingüística. Hay sin duda otras diferencias con las guerras anteriores. La más cruel es que en aquellas la proporción entre bajas militares y civiles era de 8 a 1, mientras que en las guerras de ahora se invierte la proporción de víctimas militares y civiles que llega a ser de 1 a 8. La moderna tecnología para matar protege a los soldados y pone todo su potencial en la destrucción de la vida de los civiles indefensos.
La guerra no declarada en Ucrania ha costado ya miles de vidas y más de un millón de refugiados, desplazados de sus lugares de origen y vida, y lo que es aún más peligroso, ha convertido en enemigos a los que ayer eran vecinos que convivían en paz.
La Rusia de putin, con su superioridad militar y de coacción por el gas, está desmembrando un país cuya integridad se comprometió a respetar. Cuando en 1994 Ucrania acepta entregar uno de los más importantes arsenales nucleares, lo hace a cambio de un reconocimiento de Rusia, Estados Unidos y Reino Unido, que reafirmaron “su compromiso de respetar la independencia y la soberanía y las fronteras actuales de Ucrania”. Solo 20 años más tarde Rusia se anexiona a Crimea y alimenta la secesión en la frontera oriental de Ucrania. ¿Es la Rusia de Putin un país fiable? Son muchos los políticos y comentaristas que responden con la idea de la negociación y la diplomacia antes que la guerra. Cuando se habla de negociación debe hacerse sobre una base inequívoca: la integridad territorial de Ucrania no es negociable. Putin habla de una salida negociada a los enfrentamientos en el este del país, pero se olvida de Crimea, ilegalmente incorporada a Rusia. Sería intolerable que ese olvido fuese aceptado por la Unión Europea.
Si se quiere lograr una solución a largo plazo en la zona solo puede hacerse sobre la base de la restauración de la legitimidad, lo que implica recobrar la integridad del territorio de Ucrania que existía hasta la invasión rusa. Putin tiene que retirar sus tropas y armamento, y el Gobierno de Ucrania debe recuperar el control de su frontera oriental y de Crimea.
Cualquier otro compromiso que Europa pudiera aceptar supondría un riesgo permanente para la seguridad.
La advertencia de Timothy Garton Ash es incontestable: “Despierta Europa. Si nuestra historia nos ha enseñado algo, es que debemos detener a Putin”.
La posible conformidad con la ilegal situación creada por Rusia solo puede suponer males mayores en el futuro, como nos enseña la historia.
Las autoridades norteamericanas, incluido el presidente Barack Obama, sostienen que el mecanismo para detener la invasión de Rusia en el este de Ucrania es suministrar armas (defensivas, dicen) que ayuden a las tropas de Kiev a repeler los ataques y reponer la integridad territorial. Los norteamericanos hacen esta propuesta sobre el principio de que llega un momento en el que solo pueden detenerse a las armas con otras armas.
En Europa no se considera conveniente armar a los ucranianos, se opta por la fuerza de la diplomacia, por el entendimiento y el acuerdo. Los intentos de Angela Merkel y François Hollande tenían una buena intención pero no han dado un fruto notable. Y el tiempo corre a favor del invasor y de sus partidarios en Ucrania.
Europa, una vez más, contempla una guerra en su zona sin adoptar una posición clara en el conflicto. ¿Prueba de su prudencia para evitar una generalización del conflicto o de la debilidad que la paraliza ante un conflicto que ha derramado mucha sangre y ha provocado mucho dolor? Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, la constatación es que el conflicto permanece y que los actores políticos europeos carecen de una política clara y resolutiva.



