Los bombardeos de Asturias en 1934

01 / 04 / 2011 0:00 A.R.
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Alcalá-Zamora guardó en un sobre un informe militar y 15 fotografías de los ataques aéreos a los mineros que se levantaron contra el Gobierno de la República.

LA REVOLUCIÓN DE ASTURIAS de octubre de 1934 fue el preludio de la sangrienta Guerra Civil en la que España se vería inmersa en menos de dos años. La entrada de ministros de la CEDA de Álvaro Gil-Robles en el Ejecutivo radical de Alejandro Lerroux encendió a los partidos y sindicatos de izquierda, que veían en la remodelación de Gobierno la antesala de la implantación en España del fascismo o del nazismo, tan pujantes en la Italia de Benito Mussolini y la Alemania de Adolf Hitler.

Dicho levantamiento, primero en forma de huelga general, acabó derivando en Asturias en una insurrección en toda regla contra la legalidad republicana. Se llegó a proclamar la República Socialista Asturiana, a semejanza de lo que se había hecho en la URSS unos años antes, y el Gobierno de Lerroux no dudó en enviar al Ejército, con el general Francisco Franco al frente, para sofocar la rebelión por todos los medios.

Los dietarios de Niceto Alcalá-Zamora correspondientes a los años 1933, 1934 y 1935, de los que habló en sus memorias escritas en el exilio de Buenos Aires, no han aparecido en el material incautado por la Guardia Civil a finales de 2008, de modo que es posible que se hayan perdido irremediablemente.

Una desgracia de ser así, pues estos diarios del presidente de la República aportarían más luz sobre los antecedentes, las operaciones militares que se desarrollaron aquel mes de octubre de 1934 y las consecuencias de la Revolución de Asturias.

El único material relacionado con este episodio de la Segunda República es un sobre en el que Alcalá-Zamora escribió “Asturias 6-X-35” (la fecha de 1935, o bien es un error o la puso un año después de los acontecimientos). En dicho sobre, el jefe del Estado por aquel entonces metió 15 fotografías tomadas por aviones de reconocimiento del Ejército del Aire para verificar los avances de las columnas militares y un informe redactado el 11 de octubre de 1934 por el mando de Aviación para el general Franco, cuya lectura pone los pelos de punta ante la pormenorizada y aséptica descripción militar que se hace de los bombardeos.

El informe, que no difiere mucho de los partes de guerra que dos años después se redactarían durante la contienda civil, empieza con los datos que aporta el capitán Del Val desde León al mediodía del citado 11 de octubre. “Información francamente buena. La columna avanza de Gijón a Oviedo y está ya a mitad del camino encontrando muy poca resistencia. Aire de marcha con muy ligeros flanqueos”, se dice con aire triunfalista en el inicio del informe dirigido al general Franco y que llegó a manos de Alcalá-Zamora.

“Enemigos”, “rebeldes”.

A los mineros y seguidores de izquierdas que se levantaron en armas se les tilda de “enemigos” o “rebeldes”, lo que demuestra lo enconado y polarizado que se encontraba el país en aquel momento. A estos últimos, concentrados en defender Oviedo, su principal bastión, se les ataca desde el aire para debilitar sus posiciones: “Había alguna concentración del enemigo por la carretera de Pola de Siero a Oviedo que se ha bombardeado al parecer con eficacia. Se ha bombardeado también la carretera de Mieres a Oviedo y la fábrica de Mieres desde la que se tiroteaba con ametralladora a los aparatos. Creemos que la columna de Gijón llegará a Oviedo de 2 y media a 3 de la tarde [...]. Se cree que antes que sea de noche entrará el Ejército en Oviedo”.

Esta guerra civil a pequeña escala se cebó, igualmente, con la población. Así, el oficial que redacta el informe recuerda a sus superiores que en la orden del día anterior figuraba el bombardeo de una “barriada minera” en Villaseca, una misión que se había desarrollado “con mucho efecto”. Además, en la estación de la Cobertoria, al norte de Vega del Rey, “se tiraron 55 bombas, la mayor parte de las cuales cayó en la vía y el resto en la carretera y casas de sus alrededores, desde donde se hostilizó a la fuerza”.

Por su parte, las columnas del general López-Ochoa y del coronel Yagüe -este último, uno de los generales más distinguidos y controvertidos del bando nacional en la guerra del 36 al 39-, se disponen a entrar en Oviedo. La primera se encuentra estacionada “a pocos kilómetros” de la capital asturiana y en su avance recibe fuego hostil “desde unas casas inmediatas con aspecto de hospital y que tiene paineles de Cruz Roja”. La réplica del Ejército es contundente, pues se advierte de que al poco tiempo “estos edificios se bombardean así como el barrio S.O (sur-oeste) de Oviedo”.

Mientras, la de Yagüe se topa con “las guerrillas de vanguardia”, las cuales combaten desde las primeras casas de la ciudad. El relato de lo sucedido a continuación es estremecedor: “El movimiento de ambulancia parece delatar que las fuerzas tienen bajas. Entre la vanguardia y Oviedo se ve gente armada con dirección a este punto, que trata de ocultarse. Durante todo el día se ha bombardeado en vanguardia y flancos de las columnas, ametrallándose los grupos que parecían sospechosos. Se bombardearon también numerosos camiones y grupos de gente que acudían hacia Oviedo principalmente por la carretera de Mieres”.

Análisis equidistante.

Alcalá-Zamora sí que incluye en el diario de 1936 algunas reflexiones sobre lo acontecido en Asturias y no duda en repartir culpas desde una posición equidistante, ya que recibía críticas a diario tanto de la derecha como de la izquierda, si bien los dirigentes del Frente Popular se llevan más reproches por estar detrás de aquella aventura revolucionaria.

Así, el 9 de febrero de ese fatídico año de 1936 habla de las “equivocaciones” que han tenido los representantes de la izquierda durante el denominado bienio negro de Lerroux y Gil Robles que acaba de concluir. “Entre tantas equivocaciones reaparece como fundamental la de Octubre de 1934, sin cuya locura, y habiendo sabido hacer la oposición, que no hicieron y para la cual los ministros Lerroux y Gil Robles ofrecían insuperable blanco, habrían tenido arrolladora ventaja, y hace tiempo hubieran recobrado el Poder”, afirma refiriéndose de forma implícita a Manuel Azaña, Indalecio Prieto y Largo Caballero.

A escasos días de las elecciones del 16 de febrero de 1936, el debate sobre la represión en Asturias y otros sitios de España centra el final de la campaña electoral, ya que los partidos de izquierda, que se han coaligado en el denominado Frente Popular, defienden la puesta en libertad de todos los políticos, huelguistas y revolucionarios que siguen en la cárcel.

“Parece increíble -se queja con amargura el presidente de la República- que, sobre todo los hombres cultos de izquierdas, no se den cuenta de cómo les alcanza y recae sobre ellos gran parte de la responsabilidad en los excesos de la represión”. Y a renglón seguido, lanza una premonitoria advertencia de lo que se avecina en España: “La guerra civil, que siguen deseando, no sería tan execrable, espantosa y destructora, si su ferocidad terrible pudiera ser meramente unilateral”. Es decir, Alcalá-Zamora intuye ya el martirio de una prolongada contienda armada entre hermanos.

El golpismo, “esa incurable propensión española”, según Alcalá-Zamora, que no hace distinciones de uno u otro lado, es definido por él como “el mayor y más brutal desastre de pasiones”, y por ende, “quien las hace explotar, responde moralmente de cuanto ordena, de casi todo lo que se produce, como obra de los suyos, y de una parte muy considerable de la crueldad ajena, que como reacción provocan”. En este sentido, compara los levantamientos que se produjeron a la par en Cataluña y Asturias en el citado mes de octubre de 1934 y sus posteriores consecuencias.

En el caso de Cataluña, en el que el propio Gobierno de la Generalitat se puso al frente del levantamiento, “solo hubo una rebelión y aun cuando gravísima y peligrosa para la unidad política del Estado, la función represiva constituye alto ejemplo, no superado, de moderación humanitaria, exenta de odios y venganzas”. Nada de ello ocurrió en Asturias, donde ni unos ni otros estuvieron a la altura de las circunstancias, en opinión de Alcalá-Zamora.

“Allí la rebelión se desata como guerra civil, con su serie de asesinatos, robos, saqueos, rehenes, tribunales revolucionarios que fallan al lado de las fosas, previamente abiertas, atentados contra el pudor de las víctimas que tienen que callar, etc.”, se queja. Al Gobierno de radicales y cedistas le reprocha que la posterior represión adquiriese “caracteres sombríos” y se tiñese “a ratos de ferocidad”, aunque le exime de las “acumulaciones fantásticas de la exageración” que le lanzan los líderes políticos del Frente Popular.

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