Los financieros y la crítica de la razón pura

22 / 10 / 2013 11:37 Clara Pinar
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El expresidente de Bankinter Jaime Botín y el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, son algunos de los alumnos más ilustres de la Escuela de Filosofía, que desde hace una década imparte esta disciplina entre profesionales con inquietudes.

Una vez a la semana, banqueros, consejeros y presidentes de empresas abandonan sus amplios y bien decorados despachos y se desplazan a un discreto edificio en la zona norte de Madrid, junto a una casa de las Hermanas del Amor de Dios. Rodeado por una tupida valla blanca, cuando atraviesan la puerta, cambian el suelo de moqueta o la luz cálida de las lámparas de mesa por un inmueble de paredes desnudas, sin mucho más mobiliario que las grandes mesas y las sillas a su alrededor que decoran las dos salas más grandes.

Se trata de la Escuela de Filosofía, un centro privado que desde hace 10 años enseña Filosofía a adultos desde las perspectivas más variadas. No es un centro cualquiera, porque muchos de sus alumnos tampoco lo son. El expresidente de Bankinter Jaime Botín y su esposa, y el consejero de Ferrovial Santiago Eguidazu son algunos de los muy motivados discípulos de los especialistas y pensadores invitados por la escuela para impartir clases. Son los dos únicos que lo han aireado, porque otras personalidades del mundo de la empresa y las finanzas prefieren más discreción, como el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri; el expresidente de OHL Mariano Aisa; o Fernando Falcó, marqués de Cubas. Muchos la ven como un oasis, una forma de ocio cultural, donde dejan de ser presidentes o consejeros para convertirse en uno más entre los alumnos –60 matriculados en el curso 2013-2014–. Por respeto, la política de la escuela es no hablar tampoco de sus alumnos. Aun así, Botín y Eguidazu, dos de los alumnos más longevos y con una implicación muy notable, se han definido como alumno de la Escuela de Filosofía en sendos artículos publicados por El País. Bajo el título Deliberación moral y crisis del capitalismo, Eguidazu relacionaba en mayo de 2011 la crisis con la falta de “deliberación moral” –imprescindible en la Antigüedad para guiar la acción– que ha llevado al “entramado financiero” y a los ciudadanos a tomar decisiones “imprudentes e irresponsables”. Más polémico fue el artículo del mes pasado de Jaime Botín –Moral católica– en el que alertaba del “colapso ético” de una sociedad donde la corrupción se extiende sin que le importe a nadie. Rápidamente, otros medios –El Mundo o El Confidencial– afearon el discurso anticorrupción de alguien a quien la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) está estudiando imponer una multa de 600.000 euros por haber mantenido ocultas hasta 2010 parte de sus acciones de Bankinter en una fundación de la familia Botín con sede en Suiza. Botín respondía –y se defendía– a estas críticas con otro artículo en el mismo periódico donde, una vez más, se definía como alumno de la Escuela de Filosofía.

Un boca-oreja de calidad.

Sus reflexiones son personales, pero el hecho de que se lancen a escribir en público sobre moral o ética ofrece una muestra de la impronta de los estudios que iniciaron hace ocho años.

La Escuela de la Filosofía fue creada por Gonzalo Mendoza, un profesional del sector financiero, formado en Estados Unidos, con experiencia en consultoría, en banca comercial y de inversión y que un buen día decidió dejar sus empresas en el sector de las nuevas tecnologías para emplearse en la tarea de difundir esta disciplina. Después de un año matriculado en Filosofía, llegó a la conclusión de que “eran clases que debería conocer todo el mundo” y, ante la extrañeza de su entorno, se lanzó a crear una escuela en la que los mayores especialistas de cada materia en las universidades y centros de investigación españoles son invitados para impartir clases.

No se anuncia en ningún sitio, pero nunca han faltado los alumnos. Los primeros fueron once contactos de Mendoza. Después llegaron desconocidos, gracias a las buenas referencias de la escuela. “Es un boca-oreja potente, de bastante calidad”, entre personas con buena trayectoria profesional, con formación e intereses culturales. Entre ellos, Botín, Eguidazu, Falcó, Aisa o Goirigolzarri y así hasta sesenta alumnos este año, con una media de edad de 60 años, aunque el más joven tiene 30. El mundo empresarial y financiero es un buen caladero de alumnos. Pero también hay profesionales liberales como abogados o arquitectos. ¿Qué les aporta la filosofía? “Ayuda a ordenar la mente, a saber priorizar, a tener capacidad analítica, saber hablar, dialogar de verdad y a tomar distancia sobre tu propia realidad para pensarla”, responde Mendoza.

El sesgo, eso sí, está en el precio de los cursos. Las asignaturas básicas de Historia del mundo filosófico –Mundo clásico y Mundo moderno– duran cuatro meses y la matrícula para cada una de ellas asciende a 2.375 euros. En algunos casos, la fundación de la escuela otorga “ayudas” para el pago de parte del importe.

La escuela consigue reunir a personas muy distintas para aprender, reflexionar y debatir sobre cuestiones filosóficas y de la más rabiosa actualidad, incluidas las discusiones sobre política. Cada clase empieza con la exposición del profesor sobre el tema que se va a tratar y que los alumnos llevan previamente preparado gracias a los documentos que les entrega la escuela en la sesión anterior. A partir de ahí empiezan las preguntas y aportaciones de los alumnos, que muchas veces terminan en apasionados debates en sesiones donde, además de aprender, se divierten mucho.

Sin ataduras ideológicas ni religiosas, en la escuela se puede abordar cualquier tema, de un periodo que abarca desde los presocráticos hasta las últimas noticias, con la única línea roja del respeto a los demás. No obstante, nunca se ha hecho mención a asuntos relacionados directamente con alumnos que fuera de la escuela ocupan puestos importantes y cuya labor está “atravesada”, por ejemplo, por la Ética, la disciplina sobre la que los alumnos más veteranos –Botín entre ellos– pidieron hacer un curso de un año entero. A lo largo de ocho meses, estudiaron el concepto de ética en los distintos periodos históricos.

No ha sido la única ocasión. Mendoza asegura que se puede estudiar filosofía durante “toda la vida”. En términos prácticos, la escuela ofrece una formación fija que podría terminarse en dos años. Si algunos, como el expresidente de Bankinter y el consejero de Ferrovial, llevan ocho y no parecen tener intención de interrumpir su formación es porque son los mismo alumnos quienes a lo largo de los años han hecho piña, han creado un núcleo duro de una decena de veteranos que no solo no quieren separarse, sino que sugieren a la dirección del centro cursos monográficos según sus intereses. Este año estudiarán las Ilustraciones, de Grecia a la Posmodernidad. Conscientes de las agendas profesionales de buena parte del alumnado, las clases se graban por si no pueden asistir a ellas. Frente a lo que pudiera parecer, todos suelen guardar el hueco semanal para la filosofía y las faltas son más bien anecdóticas. Uno de los alumnos llegó a confesar a la dirección que el mejor día de la semana es el de la clase de filosofía.

Como veteranos, algunos de los protagonistas de este reportaje tienen posibilidades de participar en la reflexión sobre el ser humano que empezarán este curso entre cuatro filósofos y cuatro alumnos, en pie de igualdad, no como maestros y discípulos. Para eso, se buscará a alumnos veteranos y con nivel, se limita a explicar Mendoza, que mantiene su discreción. Otra iniciativa en preparación es fomentar el debate sobre temas de actualidad, desde la relación entre suníes y chiíes hasta las elecciones europeas, de una educación sin filosofía al conflicto en Siria. Será otra oportunidad para dialogar sobre temas bien diferentes a su vida profesional.

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