Mi abogado fue un espía

13 / 01 / 2015 Fernando Rueda
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Los clientes de Juan Rando, antiguo agente operativo, desconocen que estuvo 20 años persiguiendo enemigos por todo el mundo.

Cinco personas viajaban en un automóvil, sobre las 23.30, por una zona despoblada de Alcalá de Henares. Según la versión que prestarían posteriormente los ocupantes ante la Policía, otro vehículo se colocó a su altura y vieron a un individuo situado en el lateral del vehículo que esgrimía una pistola con la que disparó cinco tiros sobre ellos con la intención de matarlos. Por suerte, el coche en el que viajaban pudo escapar de la escena con las lunas rotas por único daño, sin heridas personales.

Juan Rando fue el abogado defensor del hombre acusado por el grupo de haberles disparado: “Durante el juicio, yo estaba interrogando a la persona más representativa del grupo que había recibido el ataque. Le describía la escena como él la había contado en su primera declaración y le pregunté cómo era posible que hubiera identificado a mi cliente sin ningún género de dudas, si a la hora en que se produjo el altercado no había iluminación en ese lugar. El juez me interrumpió: ‘Señor letrado, ¿no me dirá que usted ha ido a la escena del suceso a la misma hora en que se produjo?’. Le contesté afirmativamente. Después preguntó a mi defendido: ‘¿Su letrado ha ido a la zona donde se produjo el suceso?’. Y mi cliente contestó: ‘Sí, señoría, me llamó un día a finales de noviembre y me dijo que le esperara esa noche a las 23.00 en tal sitio, que íbamos a ver la zona, y allí me tuvo hasta las dos de la madrugada. Estuvo haciendo croquis y confirmando datos’. El juez soltó un ‘increíble, si no me lo cuenta usted no me lo creo”. Al cliente de Rando le pedían seis años y salió libre. Con los datos aportados por la acusación, el abogado demostró que era imposible que pudieran ver la cara del acusado.

Rando es un abogado singular. En Estados Unidos los bufetes disponen de detectives privados que utilizan en todos sus casos para buscar pruebas, confirmar testimonios y un sinfín de detalles, algo menos frecuente en España. Rando une las dos figuras, la del abogado y la del investigador, y lleva personalmente, sin incluir a nadie más, los casos penales que le encargan. Su pericia ha servido para ganar muchos casos, pero hay algo detrás que sus clientes desconocen.

El James Bond español.

Juan Rando hizo carrera militar de joven hasta alcanzar el grado de comandante de las fuerzas especiales del Ejército. Entre sus numerosos cursos aprobados están el de mando de unidades de operaciones especiales, buceador de combate y especialista en desactivación de explosivos. Profesional de la milicia destacado, fue fichado a finales de los años 70 por la entonces denominada Agrupación Operativa de Misiones Especiales del servicio de inteligencia, llamado en aquel momento Cesid –el actual CNI–. Allí sirvió durante 20 años como agente operativo, luchando contra el terrorismo, las actividades de otros servicios secretos en España y otros peligros.

Cumplió con su trabajo no solo por toda España. Operó más allá del Telón de acero, en la mitad de los países del Pacto de Varsovia, con identidades falsas. Estuvo en misiones por África durante varios años y luego cumplió encargos en Asia y América.

Las misiones que desarrolló como James Bond del servicio secreto español las sigue manteniendo secretas. Todas menos una, que fue conocida años después. Rando fue el agente que al iniciarse el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, tras la entrada en el Congreso de los Diputados del teniente coronel Tejero y su grupo de guardias civiles, descubrió la colaboración de agentes del Cesid. Rando ya era considerado un avezado agente de campo y descubrió que algunos de sus compañeros de la unidad de élite estaban en el golpe. Habló con un superior y le contó todo lo que sabía, pero la información acabó en manos de los conspiradores, que intentaron matarlo en tres ocasiones.

Antes de abandonar el servicio secreto estudió Derecho, algo que siempre le había gustado, y una vez que regresó a la vida civil montó su propio despacho de abogado.

El antiguo agente secreto cree que “los abogados en España siguen trabajando desde detrás del ordenador, a partir de que el cliente les cuenta su historia se hacen una composición de lugar y le defienden con esos argumentos. Para mí no es bastante, yo necesito reconstruir intelectualmente la historia y ver el lugar donde se ha producido el hecho con las mismas circunstancias y comprobar lo que es posible y lo que no lo es. En definitiva, descubrir por dónde hacen agua las versiones. Esto es lo que no se hace, porque los abogados no suelen salir del despacho. Se parte de la idea de que el que gana o pierde es el cliente, a mí me gusta disfrutar de mi trabajo y ganar”.

Cuatro absoluciones.

Hace dos años defendió un macrocaso en el que estaba implicada la Legión en Almería y que reunía a 65 testigos. Se juzgaba a cuatro cabos de una unidad, a los que se les pedía una pena de seis años de cárcel para luego expulsarlos. Uno de los soldados que los acusaba contaba con un grupo de compañeros que respaldaba su versión.

“Se les acusaba de cosas horrorosas –relata el abogado–. Un soldado legionario contaba que un día, para vengarse de él, los cuatro cabos le hicieron marchar a paso ligero con la mochila, el casco y el fusil y le pusieron una piedra de 20 kilos en la mano y varias piedras más sobre la mochila. El tribunal militar, integrado por tres jueces, daba inicialmente por cierta la barbaridad de los cabos juzgados de obligar a ese soldado a marchar durante muchos kilómetros a paso ligero con el arma. Era una tortura, sin duda. Yo le pregunté que me explicara cómo hacía para ir a paso ligero y llevar varias piedras sin sujeción sobre la mochila. ‘Yo las llevé todo el tiempo’, me dijo, pero hicimos la demostración y probamos que era falso. Después le pedí que recordara cómo le obligaron a llevar el fusil a paso ligero y le pedí que aclarara con qué mano llevaba cogida la piedra de 20 kilos. Era materialmente imposible. Mis clientes, los cuatro, salieron absueltos”.

Al abogado le gusta hacer trabajo de calle e investigar las situaciones que se le plantean. “En el juicio de Almería –relata– yo sabía las cosas porque había estado en una unidad de operaciones especiales durante muchos años y el paso ligero era el pan nuestro de cada día. Yo no habría podido resolver el caso y demostrar todas aquellas pruebas si no hubiera estado 20 años en el servicio de inteligencia viendo cómo trabajan la Policía, la Guardia Civil y la Policía Municipal”.

Hace un mes, un cliente acudió a su despacho llevando en su mano una carta de un amigo en la que le recomendaba acudir a tan peculiar abogado: “Nuestro caso fue muy complejo. La investigación había sido muy larga pero con el ritmo de vida que llevábamos terminamos descuidándonos y nos percatamos al empezar las detenciones, cuando todo estaba perdido (...). Recopilaron muchas pruebas (...). Una instrucción que el tribunal y el fiscal orientaban dejando fuera a los poderosos que estaban detrás para que nos comiéramos el marrón. Lo que preocupaba a los abogados que nos habían puesto era que aquello no afectara a quienes les pagaban y decidimos cambiarlos. Al contratar al señor Rando quisieron dividirnos y a él intentaron comprarle para que aceptara nuestras condenas sin implicarles a ellos con peticiones de cárcel que nos habrían arruinado la vida, pero se mantuvo firme hasta llegar al juicio (...). Desplegó una cantidad de recursos que nadie esperaba para ir reconduciendo las cosas a su sitio, lo llamaba ‘preconstitución’. En la primera vista ya sorprendió con su dominio de los procedimientos policiales en que se basaba la acusación (sabía mejor que los policías lo que podían dar de sí y lo que denominaba ‘suposiciones modeladas con vaselina’ para crear pruebas o reforzar líneas inculpatorias), haciendo crujir la columna vertebral de la instrucción al revelar grandes contradicciones y pequeños detalles que desvirtuaban las pruebas, desmontando o invalidándolas una tras otra. Percatándose incluso de cosas que a nosotros nos habían parecido naturales. Al final nos sacó absueltos a varios y al resto con penas saldadas con la prisión preventiva y sin necesidad de implicar a nadie más. En una cena que le dimos nos comentó que durante 20 años su trabajo había consistido en reorientar situaciones reales o en inventar situaciones ‘reales’ en Europa, Asia, América y África, que generaban muy fuertes y peligrosos intereses en policías, servicios de inteligencia, organizaciones e individuos, trabajos continuados en los que los errores no podían enmendarse, y que de haberle pillado en un fallo no le habrían dado cuartel”. Una curiosa mezcla la que da ser abogado y haber sido espía por medio mundo.

Grupo Zeta Nexica