Mujeriego, rico, estafador y espía

02 / 12 / 2011 12:25 Fernando Rueda
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Francisco Paesa, uno de los personajes más tenebrosos y siniestros de las alcantarillas del poder durante las décadas de los años 80 y 90, ha vuelto a aparecer, esta vez en Sierra Leona, en una operación de tráfico ilegal.

Según el Manual de Inteligencia del servicio secreto español, un agente es una “persona especialmente adiestrada para realizar actividades secretas, legales o no, en beneficio y bajo la dirección de un Servicio de Inteligencia, al que puede pertenecer o no. Normalmente recibe contraprestación económica”. Esta definición se ajusta perfectamente a Francisco Paesa, un personaje singular, que tiene muchas de las cualidades de los espías cinematográficos –mujeres, champán francés, coches caros- y de los personajes de los bajos fondos –estafas, falsificaciones, mentiras y traiciones-.

Su último episodio ha sido su detención a principios de octubre en Sierra Leona y su posterior expulsión, cuando, acompañado de su sobrino Alfonso García Paesa, a bordo de un avión privado, aterrizó en el país en un negocio de tráfico de drogas o de oro, según las versiones, que este manipulador nato intentó convertir en un negocio de antigüedades. Como ha ocurrido casi siempre en su vida, fue devuelto a Francia sin ser procesado. Como en otras muchas ocasiones, el servicio secreto francés le protegió, como también hizo en su tiempo el Gobierno de Felipe González.

En España su trabajo permitió cosechar un gran éxito en 1986 en la lucha contra el terrorismo. Reconocido internacionalmente por su implicación en el tráfico de armas y con importantes contactos en el país galo, Paesa consiguió vender a ETA dos lanzamisiles sin que la organización terrorista fuera capaz de descubrir los sensores que la policía española había colocado en las armas gracias a la tecnología de la CIA. Esos sensores llevaron a la cooperativa Sokoa, donde fue desmantelado un inmenso arsenal de armas y se incautó abundante documentación.

Dos años después, los mismos altos cargos del Ministerio del Interior que solicitaron su ayuda para engañar a ETA le requirieron para un trabajo de fontanería bastante complicado: convencer a Blanca Balsategui, que iba a testificar contra los policías de los GAL Michel Domínguez y José Amedo, para que mintiera ante el instructor del caso, el juez Baltasar Garzón. Paesa, en ese momento con la identidad falsa de Alberto Seoane –una de tantas que ha utilizado-, consiguió impresionarla con su glamour y sus malas artes, aunque en el último momento la que había sido novia del policía Domínguez no aguantó la presión del experimentado juez y lo cantó todo. Después fue descubierto por la prensa en compañía de la testigo en la puerta del hotel Velázquez, de Madrid, y tuvo que huir a Suiza antes de que su imagen fuese desvelada en los periódicos.

Comenzó una larga persecución impulsada por la Justicia española, basada en el testimonio de Blanca, que reconoció que Paesa la había incitado al perjurio. El agente secreto, apoyado en todo momento por las autoridades de Interior que habían creado los GAL, consiguió escapar de la orden de busca y captura dictada por Garzón, convirtiéndose con ese fin en diplomático de Santo Tomé. Finalmente se descubrió el engaño de su nueva tapadera, Suiza ya no aceptó seguir siendo su guarida y lo expulsó, y en octubre de 1991 se entregó voluntariamente en la Audiencia Nacional. Sin duda tenía la certeza de lo que iba a ocurrir: el juez Ismael Moreno le dejó libre sin cargos.

Más rocambolesca y plagada de engaños fue la siguiente gran misión que realizó en España, en la que primero estuvo cobrando de un bando y luego lo hizo del contrario. Descubiertos los tejemanejes y robos que había llevado a cabo el exdirector general de la Guardia Civil, Luis Roldán, su amigo Paesa, al que había encargado algunos trabajos muy bien pagados y con el que había intimado, se encargó de organizarle la huida. Roldán desapareció en 1994 como por arte de magia de la mano del especialista en escondites. Consiguió permanecer huido hasta que Paesa recibió una oferta de 300 millones de pesetas del ministro del Interior, Juan Alberto Belloch, a cambio de traicionar a su amigo.

Luis Roldán mantendría tiempo después, y lo sigue haciendo hasta hoy, que los 1.500 millones de pesetas que tenía en Suiza se los entregó a Paesa para que los moviera y blanqueara, pero que nunca más supo de ellos.

Pago a otro espía.

No tardaría mucho en aparecer en otro gran caso en España. Esta vez fue en una de las misiones de fontanería de Estado. En 1995, unos papeles sacados del entonces Cesid –ahora CNI- por el agente Juan Alberto Perote habían convulsionado la vida nacional porque aportaban datos determinantes de la participación de altos cargos del Gobierno socialista en la guerra sucia de los GAL. Mario Conde estaba intentando sacar beneficio de esos documentos secretos, presionando al Gobierno de Felipe González para que a cambio de silenciar su contenido le devolvieran el dinero que había perdido y le resarcieran de otros daños que sufrió cuando le quitaron Banesto. Perote se convirtió en el hombre clave, pues con su testimonio podía quitar validez a los documentos. Así que se les ocurrió contratar a Paesa para que le propusiera al exagente del Cesid que negara la implicación del Gobierno socialista a cambio de 500 millones de pesetas, según desveló Tiempo en su momento. Perote le conocía de la época en que era jefe de la unidad operativa, pues Paesa también había trabajado para ellos. Le escuchó y, finalmente, se negó a hacer el trato.

Sus innumerables trabajos sucios en España son solo una parte de la larga vida delictiva de Francisco Paesa. A los 26 años ya estafó al dictador guineano Macías, pues, aprovechándose de su avaricia y de su deseo de utilizar el Banco Nacional de Guinea para su propio enriquecimiento, consiguió llevarse a Suiza una gran parte del dinero que tenía el pueblo de Guinea.

Ese fue el inicio de su carrera, centrada en los grandes golpes económicos basados en su capacidad para timar a la gente, que nunca sospechaba de un tipo como él. El mundo del engaño financiero le produjo algunas satisfacciones, pero concluyó con una denuncia por fraude, falsificación y robo de dos millones de marcos que dieron con sus huesos en la cárcel.

Cuando salió, decidió cambiar de negocios y meterse de lleno en otros más peligrosos, pero mucho más glamurosos. Un tipo que se dedicaba a seducir a las mujeres más bellas, antes o después debía dar el pelotazo. Vivió un tórrido romance con Dewi Sukarno, viuda del expresidente de Indonesia, que le abrió las puertas de muchos personajes influyentes, que disfrutaban con la compañía de aquel millonario. A su gusto por mujeres guapas y poderosas unía sus maneras de potentado, sus Jaguar y su devoción por el Moët&Chandon. Empezó en los negocios del tráfico de armas de la mano de Georges Starckmann y ambos consiguieron hacer llegar su material a países tan conflictivos como Irán.

Después vendrían otras muchas misiones, entre ellas las realizadas por encargo de las autoridades y los espías españoles. En 1998, acosado por todas partes, aparece publicada su esquela en la prensa española: “D. Francisco Paesa falleció en Tailandia el 2 de julio de 1998, donde fue incinerado”. Evidentemente, era una de sus patrañas para que sus numerosos enemigos de medio mundo dejaran de perseguirle. Sus amigos de los servicios secretos se habían ido alejando de él, y aunque los franceses seguían protegiéndole, los habitantes de las alcantarillas españolas no querían escuchar su nombre.

Paesa permaneció desaparecido seis años trapicheando en el tipo de negocios financieros con los que empezó su carrera. De hecho, es una agencia de detectives española, Método 3, la que le localiza cuando una empresa de Londres les encarga buscar a un tal Francisco Pando Sánchez, que les ha estafado nada más y nada menos que veinte millones de euros. Descubierto nuevamente, no tiene problemas con España pues ya no tiene pendiente ninguna causa judicial. Paesa conoce muchos secretos del poder de los años 80 y 90, pero nunca hablará si le dejan en paz. Ahora ha reaparecido en Sierra Leona, a sus 75 años, seguro que en otro de sus timos o tráficos ilícitos. Los viejos roqueros nunca mueren.

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