Los consejos secretos de Carlos V a su hijo Felipe

27 / 10 / 2014 A.R.
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La Hispanic Society of America ha encontrado las cartas originales que el emperador escribió a su heredero en 1543 sobre cómo ser rey.

El emperador Carlos V embarcó el 1 de mayo de 1543 en Barcelona con destino al norte de Italia después de que el rey de Francia, Francisco I, le hubiera declarado la guerra por las posesiones de Milán y la región de Saboya, pero al día siguiente tuvo que refugiarse en el puerto de Palamós por culpa de las adversidades climatológicas. Fue en esta ciudad donde escribió dos instrucciones hológrafas a su hijo con una serie de consejos para ser rey.

El emperador se dirige en la primera carta al heredero, que va a cumplir 16 años y que en su ausencia ha quedado al mando de los reinos hispanos y de las colonias de América, alternando los vocablos “hijo” y “vos”. Es más, en su primer documento –firmado el 4 de mayo–, Carlos V se muestra cohibido: “Aunque no siento en mí suficiencia para daros las reglas que conviene, todavía confío en Dios que Él me traerá la péndula del arte que os diré lo necesario”, afirma con modestia. Y a continuación le subraya que su deseo es “daros la información que yo supiere y entendiere, de cómo en esta gobernación os habéis de guiar”.

El monarca le hace ver a su hijo que superará todos los obstáculos que se le presenten a base de devoción religiosa, virtud y fuerza de voluntad, aunque añade varios consejos aún más concretos: “Habéis de ser, hijo, en todo muy templado y moderado. Guardaos de ser furioso, y con la furia nunca ejecutéis nada. Sed afable y humilde”.

El emperador reconoce que le es imposible acordarse de todo y que, igualmente, “hay siempre más casos que leyes”. Con todo, apremia a su hijo a “mudar de vida y la comunicación de las personas” para rodearse “de hombres viejos y de otros de edad razonable”. Sobre todo, dada la diversidad de sus futuros súbditos y de las lenguas que se hablaban en el extenso imperio español, le recuerda al príncipe “que no hay cosa más necesaria ni general que la lengua latina” y le reprende por hacer “tanto caso de locos”. Un consejo que su hijo Felipe no pudo o no quiso obedecer.

Los consejos del emperador a su hijo en el tema de la vida sexual ocupan buena parte de las recomendaciones. “Hijo, placiendo a Dios, presto os casaréis”, constata Carlos V, quien sin embargo le advierte a continuación de que un exceso de sexo en la adolescencia “suele ser dañoso, así para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas; y muchas veces pondrá tanta flaqueza que estorba a hacer hijos y quita la vida”.

Así, comparte con su hijo la extendida –pero errónea– creencia de que el príncipe Juan, el heredero de los Reyes Católicos, había fallecido a los 19 años, solo seis meses después de contraer matrimonio, por su desmesurada vida sexual con su joven esposa. Carlos V cree a pies juntillas la afirmación de su hijo de que es virgen y le recuerda la promesa que le había hecho en el pasado de seguir siéndolo hasta la boda. Una vez consumado el matrimonio, le ruega que “con cualquier achaque os apartáis y que no tornéis tan presto ni tan a menudo a verla; y cuando tornareis, sea por poco tiempo”.

Los consejos políticos están condensados en una segunda carta del 6 de mayo. El emperador teme perder la vida en las guerras que tiene en marcha contra los franceses y los turcos. Su viaje al norte de Europa es “el más peligroso para mi honra y reputación, para mi vida y para mi hacienda que puede ser”. La primera lección secreta que Felipe aprende de su padre es que el dinero debe ocupar un lugar secundario en aquel momento si el emperador fuese “preso o detenido” en el viaje que está a punto de comenzar. La segunda lección (“conviene que sea para vos solo y lo tengáis muy secreto”, le dice) es una mordaz valoración de cada uno de los ministros, encuadrados en camarillas que buscan medrar al lado del monarca. “No os ataís ni obligáis a uno solo, porque aunque es más descansado no os conviene”, le subraya el padre al hijo en una admonición que varios sucesores de Felipe II incumplieron más adelante con los recurrentes validos. A renglón seguido, Carlos V analiza las fortalezas y debilidades de cada consejero, empezando por el duque de Alba. Si bien don Fernando Álvarez de Toledo es “en lo de Estado y de la guerra el mejor que ahora tenemos en los reinos”, al final quedó fuera de las tareas de gobierno por su condición de noble. “De ponerle a él ni a otros grandes muy adentro en la gobernación os habéis de guardar, porque por todas vías que él o ellos pudieren os ganarán la voluntad, que después os costará caro”. Este consejo fue seguido a rajatabla por Felipe II ya que ningún noble fue ministro durante su largo reinado en la segunda mitad del siglo XVI.

El emperador proporciona a su hijo consejos sobre cómo lidiar con aquellos que demuestren ser ineficaces y, llegado el caso, cómo deshacerse de un alto cargo “sin desfavorecerle” para que no intrigue en su contra. La carta termina con una última recomendación: “No dar, ni de palabra ni por escrito, promesa de cosa de porvenir ni expectativa”. Algo que Felipe II se jactó de cumplir.

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