Si no queríais sanchismo, aquí van dos tazas

23 / 06 / 2017 Agustín Valladolid
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El dilema del PSOE es cómo rescatar votos por la izquierda sin perder apoyos para confirmarse como alternativa de Gobierno.

Pedro Sánchez en el 39º Congreso Federal del PSOE. Foto: Javier Barbancho/ Reuters

Había pocas dudas de que el 39º Congreso Federal del PSOE iba a ser el segundo acto del proceso de primarias, y Pedro Sánchez nos las despejó de inmediato, no dio siquiera margen a que se generara una mínima incertidumbre: si no queríais sanchismo, aquí tenéis dos tazas. No es que no haya habido integración, es que, por mucho que se disfrace, lo que se ha producido es una purga en toda regla. En parte, justo es reconocerlo, por incomparecencia del discrepante, o comparecencia muda, que viene a ser lo mismo, solo reflejada en la votación final, 30% de resistentes, lo nunca visto.

Purga o coherencia, depende a quién preguntes, claro. Pero el voto crítico apunta más a lo primero, a una limpieza meditada, fría, con alguna excepción de nula influencia futura, nombramientos pensados para cubrir el expediente, para que esa promesa de la que ya nadie se acuerda, “si gano, buscaré la unidad y llamaré a Patxi y a Susana ese mismo día”, no parezca lo que es, pura retórica del que fuera aspirante.

La inclusión de Patxi López y Guillermo Fernández Vara en los órganos de gobierno del partido –por llamar de alguna manera al Consejo de Política Federal del PSOE que presidirá el extremeño–, son meros guiños a una concordia que no va a ser fácil recuperar. Menos aún si nos atenemos a los perfiles del núcleo duro formado por Pedro Sánchez, en el que parecen sobresalir virtudes que no concilian del todo con la transigencia.

Probablemente a Adriana Lastra, número 2, y a Óscar Puente, nuevo portavoz de la Ejecutiva, hay que darles tiempo para tamizar los contornos políticos que han ido dibujando en estos meses de dura pelea (Puente ha borrado más de 50.000 mensajes de su perfil de Twitter), pero lo que no puede negarse es que si están ahí ha sido precisamente por su dureza, por su nula empatía con el adversario, por los estragos que su activismo pro-Sánchez causó en las filas de Susana Díaz.

Y para rematar la faena, la guinda, el movimiento de mayor hostilidad para con los derrotados: Margarita Robles, portavoz del PSOE en el Parlamento de la nación, y, como tal, miembro de la Ejecutiva de una formación política a la que nunca ha pertenecido.

Se dirá que lo del carné es una antigualla; no lo es sin embargo para muchos socialistas, menos todavía para el viejo socialismo, al que va dirigida en primera instancia la bofetada, toda una declaración de ruptura con el pasado que se sirve de una paradoja: utilizar a alguien que es también pasado, a quien se distinguió en otros tiempos por criticar con dureza al PSOE, construir su imagen a partir del trabajo de otros y acabar pactando a diario con el PP en el Consejo del Poder Judicial.

Modelo presidencialista

Pedro Sánchez ganó las primarias. Dos de dos. Y tenía todo el derecho a hacer lo que ha estimado más oportuno. Incluido aquello a lo que no se atrevió la primera vez: una Ejecutiva a su medida, un equipo de trabajo que no respondiera a criterios territoriales, sino de eficacia.

Y no, no parece que el territorial haya sido el factor determinante a la hora de elegir a una Ejecutiva de 49 miembros, inoperante, más pensada para contentar a los fieles que para dirigir el partido. Una Ejecutiva a la que, como al Comité Federal, se detrae si cabe más poder, en este caso por la vía de la dispersión.

El reelegido secretario general del PSOE ha apostado por disolver el peso de los órganos intermedios del partido. Entre él y las bases apenas va a quedar espacio para el debate o la discrepancia. Sánchez ha optado por un modelo presidencialista, muy distinto al histórico del PSOE, aquel PSOE que hasta llegó a poner en entredicho en algún momento la autoridad de Felipe González. El riesgo es elevado. Puede salirle bien o mal. Y si le sale mal, lo del PSOE post-Sánchez tendrá difícil arreglo.

De entrada, no va a resultar sencillo dar con la fórmula que permita conciliar el rescate de los votos que se fueron a Podemos con la recuperación de apoyos en el que sigue siendo principal granero electoral español, el centro político. Ni tampoco hacer comprensible la necesidad de una moción de censura, cuando hoy las urgencias pasan por el fortalecimiento del Estado frente al desafío independentista.

De todo eso es consciente Sánchez. Lo que nadie sabe todavía es lo que de verdad piensa hacer.

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