Palomares espera a ser descontaminada

06 / 07 / 2016 Antonio Rodríguez
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España confía en que la visita de Obama sirva para que EEUU se lleve la tierra contaminada en dos años.

Los 50.000 metros cúbicos de tierra contaminada que hay aún en Palomares, el equivalente a cuatro piscinas olímpicas, siguen siendo un quebradero de cabeza en las relaciones hispano-estadounidenses. Sin llegar a provocar un contencioso como el de Gibraltar, lo cierto es que la limpieza de esta zona de Almería en la que hace 50 años cayeron cuatro bombas termonucleares más potentes que las de Hiroshima y Nagasaki, aunque milagrosamente ninguna explotó, sigue siendo la principal reclamación española en Washington desde hace dos décadas.

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, firmó el diciembre pasado un protocolo bilateral con su homólogo español, José Manuel García-Margallo, en el que Estados Unidos aceptaba negociar los términos técnicos de la descontaminación de estos terrenos en los que hay fuertes indicios de radiactividad, fruto del peor accidente de la Guerra Fría con armas nucleares. Fue un hecho histórico ya que Washington se había resistido hasta entonces a dar este paso para no crear un precedente en el que otros países, caso de Vietnam, reclamasen lo mismo por las intervenciones militares ocurridas el siglo pasado.

El destino que se baraja para depositar la tierra contaminada de Palomares es un silo para residuos radiactivos que hay en el desierto de Nevada, a unos 100 kilómetros de la ciudad de Las Vegas. El proceso de empaquetamiento de la tierra y posterior traslado por barco hasta territorio estadounidense es delicado y costoso, al tratarse de residuos radiactivos, y los trabajos se prolongarían a lo largo de dos años como mínimo. La estimación económica de la limpieza de esta zona afectada ronda los 600 millones de euros, una cifra que Washington asumiría a cambio de que Madrid renuncie a futuras reclamaciones judiciales.

Plutonio esparcido

 El accidente de Palomares se produjo por la colisión de un bombardero B-52 y un avión cisterna KC-130 durante un repostaje en vuelo. De las cuatro bombas que llevaba el primero de estos aparatos, dos fueron recuperadas intactas, pero las otras dos liberaron parte de su carga radiactiva. Washington se llevó 5.500 bidones de tierra contaminada en aquel año de 1966, pero quedó una zona afectada e incluso dos zanjas en las que se enterraron restos del material de limpieza.

En la década de los noventa saltaron las alarmas tras un informe del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) en el que se advertía de la existencia de altos niveles de americio en la zona. La culpa de ello era la descomposición del medio kilogramo de plutonio que se esparció por una zona de 226 hectáreas el día del accidente. En 2003, el Gobierno de José María Aznar expropió las tierras contaminadas para impedir su uso urbanístico y que las partículas contaminantes se esparciesen en un radio aún mayor.

Precisamente, el diario The New York Times publicó en junio un trabajo de investigación sobre las consecuencias de Palomares gracias a una serie de archivos desclasificados, en el que concluía que la mitad de los 40 militares de EEUU que trabajaron en la limpieza de Palomares en los siguientes tres meses al accidente, desarrollaron luego diferentes tipos de cánceres ante las escasas medidas de seguridad que se impusieron sobre el terreno. Los allí presentes recogieron los residuos con simples mascarillas y, en ocasiones, con sus propias manos. Más allá de las enfermedades que padecen los antiguos soldados, lo más grave –a juicio de los afectados– es que la Fuerza Aérea estadounidense no reconoce que hubiera ningún tipo de radiación peligrosa en el lugar del accidente, por lo que no cubre los tratamientos médicos que necesitan los que estuvieron en Palomares en 1966 y aún siguen con vida. 

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