Los Reyes conquistan Londres

17 / 07 / 2017 Luis Reyes
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La Corte de Saint James ha recibido a los Reyes de España con una pompa que es única en el mundo y proclama las buenas relaciones entre las dos casas reales.

Don Juan Carlos se dirige en 1986 a lores y comunes, que lo aclamaron

El viaje de Estado de Felipe VI al Reino Unido ocurre 31 años después del de don Juan Carlos en 1986, pero antes otros reyes de España han conocido las brumas británicas en circunstancias variopintas, desde sentarse en el trono inglés hasta vivir el amargo exilio.

Felipe II

Rey de Inglaterra 

El primer soberano español que pisó Inglaterra fue Felipe II, aunque todavía no era más que príncipe de Asturias. Sin embargo llegó como rey… de Nápoles. Iba a casarse con la reina inglesa María Tudor, y Carlos V le otorgó la corona napolitana para que no ostentara categoría más baja que la novia. Los cortesanos ingleses, no obstante, le tratarían como inferior y en el banquete de bodas le sirvieron a María en platos más lujosos que a Felipe.

El menosprecio manifestaba el complejo de inferioridad que provocó entre los ingleses Felipe, que entró en la isla de forma apabullante. Llegó en una escuadra de cien naves, con 6.000 marineros y soldados, y muchos pensaron que era una invasión. Aparte llevaba un séquito de 3.000 personas que incluía 1.500 caballeros. También llegó la Grandeza de España en pleno, aunque hubo que dar subsidios a los nobles –arruinados por un anterior viaje de Felipe– para que luciesen el boato adecuado. Como si fuera una reacción defensiva, el cielo inglés derramó un diluvio sobre el lucido cortejo que iba a encontrarse con la reina María, lo que llevaría a algún noble español a decir que prefería “los rastrojos de Toledo a las florestas de Amadís”, es decir, inglesas.

Inglaterra se dividió por la subida al trono de un español como rey consorte. El partido católico, con María al frente, lo apoyaba, pero el partido protestante, más poderoso, estaba en contra y montó una eficaz campaña de propaganda negativa. “Pobre de aquella mujer honesta que caiga en manos de un español”, decían los panfletos que inundaban el país. El famoso orgullo hispánico también iba en contra de las buenas relaciones, los españoles despreciaban a los ingleses, y las inglesas les parecían feas. “Estamos entre la más mala gente de nación que hay en el mundo”, escribía a España un noble, y otro resumía la situación: “No nos pueden ver más que al diablo”.

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