Moncloa tiembla ante el fin del bipartidismo

07 / 10 / 2013 10:07 Cristina de la Hoz
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El presidente Mariano Rajoy ha creado un equipo de análisis de sondeos sobre intención de voto. Según el Ejecutivo, España camina hacia la ingobernabilidad.

El Gobierno dice confiar en que de aquí a que se celebren las próximas elecciones generales, en 2015 si se completa la legislatura, pueda haber los suficientes signos de recuperación económica como para que los ciudadanos depositen de nuevo su confianza en el partido de la gaviota. Sin embargo, también comienza a cundir el temor de que incluso en un escenario de salida de la crisis los partidos mayoritarios sufran un importante varapalo electoral que dé por finiquitado ese bipartidismo imperfecto formado por PP y PSOE desde 1982.

Moncloa lleva meses analizando encuestas sobre intención de voto –no solo las del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), sin duda uno de los mejores instrumentos con los que cuenta el Ejecutivo– y estudiando tendencias con el objeto de descifrar por dónde puede ir el comportamiento electoral de los ciudadanos. El fin del bipartidismo, que también preocupa, y mucho, en las filas del PSOE, puede traducirse, afirman en el Ejecutivo, en una situación política ingobernable con la fragmentación del Parlamento, buenos ejemplos ha habido en Italia o Grecia, amén de permitir el ascenso de fuerzas políticas antisistema, antieuropeístas o extremistas, que también hay de todo un poco en los países de nuestro entorno.

El director de Gabinete del presidente del Gobierno, el todopoderoso Jorge Moragas, ha encargado ese trabajo al responsable del Departamento de Análisis y Estudios, Eduardo Baeza, que depende directamente del también secretario general de Moncloa y secretario del Consejo de Seguridad Nacional. A su equipo se suma Andrés Medina, uno de los primeros fichajes de Moragas, para asesorar en cuestiones demoscópicas. Todo ello sin olvidar el papel que sigue jugando el incombustible Pedro Arriola, repartido entre Moncloa y el PP, hacedor en muy buena medida de los discursos de Mariano Rajoy, que no ha perdido su poder de influencia. Ello no ha sido óbice para que haya entrado en algunos momentos en colisión con el director de Gabinete de Rajoy, especialmente en la estrategia a seguir respecto a la amenaza de moción de censura de Alfredo Pérez Rubalcaba.

La prueba de las europeas.

Las elecciones europeas van a ser el primer examen electoral de ámbito nacional para Rajoy desde que llegó a la presidencia del Gobierno. Los resultados europeos son, si se quiere, los más inocuos en clave de política interna. Precisamente por ello los ciudadanos aprovechan esta cita con las urnas para mandar un recado a los dos grandes partidos, ya perjudicados por el hecho de que en esta ocasión hay una circunscripción única para toda España. Los sondeos sitúan a los populares lejos, muy lejos, de los 23 escaños que obtuvieron en 2009. Menos de 20 y bajando. Los socialistas también perderían apoyos. Se benefician de la hemorragia Unión, Progreso y Democracia (UPD) e Izquierda Unida (IU), además de nacionalistas y regionalistas, sin que haya surgido, al menos de momento, ninguna otra fuerza nueva con un discurso potente que esté en condiciones de hacerse un hueco. El resto de los partidos conservadores y socialdemócratas de Europa albergan el mismo temor, esto es, una Eurocámara más fragmentada, en la que la supremacía de los dos grandes grupos quedará debilitada.

En todo caso, hay otra variante que genera inquietud en el Ejecutivo y en el PP: la más que previsible entrada de Bildu en el Parlamento Europeo. No lo haría en soledad, sino que anda buscando socios de coalición, y esos socios bien pudieran ser Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) o la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), o ambas. Tradicionalmente, la formación que lidera Oriol Junqueras ha ido de la mano de otra fuerza política vasca, Eusko Alkartasuna, mientras que Sortu prefiere a CUP. El diputado de Amaiur Rafa Larreina ha confirmado no solo que buscan pareja de baile, sino que a finales de este mes pueden formalizar una alianza, por lo que las conversaciones andan muy avanzadas. La presencia en el Parlamento de Estrasburgo de los independentistas catalanes –con ERC y, ahora, con CiU– y vascos, especialmente de Bildu, es una mala noticia para Moncloa.

También lo han sido los desastrosos resultados de los conservadores portugueses en las elecciones locales del 29 de septiembre, interpretados como un signo de mal agüero, más habida cuenta de que serán unas municipales y autonómicas, en 2015, las que precedan en nuestro país a las legislativas ese mismo año.

En un diseño electoral no privativo de España, sino que se repite en todos los países de nuestro entorno, los conservadores y la socialdemocracia se han ido alternando en el poder. Por detrás, una serie de partidos satélites (liberales, verdes, nacionalistas...) apuntalaban a uno u a otro para hacer posible la gobernabilidad. A ello se une en nuestro país un sistema electoral proporcional corregido que beneficia a los dos grandes partidos en detrimento de otros de ámbito nacional como IU o UPD, pero que favorece, sin duda, a los nacionalismos, especialmente el vasco y el catalán.

Un modelo asentado desde 1982.

En todo caso, con y sin mayorías absolutas, PP y PSOE han venido sumando un porcentaje de escaños en la Cámara Baja que, aún en los momentos de mayor debilidad, no ha dejado de superar el 70%. Un vistazo a los resultados electorales desde 1982, cuando los populares sustituyen a la UCD como el referente de la oposición, dan una única excepción: en 1989 PSOE y PP solo sumaron el 65,39% de los votos. En esa legislatura el Centro Democrático y Social (CDS) no solo subsistía, sino que consiguió 14 diputados; IU, 17; y CiU, 18. Fue en 2008 cuando socialistas y populares sumaron el más alto porcentaje de presencia en el Parlamento: un 83,81%, con 21 millones y medio de votos entre los dos. En general, el partido ganador ha venido superando el 40% de las papeletas y el segundo, el 30%.

Actualmente PP y PSOE suman el 73,39% de los votos en una cámara muy repartida debido a la cantidad de partidos que consiguieron representación parlamentaria en 2011: 16 formaciones se sientan en los escaños del Congreso de los Diputados, aunque no se ha dado una fragmentación que haya impedido la gobernabilidad, al tener Rajoy una sólida mayoría absoluta.

Quizá el referente más cercano de lo que puede ocurrir con el fin del bipartidismo imperfecto lo tenemos en Grecia. Los conservadores de Nueva Democracia y los socialistas del Pasok tuvieron un sobresalto en las elecciones de junio del año pasado, lo que colocó a Grecia al borde de la ingobernabilidad. La Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) superó al socialismo clásico, mientras que los ultraderechistas de Amanecer Dorado, hoy en proceso de desmantelamiento tras haberse visto implicada su cúpula en un caso de asesinato, consiguieron sentarse en el Parlamento heleno.

Miedo en el PSOE.

Desde el PSOE también se ha alertado del riesgo del fin del bipartidismo. En concreto, el sociólogo José Félix Tezanos, que fue director de la revista Temas, realizó un profundo estudio basado en la Encuesta sobre tendencias políticas y electorales que todos los años realiza el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS). Además de denunciar un “importante declive” electoral del PSOE –que considera no coyuntural ni ocasional, sino producto de una sucesiva pérdida de apoyos–, así como un “grave deterioro” en la credibilidad de los dos grandes partidos de España, alerta del riesgo de que se abra “un periodo de inestabilidades y de dificultades para conformar mayorías de gobierno”.

En un 60% cuantificaba Tezanos la suma del porcentaje del PP y del PSOE, vaticinadora del fin del modelo de representación que nos dimos en la Transición. ¿Y quién ocuparía el espacio que dejan vacante populares y socialistas? Según el estudio, no es descartable la aparición de un voto “radical” de clase media de corte “autoritario-populista, xenófobo y reidentitario”, todo ello, sin olvidar que un sector de esas mismas clases medias pueda acabar enarbolando “banderas nacionalistas”, tal y como está pasando en Cataluña. En definitiva, concluía la revista Temas, “podemos estar ante una auténtica crisis sistémica, que ningún líder político sensato debería despreciar ni minusvalorar”, y en eso está Moncloa para intentar adelantarse a los acontecimientos.

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