Hipocresía europea

28 / 02 / 2014 10:34 Fernando Savater
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Los países europeos que no tienen frontera con África deploran lo que ocurre en Lampedusa o Ceuta, pero al mismo tiempo ponen cortapisas a los inmigrantes de la Unión Europea.

No cabe duda de que la situación fue trágicamente mal gestionada en Ceuta la noche aciaga en que quince subsaharianos se ahogaron frente a la playa tratando de entrar ilegalmente en territorio español. Aunque no es cierto que la Guardia Civil les “tirotease”, como ha llegado a decirse en sede parlamentaria (que es donde en España suelen oírse mayores infundios y mentiras más desvergonzadas), está probado que dispararon pelotas de goma al agua cerca de ellos, lo que ciertamente no ayuda a personas que apenas saben nadar y tratan de mantenerse a flote con la ayuda precaria de llantas y botellas de plástico. Y después, nada más alcanzar la arena, casi sin poder sostenerse en pie, fueron devueltos a Marruecos, de donde acababan de escapar para su infortunada aventura, sin ningún trámite legal ni ninguna atención médica. Un desastre y una vergüenza humanitaria, de la que ciertamente deberían hacerse responsables algunas autoridades... y no solo, desde luego, de la Guardia Civil.

La indignación que ha despertado el suceso está justificada, aunque haya quien la ha utilizado de manera evidentemente sectaria por mero oportunismo antigubernamental. Pero por desdicha no se trata precisamente de un hecho aislado: desde finales de los años 80, se calcula que unas 20.000 personas han perdido la vida en sucesos semejantes en nuestras aguas territoriales o intentando asaltar nuestros puestos fronterizos bajo todo tipo de Gobiernos y se dice que hay otras 30.000 esperando en Marruecos la ocasión de volver a intentarlo. El conflicto sirio y quienes huyen de él aumentan probablemente ese número cada día. Se trata de gente que desespera de poder vivir decentemente en sus países y cree que su salvación como seres humanos dignos de derechos está no ya en España, sino en Europa. Hay quien los compadece por confundirnos con el paraíso, pero en realidad no son tan ingenuos, porque aunque no sepan bien a dónde van tienen claro de lo que huyen. No es tanto la luz lo que los atrae sino la sombra lo que les empuja...

Se trata de un enorme problema humanitario, es evidente, pero también cívico y político. Esos inmigrantes sin papeles lo que buscan precisamente es ciudadanía. En un español aproximado, uno de ellos decía a las cámaras de televisión, tras haber logrado cruzar la frontera de Melilla: “¡Aquí tendremos derechos!”. Se me puso un nudo en la garganta al oírle, porque no habló siquiera de mejores condiciones económicas o materiales, sino de ciudadanía... esos mismos derechos que entre nosotros tantos minimizan o atropellan. Pero son precisamente las garantías ciudadanas las que imponen límites y exigen regular la inmigración. Los países europeos que no tienen fronteras marítimas con África deploran lo que ocurre en Lampedusa o Ceuta. Pero al mismo tiempo ponen cortapisas a los inmigrantes de la propia Unión Europea y alientan en ocasiones la xenofobia contra ellos. Cabe preguntarse cómo se comportarían si quienes llegan malamente a nuestras playas fuesen embarcados en un avión y desembarcados a cientos en el aeropuerto de Copenhague o Frankfurt... Basta ya de escándalos hipócritas ante tragedias porque se ven remotas, es hora de que Europa tome una posición común de solidaridad racional con quienes siguen viéndola como una balsa salvadora en un mar de tormentas y tiburones.

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