El regreso de Voltaire

12 / 02 / 2015 Fernando Savater
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La lección que da Voltaire es que lo único a lo que tenemos que tener auténtica fobia razonada y democrática es al fanatismo, venga de la raíz teocrática o ideológica que fuera.

En la gran manifestación que se celebró en París después de los asesinatos de Charlie Hebdo, encabezada por jefes de Estado de numerosos países, se enarbolaron innumerables pancartas con el lema “Je suis Charlie”. Bastantes de ellas llevaban también la silueta inconfundible de Voltaire. Y en los días posteriores se vendieron en Francia decenas de miles de ejemplares del Tratado sobre la tolerancia, una de las obras emblemáticas del príncipe de los ilustrados. Es curioso, algo semejante ocurrió cuando el ayatolá Jomeini lanzó su fatwa mortífera contra Salman Rushdie por su libro Versos satánicos. Yo estaba en Londres y recuerdo que en la manifestación de apoyo a Rushdie en Trafalgar Square vi una pancarta portada por un grupo de caballeros con aire de profesores oxonienses que decía: “¡Avisad a Voltaire!”.

Maravilla esa persistencia de su figura como emblema de la lucha contra el fanatismo y en defensa de las libertades amenazadas, sobre todo la de conciencia y también la de expresión (sin la cual la otra queda mutilada). Antes que Zola y su J’accuse...!, mucho antes de que Bertrand Russell se manifestara en esa misma Trafalgar Square o Noam Chomsky lo hiciese en Berkeley, Voltaire escribió y luchó por que se devolviese su honor a Calas, un protestante acusado injustamente por serlo de haber asesinado a su propio hijo. Pero sobre todo identificó la enfermedad cuya intransigencia más hace peligrar la convivencia en cualquier comunidad civilizada: el fanatismo. El fanático no es quien tiene una creencia (teológica, ideológica o la que fuere) y la sostiene con fervor, cosa perfectamente admisible porque tampoco el escepticismo o la tibieza son obligatorios (aunque algunos los tengamos por aconsejables...). El fanático es quien considera que su creencia no es simplemente un derecho suyo, sino una obligación para él y para todos los demás. Y sobre todo está convencido de que su obligación es obligar a los otros a creer en lo que él cree o a comportarse como si creyeran en ello. Voltaire fue quien primero resumió esta peligrosa manía en una fórmula lapidaria: “¡Piensa como yo o muere!”.

Allí donde está vigente este lema atroz no hay posibilidad de pluralismo político, artístico, intelectual ni en los comportamientos personales. El fanatismo convierte en un erial el campo potencialmente feraz de las creaciones sociales. España es un ejemplo de ello en el terreno científico, porque el celo inquisitorial nos mantuvo en un atraso obligado durante los siglos en que la investigación experimental comenzaba a dar frutos en las más liberales naciones de Europa. Algo semejante ocurrió en el campo artístico y también en el científico (¡recordemos a Lyssenko!) durante la larga dictadura comunista en la URSS. Y actualmente salta a la vista que las teocracias islámicas mantienen a los países que las padecen en situaciones de enanismo político, estético, científico y social. Nada tiene que ver esta constatación con la temida y voceada “islamofobia” que algunos esgrimen no siempre desinteresadamente como escudo protector contra argumentos bien razonados y difíciles de recusar. Porque la lección de Voltaire es que lo único a lo que tenemos que tener auténtica fobia razonada y democrática es al fanatismo, venga de la raíz teocrática o ideológica que fuera. Y mientras sigan apareciendo los fanáticos entre nosotros y hasta reclamando su derecho a serlo, tendremos que seguir recordándole y tomándole como ejemplo.

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