Cocinar

22 / 01 / 2015 José Antonio Marina
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Los grandes chefs han despertado vocaciones culinarias incluso en niños: hablan con entusiasmo de su profesión y la sociedad reconoce su trabajo. Eso es justamente lo que deberíamos hacer con la educación.

No soy un gourmet. No me gusta cocinar. No me estremezco extasiado ante la esferificación del aceite, ni lloro de emoción con la deconstrucción de la tortilla. Y desde luego no me siento capaz e esperar siete meses para comer en un restaurante ni a pagar 1.000 euros por una botella de vino. En pocas palabras, no me mueve ninguna pasión gastronómica al escribir este artículo. Soy un agnóstico culinario. Pero como observador de la actualidad, me intrigan ciertas características de esta moda. La creatividad culinaria pertenece a un género poético que me interesa. Hay poesías que hablan de grandes realidades, de solemnes sentimientos, pero hay otras que transfiguran lo humilde, que engrandecen lo mínimo. Es el género, por ejemplo, que cultivó Pablo Neruda, en poemas que publicó en periódicos. Los llamó “odas elementales”. Quería demostrar que lo poético no estaba en el objeto, sino en la mirada que lo contempla. Me explico. Durante mucho tiempo, los artistas consideraron que lo estético estaba fuera y que ellos solo debían retratarlo. La belleza debía estar en el modelo, en la realidad. No podía haber un cuadro hermoso si lo representado era feo. Era más bello un crepúsculo que una cebolla. Frente a eso, se elevó una idea más esperanzadora: la belleza estaba en la mirada o, para ser más exactos, en el significado que da a las cosas la mirada. Pablo Neruda escribió una bellísima Oda a la cebolla. Y también al tomate y a la alcachofa, y al hilo de coser. Los nuevos cocineros han dicho que algo muy cotidiano, como freír, cocer, cocinar en suma, también podía transfigurarse. Y esa es una buena noticia.

Pero hay algo más sorprendente. En un tiempo que desdeña la excelencia, se valora la excelencia culinaria. En un tiempo que disfruta con modos toscos de relación, se jalea un refinamiento exquisito en la cocina. En un tiempo que profesa un igualitarismo un poco necio, los grandes maestros cocineros aparecen dotados de una autoridad indiscutible. Por eso les envidio. Ojalá descubriera su secreto para aplicarlo a otras áreas más importantes de la vida, como, por ejemplo, la educación. Porque, para colmo de asombro, han conseguido despertar vocaciones culinarias incluso en niños. ¿Cómo lo han hecho? Creo que hablan de su profesión con entusiasmo, dan mucha importancia a lo que hacen, colaboran y compiten al mismo tiempo, aprenden sin parar y, para colmo, la sociedad reconoce su trabajo y les premia. Pues todo esto es, justamente, lo que deberíamos hacer para que la educación funcionara. Si pelar las gambas puede ser un acto poético, imaginen lo que puede ser enseñar la tabla de multiplicar.

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