Tormenta sobre el CNI
El director de los servicios secretos está siendo criticado por su inacción en algunos casos sonados. Sanz Roldán podría ser sustituido tras el verano.
El 6 de julio se cumplieron cuatro años desde que Félix Sanz Roldán fuera nombrado director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Según la normativa actual –no respetada por el Gobierno de Zapatero con el anterior director, Alberto Saiz-, exactamente dentro de un año debería abandonar el cargo, al cumplir con el tiempo límite establecido de cinco años, impuesto tras los graves problemas detectados en el mandato de Emilio Alonso Manglano y achacados en parte a que permaneció en el cargo 14 años. Sin embargo, fuentes cercanas al espionaje han informado a Tiempo de que su sustitución se podría producir tras el verano.
El motivo principal estaría fundamentado en la inactividad que está viviendo la Casa –como la llaman internamente- en los últimos meses y en los problemas internos que se están viviendo a causa de la crisis económica y de la cercanía de Sanz al sector más de izquierdas. Todo ello ha provocado que haya una gran mayoría de agentes que se sienten más próximos al sector profesional, encabezado por la secretaria general, Beatriz Méndez de Vigo, y más distantes del director, rodeado de un pequeño grupo de fieles y del llamado sector manglanista –criados en la etapa de Manglano-, de una tendencia más cercana al PSOE.
El primer problema interno viene por la decisión de Sanz de respaldar en sus informes al Gobierno la idea de que ETA está acabada y por lo tanto hay que desmantelar la potente estructura que el CNI tiene para hacer frente a esa lacra. Una opinión criticada no solamente desde el interior del servicio, sino también por la Policía y la Guardia Civil, que, con mayor o menor intensidad, siguen creyendo que podrían cometer nuevos atentados y que es necesario seguir vigilantes.
Esta postura de Sanz permitiría justificar una reducción de personal en esa área, que desahogaría un poco la escasez de presupuesto que está viviendo el servicio y que les está obligando a reducir algunas de sus operaciones.
Es cierto que la actuación del director ha permitido capear con solvencia los problemas generados por la supuesta relación de la princesa Corinna con el CNI y el trabajo para el servicio del hacker Matías Bevilacqua, implicado primero en el escándalo catalán del espionaje de las agencias de detectives y después en su ayuda al abogado de Iñaki Urdangarin. Sin embargo, le acusan de no haber hecho lo suficiente en temas como la protección del Rey en los asuntos turbios de su yerno y en el chantaje al que Luis Bárcenas ha sometido al Gobierno. Temas en los que siempre ha trabajado cualquier servicio de inteligencia.
Además, el sector profesional le acusa de haberse acercado en los últimos tiempos a los agentes más pro socialistas y de conversar con el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, con más frecuencia de la que debería. Sanz y el principal dirigente del PSOE mantienen una buena relación desde siempre, pero le recuerdan que siendo director del CNI hay que mantener determinadas líneas rojas.
Llaman a Sanz parraplán, un calificativo que significa que habla demasiado, algo que no está nada bien visto en un servicio que se caracteriza por su discreción. Pero es algo connatural al general, un relaciones públicas que tiene muchos amigos en todas partes. De hecho, mantiene muy buenos contactos con el grupo Atenea, dirigido por José Luis Cortina, otro gran relaciones públicas, sobre el que pesa su colaboración en el intento del golpe de Estado del 23-F y que podría haber hecho trabajos para el CNI en esta última etapa.
Con el PSOE y con el PP.
Félix Sanz, de 68 años de edad, es el único alto cargo de la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero que permanece en la administración de Mariano Rajoy. Nada más llegar al puesto, el entonces ministro de Defensa, José Bono, le designó jefe del Estado Mayor de Defensa. Hubo un flechazo entre los dos del que nunca se arrepintió. Es más, Sanz consiguió ganarse al presidente, que tras su cese se lo llevó a un despacho del Palacio de la Moncloa, para formar parte del equipo de la presidencia española de la Unión Europea. Y de ahí a dirigir al CNI, como hombre de su máxima confianza, pues se había convertido en su general predilecto.
Su aterrizaje no pudo ser mejor. Ayudado por la secretaria general, Elena Sánchez, que se había enfrentado abiertamente a su predecesor, Alberto Saiz, fue el bálsamo que calmó los altercados provocados por una política errática anterior. Habló con todo el mundo, sacó a pasear su diplomática mano izquierda, repartió medallas para calmar a los afectados y consiguió que volviera la paz.
Listo como es, supo ver con claridad que el futuro del CNI debía pasar por volcarse en los temas económicos y ahí dedicó todos sus esfuerzos. Los resultados no fueron excesivamente buenos, pero nadie se lo echó en cara, porque cualquier reforma tarda en dar resultados. Lo prioritario era sacar al servicio de inteligencia de las portadas de los diarios y lo consiguió con brillantez. Eso sí, puso discretamente en marcha una ley de régimen interior que permitiera evitar nuevamente un caos y facilitara el control de los descontentos y su expulsión si se producían actos de rebeldía, como los que llevaron a un grupo de ellos a filtrar a la prensa las actuaciones irregulares de su director.
Casi dos años y medio después, el PSOE perdió las elecciones generales y Rajoy fue investido presidente del Gobierno. Los planes que había elaborado el PP en la oposición establecían que el CNI pasara a depender de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, algo totalmente lógico.
Durante meses se especuló que Sanz sería cesado por su cercanía a los socialistas y por su duro comportamiento contra el que fuera ministro de Defensa Federico Trillo por su actuación durante el suceso en el que se estrelló un avión Yakolev, que costó la vida a 62 militares españoles.
Sin embargo, fue lo suficientemente hábil para conseguir que le ratificaran en el puesto, eso sí, con una secretaria general de más confianza para el Gobierno, Beatriz Méndez de Vigo. Este nombramiento, reservado para un profesional del espionaje, es de designación directa por el Ejecutivo.
Este equilibrio funcionó inicialmente bien, pero el paso del tiempo ha levantado un muro entre ambos. La visión más técnica de Méndez de Vigo ha chocado con las ideas de Sanz, que se ha aislado junto al núcleo de cargos de máxima confianza que le rodean, imponiendo una visión más política del trabajo del CNI.
Las fuentes consultadas destacan la buena relación que el director mantiene con el Rey, a quien ha prestado todo su apoyo cuando se lo ha requerido, como hizo en el tema de la princesa Corinna. Hasta Cayo Lara, el dirigente de Izquierda Unida, alabó su intervención en la Comisión de Fondos Reservados del Congreso de los Diputados, describiéndole como una persona “sincera”, aunque luego arremetió contra PSOE y PP exigiendo que “los gobiernos tienen que dar explicaciones”.
Pocos resultados.
Si bien ha cosechado el apoyo del Rey y la simpatía de algunos partidos políticos, no ha conseguido que el Gobierno piense lo mismo. Si en la etapa de Zapatero era comprensible que la información sobre asuntos económicos que facilitaba el CNI no fuera de mucha altura, ahora ha pasado el tiempo y sigue sin responder a las expectativas del Gobierno. Algo especialmente grave teniendo en cuenta su importancia.
Algo similar ha ocurrido con el asunto de la independencia de Cataluña. Otra de las prioridades del Gobierno en la que la batuta de Sanz no parece haber estado a la altura. El plan, del que informó Tiempo en exclusiva, no ha conseguido eclosionar los de los partidos catalanistas y el reto sigue abierto, cada vez con mayor intensidad.
En su haber está la actuación decidida que mantuvo con Noureddin Ziani, el reconocido líder de la comunidad musulmana que se había convertido, siendo extranjero, en un decidido apoyo del independentismo. No le tembló el pulso a Sanz al pedir su expulsión y no frenó hasta conseguir repatriarlo a Marruecos, eso sí, con la comprensión previa del servicio secreto de Mohamed VI.



