Rajoy cierra la página del aznarismo

11 / 02 / 2014 11:24 Cristina de la Hoz
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El anuncio de la retirada de Jaime Mayor Oreja confirma la salida de una generación del PP de la que apenas quedan exponentes con el suficiente peso político, salvo el propio Mariano Rajoy.

El anuncio de la retirada de Jaime Mayor Oreja confirma la salida de una generación del PP de la que apenas quedan exponentes con el suficiente peso político, salvo el propio Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno ha jubilado en muy buena medida al partido que José María Aznar llevó a la victoria, empezando por el propio exjefe del Ejecutivo, cuyas palabras aún tienen resonancia pero hacia el que cada vez siente más distancia una organización que cierra filas en cuanto arrecian las críticas, sobre todo si estas son internas.

La convención nacional del pasado fin de semana fue un buen ejemplo de cómo se aparta, o va siendo apartada, una cosecha que vivió sus mieles entre 1996 y 2004, pero que pretendió seguir teniendo mando en plaza aunque solo fuera porque se entendía que Rajoy tenía poco menos que un poder “delegado”. Diez años después, poco o nada queda de ese concepto con un inquilino en La Moncloa avalado por 185 asientos en el Congreso de los Diputados y más poder territorial del que ha tenido nunca un presidente del Gobierno, ni siquiera Felipe González en sus buenos tiempos.

No faltan en el PP los que opinan que es necesario “restablecer las relaciones con Aznar”, totalmente rotas tras la entrevista de Antena 3 de mayo del año pasado, donde presentó una enmienda a la totalidad de las políticas de su sucesor. Además, la sugerencia velada de que podría volver a la primera línea política fue la guinda de una situación que llegó a un punto de no retorno. El presidente de FAES alegó problemas de agenda para no acudir a la convención de Valladolid. Es cierto que se pasa más de medio año fuera de España dando conferencias, pero no lo es menos que para Moncloa supuso quitarse un problema de encima ante el riesgo de que reiterara algunas de sus críticas más duras. “Desapego” fue el término empleado por un alto cargo emergente del PP para describir la sensación de indiferencia, cuando no de pase de página, con que se vivió el “plantón” de Aznar a una cita que tiene casi rango de congreso del partido aunque no aborde cambios orgánicos.

De otros cambios sí se habló mucho en los pasillos de la convención dando una nueva muestra de que las pugnas “personales” se amortizan pronto. Una vez anunciada la renuncia de Mayor Oreja, los más de 2.000 convocados a Valladolid se hartaron de dar palmadas en la espalda al ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, como cabeza de lista europea. Esto alimentó una colección de especulaciones sobre una crisis de Gobierno, y su fecha y alcance, con la que Rajoy podría tomar “un nuevo impulso” a año y medio de las próximas elecciones generales.

A fin de cuentas, la renuncia del vasco clarificó el paisaje de Génova 13. Mayor Oreja había sido candidato dos veces a la Eurocámara. Su relevo era ahora o nunca, y Rajoy abrió la puerta de salida con su habitual estrategia de dejar que el paso del tiempo destroce los nervios del más templado. El presidente del Gobierno “no tenía muchas ganas” de que continuara, pero tampoco se lo dijo. Bastó con que nunca le trasladara que iba a repetir y Mayor Oreja supo leer ese silencio.

Fue, en definitiva, la misma táctica que empleó años antes con otro de los pesos pesados del antiguo PP: Francisco Álvarez Cascos. El mismo hombre que prefirió irse con su novia, Elvira Fernández, al Parador de Alarcón (Cuenca) en lugar de a la boda de Cascos con Gemma Ruiz Cuadrado en Córdoba, se mantuvo silente a pesar de las reiteradas muestras de disposición a encabezar la lista del PP a la presidencia del Principado de Asturias. Cascos defendía que “a los candidatos hay que ir a buscarlos”, pero Rajoy, a través de su lugarteniente María Dolores de Cospedal, se limitó a pedir a los populares asturianos que fueran ellos los que avalaran la candidatura de Cascos, a sabiendas de que sería una misión imposible. No, Rajoy no salió a buscarle y el día de Año Nuevo de 2011 Cascos rompía amarras con el partido de toda su vida presto a medirse con las siglas populares a las que superó en escaños en dos elecciones autonómicas.

Los supervivientes.

Rodrigo Rato, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, antiguos nombres de referencia en el imaginario popular, también están fuera de la primera línea política. El presidente Rajoy los fue sustituyendo por personas de su estrecha confianza a pesar de no ser un hombre dado a las camarillas. Apenas un reducido grupo de personas le han ido siguiendo de ministerio en ministerio o aguantando en esos escaños de la oposición donde hace tanto frío. En el partido, María Dolores de Cospedal y Javier Arenas, todavía supervivientes de la antigua generación. En el Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Pastor, Jorge Fernández Díaz y Miguel Arias Cañete. Bien es cierto que tanto Pastor como Cañete fueron ministros con Aznar, pero siempre encauzaron sus fidelidades hacia Mariano Rajoy.

De los díscolos apenas queda una sombra, aunque la voz de Esperanza Aguirre todavía suena alta y clara. La presidenta del PP de Madrid es el principal exponente de un sector del partido al que Moncloa ubica en las posiciones más ultramontanas. Un estrecho colaborador de Rajoy afirma que “Esperanza se ha quedado sola”. La exbaronesa territorial no estuvo presente en el discurso de Rajoy, detalle que, lejos de pasar desapercibido, fue interpretado en los aledaños monclovitas como una señal inequívoca de que las espadas están en alto y que “ella solo se acredita”.

Bien es cierto que en ese rosario de discretas salidas –salvo la de Cascos, que nunca ha sido un dechado de tacto y circunspección, y la de María San Gil, que continúa haciendo ruido–, Rajoy todavía no se ha cobrado la pieza de Aguirre, o no del todo, porque si bien sigue siendo la líder de los populares madrileños, dejó la Comunidad en manos de un sucesor que inició un proceso de acercamiento a la planta séptima de Génova, concretamente, a María Dolores de Cospedal, con quien tiene una buena relación desde hace años.

Rajoy nunca les echa o les defenestra. El camino de salida suele estar marcado por un rosario de silencios mucho más elocuentes que cualquier otro signo evidente de autoridad. En definitiva, los que se alejan de la ortodoxia del partido se aburren de esperar y, si deciden aguantar, el jefe tampoco hace sangre con ellos. No lo hizo ni con Gabriel Elorriaga ni con Carlos Aragonés, tampoco con Ignacio Astarloa –al que, incluso, incorporó a la lista madrileña– ni con Cayetana Álvarez de Toledo, ahora refugiados baja el ala protectora de FAES. A Gustavo de Arístegui le mandó lejos, de embajador en la India, cargo que el vasco asumió con elegancia, y Carlos Iturgaiz, hombre muy próximo en lo político y en lo personal a Mayor Oreja, espera repetir en la lista europea.

Capítulo aparte merecen Manuel Pizarro y Juan Costa. Se podría escribir largo y tendido sobre el destino de los número dos de las candidaturas por Madrid en elecciones generales. Pizarro también se cansó de esperar una señal aunque él se fue sin quemar puentes, hasta el punto de que su nombre ha llegado a sonar como alcaldable por Madrid. Costa pasó de ser un fichaje a estar en un tris de presentar candidatura alternativa en el congreso de Valencia. Se fue de la primera línea política, pero antes de eso Génova escenificó una reconciliación al asistir Sáenz de Santamaría y Ana Mato a la presentación de su libro, termómetro que permite medir en el ecosistema popular el grado de afección y desafección por el autor.

De Rajoy se dijo un día que no podía ser buen líder del PP porque le faltaba “instinto asesino”, pero él solo ha conseguido dar la vuelta al partido para sentar las bases del PP del siglo XXI.

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