Reyes sin corona

17 / 06 / 2014 Luis Reyes
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Desde los reyes godos los monarcas españoles han subido al trono con rituales de proclamación. Las coronaciones fueron excepcionales.

La corona es el objeto simbólico que universalmente representa a la monarquía, el arte ha identificado desde hace siglos la imagen de la realeza con las figuras coronadas, y la simple palabra tiene tal fuerza semántica que el Diccionario de la Real Academia le da las acepciones de “dignidad real”, “reino o monarquía” y “patrimonio y facultad de rey”. Sin embargo la realeza española parece refractaria a este emblema. En cinco siglos los reyes de España no se han puesto una corona en la cabeza ni para retratarse, y el último que recurrió a un ritual de coronación para tomar posesión de su reino lo hizo en 1379.

El rechazo de la monarquía hispánica a la parafernalia regia hay que relacionarlo con la idea de ser continuadora de los reyes godos. Los pueblos bárbaros germánicos como los visigodos eran guerreros, sus jefes eran caudillos militares, no tenían el carácter sacralizado de los emperadores romanos. No era un designio divino lo que les hacía reyes, sino la elección de sus compañeros de armas como el más valiente, el más fuerte o el más temible.

Con el tiempo, sin embargo, las monarquías bárbaras se fueron romanizando, hasta llegar al punto de pretender confundirse con el Imperio romano: Carlomagno, rey de los francos (cuyos dominios abarcaban Francia, Alemania y parte de Italia), fue coronado emperador por el Papa en Roma en la Navidad del año 800, dando origen al Sacro Imperio Romano-germánico, sucesor del Imperio romano de Occidente –el de Oriente mantenía la continuidad romana en Bizancio. Los reyes godos también entraron en esa dinámica de romanización. Cuando llevaban un siglo en España adoptaron el título de Dominus, señor en latín, y Leovigildo, que ocupa el número 16 de los 33 reyes godos, empezó a usar el trono, mientras que en sus monedas aparece por primera vez la corona real. A partir de Chindasvinto, en el último siglo de la monarquía visigótica, adoptaron corona y cetro de oro con piedras preciosas, vestiduras que lucían la típica púrpura imperial e incluso trono de plata.

Reyes-caudillos guerreros.

El cataclismo histórico que supuso la invasión musulmana de España y el sucesivo proceso histórico de la Reconquista supuso una vuelta atrás, un retorno a los reyes-caudillos guerreros. Don Pelayo, primer rey de Asturias e iniciador de la Reconquista, fue proclamado rey por sus compañeros de armas tras la batalla de Covadonga. “En el entusiasmo de la victoria, los asturianos apellidaron rey a Pelayo, principio de una nueva monarquía, de la monarquía española”, dice Modesto Lafuente, el clásico historiador del XIX, que emplea el verbo “apellidar” en su acepción “aclamar a uno confiriéndole un cargo u honor”. Según la leyenda fue alzado sobre un escudo al estilo germánico en una explanada vecina a la cueva de Covadonga, que se llamó por ello Campo del Répelayo (síncopa de Rey Pelayo), aunque en el transcurso de los siglos el nombre degeneró en el actual Campo del Repelao.

Los moros dieron cierto reconocimiento a ese jerifalte que se les había enfrentado en el último rincón de España, pues lo llamaron Belay-el-Rumi, Pelayo el Romano. El reino de Asturias, que al expandirse hacia el Sur cambiaría su nombre por reino de León, entró en la dicotomía entre monarquía a la germánica o a la romana. Teóricamente siguió teniendo el carácter godo de monarquía electiva –aunque normalmente se eligiera al hijo del rey anterior– y en todo caso lo conservó como un reflejo  en los rituales de investidura del nuevo monarca, que tenía que ser proclamado por sus iguales, los nobles. Pero a ello se añadiría un ritual religioso, la Iglesia, o sea, Roma, consagraba al rey, lo ungía con óleo santo para añadir a su autoridad un sello de sacralidad.

Emperadores de España.

Todo vino precipitado porque en el año 905 se produjo la defección de uno de los condes vasallos del rey astur-leonés, Sancho Garcés, que se independizó en Pamplona. Sus partidarios lo levantaron sobre el escudo en el más puro ritual germánico, proclamándole rey de Navarra con el nombre de Sancho I. A partir de esas fechas Alfonso III el Magno comenzó a usar el título de Imperator, emperador en latín. Había comenzado el fenómeno que Menéndez Pidal llamaba el imperialismo leonés, es decir la pretensión de sus monarcas de ser reconocidos como Imperator Hispaniae, soberano de la España cristiana.

Un siglo después que Navarra se independizó también el condado de Castilla, y después lo haría el de Portugal, y conforme más territorios se desgajaban de León, más necesario era afirmar la condición imperial de su rey sobre los cinco reinos cristianos, aunque no tuviera autoridad efectiva sobre ellos. Para afirmar esta soberanía simbólica se recurrió a rituales áulicos como la coronación en una ceremonia religiosa. Así, durante dos siglos hubo coronaciones en España, culminando con la de Alfonso VII, que el día de Pentecostés de 1135 fue coronado en la catedral de León Imperator totius Hispaniae (emperador de toda España), siendo reconocido como tal incluso por el lejano conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y otros condes del sur de Francia. Fue el canto del cisne del imperialismo leonés, pues a partir de Alfonso VII se produjo la decadencia de este reino, superado por la hegemonía de Castilla.

En Castilla, la investidura de un nuevo rey era una representación de la vieja elección al estilo godo. La ceremonia tenía lugar a continuación de las honras fúnebres del monarca difunto, según el dicho “a rey muerto, rey puesto”. Al terminar el funeral, el heredero se quitaba las ropas de luto, se vestía “con paños de oro reales”, y era proclamado rey por los nobles y obispos presentes, que gritaban ante el pueblo: “¡Castilla, real, real por el rey don fulano!”.

Proclamaciones conflictivas.

Sin embargo, en ciertas ocasiones los monarcas castellanos también recurrieron a la coronación, cuando precisaron reforzar su legitimación. Ese fue el caso del hijo del Alfonso X el Sabio, Sancho IV el Bravo, a quien su padre había maldecido y desheredado. Buscando el refuerzo de la Iglesia, tras ser proclamado en Ávila según el uso castellano, se dirigió a Toledo para ser coronado en la catedral por cuatro obispos.

También sintió la necesidad de una coronación Enrique II de Trastámara, bastardo de Alfonso XI, que le disputaba el trono al rey legítimo Pedro el Cruel. En medio de una guerra civil, sus partidarios –en gran parte mercenarios franceses– lo proclamaron rey en Calahorra, pero cuando logró tomar Burgos se hizo coronar en la catedral. Su hijo Juan I imitó el ejemplo paterno y por las mismas razones, su derecho era disputado por la hija de don Pedro el Cruel y su esposo, Juan de Gante, que se proclamaron reyes de Castilla en 1372. Por eso cuando en 1379 murió Enrique II, Juan I se hizo coronar solemnemente, siendo el último rey español que celebró este ritual.

Isabel la Católica, última de los monarcas medievales castellanos y primera de la España moderna, no recurrió a la coronación, sino a una acción audaz y por sorpresa para convertirse en reina frente a otras candidaturas. Isabel estaba en Segovia en diciembre de 1474, cuando falleció en Madrid su hermano, el rey Enrique IV. Aunque el acuerdo de los Toros de Guisando la había nombrado heredera, lo cierto es que el rey muerto tenía una hija legítima, doña Juana, llamada la Beltraneja por los partidarios de Isabel, que podía disputarle la herencia. Y aún más temible era otro pretendiente al trono castellano, el propio esposo de Isabel, el príncipe Fernando de Aragón.

Isabel reaccionó con celeridad, al día siguiente de la muerte del rey se autoproclamó “Reina y propietaria de estos reinos”. No estaba presente en Segovia ninguno de los grandes nobles o prelados del reino que debían proceder a la proclamación del monarca castellano, Isabel solo tuvo el refrendo del Ayuntamiento, pero estableció un hecho consumado que sería aceptado por la nobleza y la Iglesia, puesto que al fin y al cabo ella era su candidata. El auténtico problema era el marido, porque en el acuerdo matrimonial se había fijado que Fernando sería el rey titular de Castilla, e Isabel su consorte, mientras que la proclamación de Segovia decía justo lo contrario, se refería a Fernando como “legítimo marido” de la “reina propietaria”.

Fernando amenazó con matar a Isabel, dijo que “daría a la princesa otra vuelta, como le dio el Rey don Enrique a su hermano”, en alusión al asesinato de Pedro el Cruel por Enrique II de Trastámara. Estaba a punto de estallar una guerra conyugal, o sea, una guerra entre Aragón y Castilla, pero el padre de Fernando, el rey Juan II de Aragón, refrenó a su hijo y buscó un acuerdo, conocido como Concordia de Segovia, que establecía la igualdad de soberanía entre los esposos, resumida en el lema “Tanto monta”.

El monarca que inauguró la dinastía de los Austrias, Carlos I, también se encontró con una situación compleja para su proclamación, agravada por el hecho de que había nacido y vivido siempre en Flandes. Su abuelo Fernando el Católico murió en 1516, cuando Carlos acababa de cumplir los 16 años, pero seguía viva su madre, la reina Juana, que aunque por su locura llevaba años encerrada en Tordesillas, nunca había sido desposeída de su condición de soberana de Castilla.

El regente, cardenal Cisneros, proclamó rey al ausente Carlos ante la oposición de los magnates, que solo consideraban reina a doña Juana. Cuando Carlos llegó a España se reunieron las Cortes en Valladolid para que le prestasen juramento, pero el doctor Juan de Zumel, alcalde mayor de Burgos, en nombre de la asamblea, le exigió cumplir una serie de condiciones, entre las que estaba la de seguir considerando reina propietaria a Juana, cuyo nombre precedería al de Carlos en todos los escritos y protocolos. Es más, si recuperaba la razón sería ella quien gobernase sola. A Carlos no le quedó más remedio que aceptarlo para ser proclamado rey por la Cortes, aunque obviamente la soberanía de la desgraciada doña Juana nunca fue más que una fórmula escrita en los documentos oficiales.

También estaba fuera de España en el momento de su proclamación el siguiente rey, Felipe II, pues se hallaba en Bruselas junto a su padre, Carlos I, cuando este abdicó, en enero de 1516. Tan pronto como llegó a España la noticia de la abdicación, la regente doña Juana de Austria, hermana de Felipe II, convocó al pueblo para la proclamación del nuevo rey. La ceremonia se celebró en Valladolid, donde tenía su corte Juana de Austria, siguiendo el ritual medieval castellano. Se construyó un tablado en la Plaza Mayor, junto al convento de San Francisco, y allí se “levantaron los pendones reales”, se hizo ondear la enseña regia a la vez que se gritaba: “¡Castilla por el rey don Felipe nuestro señor!”.

Cambio de dinastía.

La muerte de Carlos II sin descendencia el 1 de noviembre de 1700 supuso el final de la Casa de Austria española y el advenimiento de los Borbones. El nuevo rey designado por Carlos II en su testamento, Felipe de Anjou, se encontraba en Versalles con su abuelo, Luis XIV, que lo presentó a la corte francesa: “Señores, he aquí al rey de España”. Sin embargo no fue el Rey Sol ante su resplandeciente corte versallesca quien proclamó rey a Felipe V, sino el regidor de la Villa de Madrid, que el 24 de noviembre recorrió la capital con un retrato del ausente, levantando su pendón y proclamándole rey de Castilla y Aragón ante el Alcázar Real, en la Plaza Mayor, en la de la Villa y en la de las Descalzas. El mismo día el Consejo de Castilla dictó una provisión ordenando que el nuevo rey fuera “aclamado, levantando en su real nombre pendones en todas las ciudades de estos reinos, según el estilo y costumbre que en tales casos se ha hecho en los demás señores reyes sus antecesores”, orden que se cumplió incluso en las lejanas ciudades americanas.

Este ceremonial bastó para asentar la legitimidad del nuevo monarca, que sería recibido por el pueblo de Madrid con tal entusiasmo que se produjeron avalanchas, con muertos y heridos. No obstante Felipe V buscó una mayor legitimación y en cuanto llegó convocó a las Cortes, cosa que no se había hecho en los 35 años de reinado de Carlos II, para que le jurasen. El Borbón español también tuvo el reconocimiento de todas las naciones, excepto Austria, que había postulado a su propio pretendiente al trono español. La Guerra de Sucesión, pese a que se presenta como un conflicto dinástico, fue en realidad una guerra europea porque España comenzó a apoyar la política expansiva de Francia, que hasta cierto punto degeneró en guerra civil en nuestro país al amparo de la invasión de ingleses, portugueses y holandeses. Fue al frente de un ejército extranjero como entró en 1706 el archiduque Carlos en Madrid, para proclamarse en la capital rey Carlos III de España, pero a esa ceremonia solo acudieron nueve miembros de toda la nobleza.

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