Los documentos de Kennedy sobre España

15 / 11 / 2013 10:20 Antonio Rodríguez
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Un cable secreto vaticinó al presidente de EEUU que Franco daría “nuevos estatutos” al País Vasco y Cataluña tras las dificultades del régimen en 1962. A raíz de la Crisis de los Misiles, Washington garantizó su ayuda a España en caso de agresión soviética.

A los pocos días de que John Fitzgerald Kennedy muriera trágicamente en Dallas (Texas), su secretaria en la Casa Blanca,  Evelyn Lincoln, tuvo que recopilar a toda prisa la documentación generada por él como se hace al final de cada presidencia. Los papeles fueron depositados en la Biblioteca Presidencial JFK de Boston (en Massachusetts, el Estado natal del clan de los Kennedy) y se han ido desclasificando poco a poco en los últimos años al cumplirse 50 años de aquellos días.

Entre los dosieres sacados de la Casa Blanca hay uno específico sobre España que cuenta con 139 documentos digitalizados bajo el epígrafe Spain 1961-1963. El primero de los documentos data del 6 de abril de 1961, al poco de iniciarse la presidencia de Kennedy, y la última entrada es del 8 de septiembre de 1963, un mes y medio antes de su asesinato, cuando España y Estados Unidos alcanzaron un acuerdo para prorrogar durante cinco años más el acuerdo bilateral de defensa que ambos países habían firmado en 1953 y que tanto ayudó al régimen de Franco a superar el aislamiento internacional que arrastraba desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En la carpeta sobre España hay telegramas entre Kennedy y el general Franco, cables secretos de la embajada estadounidense en Madrid, documentos del Departamento de Estado sobre los embajadores españoles en Washington, una declaración de la oposición moderada sobre el futuro de España en democracia, una biografía de los príncipes Juan Carlos y Sofía cuando EEUU no sabía si el dictador se decantaría por el conde de Barcelona o su hijo en la carrera por la sucesión e, incluso, la edición en español de la revista Life dedicada a Jacqueline Kennedy y los nuevos aires que la joven primera dama estaba introduciendo en la Casa Blanca.

Un disgusto para Franco.

La llegada del joven demócrata a la presidencia de EEUU fue un jarro de agua fría para el régimen franquista, que empezaba a sacar pecho en los foros internacionales tras el gesto de Dwight Eisenhower de visitar España en 1959. “Hubiese sido mejor que ganase Mr. Nixon. Con los republicanos tenemos muchos más amigos y nos comprenden mejor”, le cuenta el jefe del Estado a su primo, el también general Francisco Franco Salgado-Araujo, aunque confiaba que las relaciones “no se enfríen”.

“Entre los demócratas hay bastantes enemigos del régimen que aún no se han dado cuenta de los motivos del levantamiento militar, que no ven que nuestro triunfo lo ha sido contra el comunismo internacional y que si hubiéramos sido derrotados, Moscú sería dueño de la Península Ibérica y la situación de Europa sería catastrófica”, añade el Caudillo, según cuenta Salgado-Araujo en su libro Mis conversaciones privadas con Franco. Cuando a finales de agosto de 1961 se intensifica la crisis de Berlín, Franco sigue sin fiarse del mandatario estadounidense: “Por ahora se defiende muy bien, pero no me fío mucho, pues está rodeado de bastantes izquierdistas y enemigos del régimen español”.

Esta obsesión “neurótica” del jefe del Estado por los opositores en el exilio, a juicio de Washington, se reproduce el 8 de enero de 1962, poco después de que Franco haya tenido un accidente de caza. La herida en la mano le provoca fuertes dolores, pero el general mantiene su agenda de trabajo y lee una nota confidencial sobre la visita de Kennedy a Caracas, en la que la embajada española le advierte que había recibido “a una comisión de rojos españoles” a los que prometió todo tipo de ayuda. “No creo nada de lo que se dice aquí, esto es debido a la campaña solapada que se hace para que se enfríen nuestras relaciones con Norteamérica”, responde un Franco que estaba en lo cierto, pues no hay rastro documental de tal compromiso por parte de Kennedy entre sus papeles sobre España.

Así las cosas, el primer intercambio de telegramas y mensajes entre Franco y Kennedy se produce en marzo de 1962, a raíz del repentino fallecimiento del embajador español en Washington, Mariano de Yturralde. El presidente demócrata dispuso que tanto el féretro como la viuda del embajador viajasen a Madrid en uno de sus aviones presidenciales, unas facilidades que agradeció Franco por la “bondad” mostrada desde EEUU.

El deceso del embajador Yturralde propició que el Gobierno español nombrase a Antonio Garrigues como su representante en Washington. La elección de este embajador fue una sorpresa, aunque diversas personalidades del régimen, como el exembajador José Félix de Lequerica, habían recomendado al dictador que enviase a Estados Unidos a alguien “que no sea funcionario”, con el objetivo de llevarse bien con la Administración demócrata. En el horizonte más cercano estaban las negociaciones para renovar el acuerdo sobre las bases que se había firmado en septiembre de 1953 y cuya vigencia concluía a los diez años.

Según un informe confidencial de la embajada, Garrigues era “un monárquico liberal y un crítico del régimen de Franco”, aunque el abogado había expresado sus discrepancias “dentro de los límites que impone el Gobierno para tales críticas”. En la primera reunión que tuvo Garrigues en Washington, el nuevo embajador subrayó al Departamento de Estado que “su primer objetivo” era “convencer al presidente de que es un amigo sincero de los Estados Unidos y sus ideales, y no un apologeta del régimen de Franco”.

Además, trasladó al jefe de la diplomacia estadounidense, Dean Rusk, su deseo de tener un encuentro con Kennedy en el que pudiera explicar las “implicaciones y ramificaciones” de las huelgas que se habían desencadenado en España en ese año 1962 y que llevaron al régimen a suprimir la aplicación de varios derechos del Fuero de los Españoles, así como la reacción de Madrid contra los opositores internos que habían asistido a la Conferencia de Munich. Ambas cuestiones motivaron quejas verbales por parte de Washington que, por supuesto, llegaron a oídos de Franco (ver documentos a la izquierda).

Las huelgas de 1962 llevaron a la embajada a exponer a Kennedy que, si bien el régimen franquista “no había estado en peligro”, por primera vez en mucho tiempo había pasado “momentos difíciles”. El panorama era tan convulso a ojos del embajador Woodward y sus diplomáticos, que opinaban que Franco se vería forzado a efectuar “cambios significativos” en su Gobierno –es cuando entraron ministros aperturistas como Manuel Fraga– y a acelerar una nueva legislación sobre un “amplio número de asuntos, desde la reforma agraria a nuevos estatutos para las regiones vasca y catalana”. En este último punto el régimen se mantuvo inflexible.

Sobre la supresión de una parte de los Fueros, el general reconoció que “en el extranjero consideran esta medida como si se hubiera declarado el estado de guerra”. En cuanto a la represión contra los participantes del llamado Contubernio de Munich, Rusk recomendó a Kennedy que en su encuentro con Garrigues le hiciese saber que, “a pesar de que Estados Unidos no tiene intención de interferir en los asuntos internos de España, el hecho de someter a vigilancia los domicilios [de los opositores] puede conllevar lamentablemente que haya un menor apoyo a España en los círculos de influencia europeos y americanos”.

La negociación de las bases.

El punto más delicado de las relaciones hispano-estadounidenses era el convenio de defensa que había permitido a Washington abrir la base naval de Rota y tres bases aéreas (Torrejón, Zaragoza y Morón), todas ellas de enorme importancia estratégica para EEUU en plena Guerra Fría, sobre todo después de la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, que a punto estuvo de desencadenar un nuevo conflicto mundial. Para la España de Franco este convenio bilateral era el peaje a pagar para estar bajo el paraguas protector de EEUU en caso de conflicto con la Unión Soviética, ya que no formaba parte de la OTAN.

Precisamente, el temor al uso de armas nucleares por parte de Moscú llevó al régimen de Franco a reclamar más contrapartidas a la presencia norteamericana en territorio español. El 30 de noviembre de 1961, al poco de ganar Kennedy, Franco comentó a su círculo más cercano la necesidad de que la base de Torrejón se alejase de la capital española. Y llegó a sugerir la opción de trasladarla a un páramo de Ciudad Real. “Alejándola, la tranquilidad será mayor. Yo acepté esa base [de Torrejón, en 1953] cuando era creencia general que la URSS no tenía armas nucleares, así que ahora la situación ha cambiado”, le reconoció a Salgado-Araujo.

Tras largas negociaciones en las que ninguna de las dos partes quiso denunciar el tratado, Rusk y su homólogo español, Fernando María Castiella, firmaron el 26 de septiembre de 1963 la extensión por cinco años del convenio. Washington se comprometió a vender a precio de saldo el material bélico que requiriese España, así como a pedir autorización en determinados casos a través de un comité conjunto.

“Estoy satisfecho porque Norteamérica se ha comprometido a facilitar equipo moderno a nuestro Ejército y a tenernos al tanto de todos los adelantos de la técnica militar”, subrayó Franco, quien explicó a su Gobierno que “la base de Rota todavía les interesa” a los norteamericanos, “no así las restantes aéreas, de las que, por los adelantos de la aviación y los proyectiles Polaris, pueden prescindir”. El vaticinio fue correcto, pues EEUU cedió a España sus bases aéreas en la década de los ochenta y noventa.

Las minorías religiosas.

En el otro lado del Atlántico se aceptó una visita de Castiella a la Casa Blanca para celebrar la conclusión de las negociaciones. El encuentro se fijó para el 9 de octubre y en él, sin asuntos espinosos de por medio, el católico Kennedy se preocupó por la libertad de culto protestante en España. Castiella poco pudo decir salvo recordarle que era uno de los pocos dirigentes del régimen que se había mostrado a favor de los derechos de las minorías religiosas. Las trabas al protestantismo y otras variantes del cristianismo en España solo se levantaron parcialmente en 1967, con la nueva ley de libertad religiosa que el régimen promulgó tras el Concilio Vaticano II.

El asesinato de Kennedy en Dallas provocó que Franco suspendiese una cacería y volviese urgentemente al palacio de El Pardo, algo que ocurrió muy pocas veces en su etapa de Generalísimo. Quedó “bastante impresionado” por el magnicidio y se lamentó de los errores de seguridad que había habido... aunque estos se repitieron en 1973 con su jefe de Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco.

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