Lucha de gigantes
Tokio, amenazada por los fantasmas de Fukushima, parte en cabeza en las apuestas mientras Estambul, agitada por las tensiones sociales, se reserva el papel de tapada.
Son dos gigantes. Dos megaciudades globales que cuadruplican la población de Madrid –13 millones de habitantes cada una frente a los tres de la ciudad del Manzanares– y luchan por llevarse unos Juegos que ayudarían a levantar dos imágenes internacionales dañadas por sus respectivos enemigos particulares. En el caso de Tokio, la alargada e interminable sombra radioactiva que se proyecta desde la central nuclear de Fukushima, a 200 kilómetros del área urbana de la capital nipona, y que amenaza con hacer tambalearse un proyecto que vive su segunda final consecutiva. En el de Estambul, enfrascada en su quinto intento en las últimas dos décadas, unas revueltas sociales que surgieron hace unos meses y que han colocado al Gobierno de Recep Tayyip Erdogan contra las cuerdas en más de una ocasión.
Basta con echar un vistazo al ranking de inversiones en la candidatura de este año para comprobar hasta qué punto los Juegos son una cuestión de vida o muerte para japoneses y turcos: Tokio se ha gastado 67 millones de euros y Estambul 43 frente a los 31 de Madrid. Un orden que hasta hace algo menos de un año era idéntico al de las casas de apuestas y los economistas y estadísticos especialistas en la materia. Hasta que Madrid superó a Estambul por la derecha.
Tokio sigue siendo el rival a batir. Las casas de apuestas y las encuestas, como la de la prestigiosa página web Around the Rings, que coloca a Madrid en segunda posición desde este verano, lo llevan apuntando semanas. Los Juegos son una obsesión en la ciudad de Godzilla, que seguirá jugando la baza emocional como en los últimos meses. Sobra con leer al primer ministro nipón, Shinzo Abe –“En 1959, cuando Tokio fue elegida para albergar los Juegos de 1964, solo 14 años después de ser destruida por la guerra, fue determinante el entusiasmo de todos los japoneses (…). Ahora cada uno de nosotros queremos cumplir con nuestra misión y nuestro deber. Nos vamos a esforzar al máximo para que Tokio sea elegida de nuevo sede olímpica”– para hacerse una idea de los paralelismos de fondo entre desastres nucleares.
El plan de Tokio es hacer entender a los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI)que la isla necesita inyección de moral y dinero para recuperarse de los devastadores efectos del tsunami que impactó con la central nuclear de Fukushima en 2011. De hecho, así como Madrid está centrado en torear el término crisis y Estambul en sortear la palabra desórdenes, Tokio 2020 y sus principales figuras se han pasado el verano delante de un micrófono asegurando que la seguridad y la ausencia de contaminación en el área urbana de la ciudad son un hecho constatable desde julio.
De Fukushima a Doraemon.
Fukushima es el flanco más débil de la megaciudad que se dibuja a las faldas del monte Fuji. El temor de que Fukushima sea incontrolable a largo plazo y su radiación se propague al agua, los alimentos y el aire de uno de los lugares más poblados del mundo. Las alarmas saltaron cuando hace unas semanas se hizo público que la central de Fukushima seguía vertiendo al océano Pacífico 300 toneladas de agua contaminada cada día. Desde entonces, el asunto ha pasado a ser “urgente” en la agenda del Gobierno japonés y su delegación olímpica, que encabezarán el propio Abe, el presidente de Tokio 2020 y del Comité Olímpico de Japón (COJ), Tsunekazu Takeda, el gobernador de Tokio, Naoki Inose, el esgrimista y doble medallista olímpico Yuki Ota, y la exjugadora de voleibol Yuko Arakida, medalla de oro en los Juegos de Montreal de 1976 y directora deportiva de una candidatura que, a falta de mascota oficial, ha tirado del archifamoso gato de dibujos animados Doraemon, uno de los mangas más comercializados de la historia del anime japonés. Todos –incluido Doraemon- buscarán tocar la fibra de los asistentes. “Seguridad” y “transparencia” serán los pilares de su estrategia, y dejar claro que la contaminación no llegará a la ciudad. Será algo así: “En Tokio la comida y el agua son seguros. Los datos sobre los controles se encuentran a disposición de todos y la radiación en Tokio está al nivel de otras ciudades como París o Londres”. De este modo zanjó el asunto el gobernador de Tokio en su última rueda de prensa. Aun así, la capital nipona es la rival a batir. Al COI le gusta su programa y su proyecto y su volumen de inversión comprometida, y a la baza sentimental hay que unir su capacidad tecnológica y organizativa, sello inconfundible de su marca país.
De Taksim a Buenos Aires.
Las intenciones de Estambul 2020 chocan con la cantidad de vías abiertas que se aferra en tapar. Tres principales: el transporte, algo que no debería ser prohibitivo dada la experiencia de Río de Janeiro, que sigue afanada en terminar la autopista transcarioca y las remodelaciones de su aeropuerto de cara al Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos de 2016, la estabilidad política y el dopaje. Tres frentes abiertos en plena recta final.El tráfico es una complicación enquistada en la candidatura turca. La congestión de una ciudad que no ha acometido reformas de calado en el sistema de comunicaciones y movilidad pública y que, debido a estos detalles y a otros que tienen que ver con la seguridad de un evento de esta magnitud, obtuvo la peor nota en la visita del COI de la pasada primavera: nueve de cada diez preguntas estuvieron centradas en estos temas. De hecho, este es el primer programa en el que los turcos incluyen un plan general de rehabilitación del sistema de transporte en Estambul. Sobra decir más.En cuanto a las revueltas sociales surgidas con la plaza Taksim y el parque Gezi de Estambul como epicentro, la táctica de Erdogan es similar a la de Rajoy con la crisis económica: el silencio es su mejor arma. Ahora bien, que nadie espere que el primer ministro turco deje de referirse a los datos económicos del monstruo que gobierna: desde 1992 hasta hoy su PIB ha pasado de 133.000 a 595.000 millones de euros. Ese dato se escuchará, y bien alto, en la sala Pacífico del hotel Hilton. Pueden apostar.
La obsesión turca.
La ciudad del Bósforo reza por ser la sorpresa de la ceremonia final. Estambul, que ha gastado 43 millones en desarrollar una candidatura muy ambiciosa en términos económicos –nada menos que 15.000 millones de euros presupuestados, diez veces más que Madrid–, sueña con ser la gran tapada. La sorpresa. Parte como la tercera en discordia en casi todas las apuestas y el 7 de septiembre cumplirá cinco intentos olímpicos en los últimos 20 años. Ahí es nada. Fue candidata a los Juegos Olímpicos de 2000 y 2008 y aspirante en los de 2004 y 2012. Casi una obsesión.Aunque toda realidad depende del ángulo desde el que se observe. El dopaje y las revueltas sociales pueden parecer un problema pero también una solución. La sensación de que se quiere luchar contra ciertos problemas: “Estamos obteniendo resultados contra el dopaje; queremos educar a nuestros jóvenes”, repiten una y otra vez desde la delegación turca. En eso se centrará su discurso en la sala más señorial del hotel Hilton de Puerto Madero en Buenos Aires: la capacidad más que demostrada para desarrollar respuestas y hacerlo de la mano del crecimiento económico.
Un argumento de peso. Eso, al menos, decidieron los 9.500 internautas que respondieron a la única encuesta relevante, la de la plataforma británica SportConnect, que ha colocado a Estambul en cabeza –con un 42% de los votos– en lo que va de año.Otro punto a favor de la capital cultural turca –la política es Ankara– es que ya sabe lo que es organizar grandes campeonatos y finales de alto copete internacional: en los últimos años, y especialmente en el último, ha organizado el Campeonato Mundial de Natación en Piscina Corta, la Copa Mundial de Fútbol Sub-20 o el Campeonato Mundial de Atletismo en Pista Cubierta; y en 2004, tras ser elegida ciudad candidata, la final de la Champions League se celebró en el Estadio Olímpico Atatürk, inaugurado ese mismo año.Estambul está recorriendo una especie de periodo formativo. Un doctorado olímpico tutelado y dirigido por el Comité Olímpico Internacional, que lleva décadas meciendo los sueños deportivos de un país al que cada vez se le entrega más responsabilidad. Más campeonatos y más pruebas de primer nivel global. Eso sí, competir con España en este terreno es complicado: 78 mundiales y 85 europeos en la última década, incluyendo los recientes mundiales de Barcelona y los futuros de baloncesto –que tendrán lugar el verano de 2014– resulta imposible. Aunque en deporte –y en política– no hay nada imposible.



