Lo que queda de Cela
Catorce años después de su muerte, y a un siglo de su nacimiento, una gruesa capa de olvido parece haber caído sobre la memoria del Nobel gallego. Su hijo se empeña en reavivar el fuego literario.
“La casa de subastas Christie’s de París ha vendido hoy por 211.500 euros (el triple de su precio de salida) Cuadro, un regalo del pintor grancanario Manolo Millares al premio Nobel de Literatura Camilo José Cela. (…) La tela de Millares (1926-1972), pintada en 1960 y vendida hoy por los herederos del escritor, ha multiplicado notablemente su valor, pues partía con una valoración inicial de entre 60.000 y 80.000 euros”.
Esta es casi la única noticia (desde luego es la única llamativa) que ha aparecido en los medios de comunicación en los últimos meses, sobre el premio Nobel de Literatura español Camilo José Cela, fallecido en 2002. El despacho de la agencia Efe lleva fecha del 8 de diciembre de 2015. Y no se enteró casi nadie porque, en aquella misma subasta parisina, Miguel Bosé vendió dos cuadros de Andy Warhol por los que se embolsó casi medio millón de euros. Así que en el cuadro de Millares se fijaron pocos.
Los pocos que se fijaron, eso sí, se hicieron una pregunta inevitable: ¿quién vendía el cuadro? ¿Qué “herederos” llevaron a París la arpillera del genio grancanario y le sacaron casi cuatro veces más que el precio de salida? Las respuestas posibles son pocas, como los propios herederos. El hijo del escritor, el antropólogo y columnista Camilo José Cela Conde, dijo que él no tenía nada que ver con esa subasta. La Xunta de Galicia aseguraba que el cuadro de Millares nunca había formado parte del patrimonio de la Fundación Pública Camilo José Cela, con lo cual mal podían vender lo que no tenían. La tercera y última posibilidad era la viuda del Nobel, Marina Castaño, quien, cuando los periodistas le preguntaron, respondió con un seco y cinematográfico “no sé de qué me habla”.
Dinero. Pues de dinero. Hace ya mucho tiempo que, cuando en los medios se habla de Camilo José Cela, casi nunca se habla de literatura. Se habla de dinero. De la tela de araña de las demandas y contrademandas. De que Cela perjudicó perversamente a su hijo en el testamento para favorecer al amor de su senectud. De que el Supremo obligó a la viuda a devolver 5,2 millones de euros al hijo de su marido. Y de que ella, si nada lo remedia, deberá volver al banquillo, acusada de malversación, estafa, fraude y apropiación indebida de dinero público destinado a la Fundación Camilo José Cela.
Y estas trampas se hicieron en asuntos que parecen sacados de un cuadro de Solana (a quien Cela dedicó su discurso en la Real Academia Española), de las andanzas de la familia Pujol o de la misma novela La colmena: aparece un personaje cuyo nombre habría maravillado al escritor, Rubén Darío Vargas Mercado, contratado como ordenanza de la fundación... cuando en realidad su trabajo era el de mayordomo de la marquesa viuda de Iria Flavia. Un trasunto del gran poeta modernista nicaragüense bajando al super (o mejor todavía, al mercado que lleva en el apellido como una señal del destino) a hacerle la compra a Marina Castaño con cargo a los presupuestos. Qué páginas habría escrito Cela con un argumento así.
De eso se habla cuando se habla de Cela. De dinero, de emboscadas judiciales y de miserias humanas. El escritor, uno de los seis premios Nobel de Literatura españoles (el sexto es Mario Vargas Llosa, español desde 1993), parece compartir ya, nada más que 14 años después de que lo sepultasen bajo el olivo de la Colegiata de Santa María de Adina, la suerte de otros predecesores suyos en el premio como Echegaray o Benavente. Su obra literaria apenas se lee, no se estudia y sobre ella parece caer una rápida y gruesa capa de olvido.
Cien años hace que nació Cela (11 de mayo), catorce que murió y el chico que atiende en el mostrador de “Información” de una conocida librería de la Gran Vía madrileña parpadea un poco cuando el curioso le pregunta cuál es el libro más vendido, ahora mismo, de Camilo José Cela. “¿De quién?”, responde, y se pone a buscar en el ordenador porque no lo sabe. Resulta ser, naturalmente, La colmena, cuya primera edición es de 1951; y el segundo es La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942. Nadie compra la muy estimable Madera de boj o La cruz de San Andrés, la novela maldita, la que el premio Nobel de Literatura plagió –eso dijo el juez– de una desconocida autora gallega, Carmen Formoso, para que le dieran, en 1994, el premio Planeta: 50 millones de pesetas por encima de la mesa... y más por debajo, según un clamoroso rumor que, este sí, nunca ha dejado de sonar, difundido sobre todo por otros ganadores o finalistas del mismo premio.
Cela es, junto con Vargas Llosa, el único escritor español que tiene los “tres grandes” de las Letras para un hispanohablante: el premio Nobel, el Cervantes y el Príncipe de Asturias; y además, el mejor remunerado, el Planeta. Y también el Mariano de Cavia. Ambos, Cela y Vargas Llosa, lograron un sillón en la Real Academia Española y los dos fueron adornados con un título de marqués por el rey Juan Carlos. También ambos mudaron de pareja en sus postrimerías, pero eso es asunto que atañe a lo personal y no a lo literario; la diferencia esencial es que el Nobel de Arequipa sigue escribiendo, pensando y publicando libros, y que el Nobel de Padrón colgó la pluma muy aproximadamente con el cambio de siglo. Sus últimas obras publicadas son de 1999, con la excepción de Los cuadernos de El Espinar, un libro de texto e ilustraciones del propio Cela que se presentó cuando él ya había muerto.
Pero un siglo es un siglo y el centenario de Cela, que llega pisándole los talones al de Cervantes, se va a conmemorar –se está haciendo ya– con doce meses de actos en los que el verdadero protagonista va a ser su hijo, Camilo José Cela Conde, con quien el escritor mantuvo una relación dificilísima desde que decidió abandonar a su esposa de toda la vida, Charo Conde, para unirse a la periodista Marina Castaño. Cela, quien parecía obsesionado en su vejez por garantizar a su nueva esposa un bienestar económico definitivo y el correspondiente brillo social, llegó a disponer en vida de bienes que habrían de corresponder, después de muchas batallas judiciales, a su hijo; fundó sociedades fantasma y llegó a decir que, como herencia, a su hijo Camilo le bastaba y le sobraba con un cuadro de Joan Miró que se conoce como el Miró apuñalado, porque el propio escritor lo rasgó con un cuchillo de monte cuando Miró le dijo que era falso, que él nunca lo había pintado. Charo Conde remendó el lienzo con aguja e hilo, y Miró lo repintó y lo bendijo con una dedicatoria en el dorso que le ha dado el valor que tienen las leyendas.
El fuego. Cela Conde, que no necesitaba perdonar a su padre porque jamás negó su inmenso valor como escritor, se propone ahora reavivar el fuego de la inmortalidad literaria del viejo Cela, y transformarlo de fuego fatuo –algo que el escritor alimentó sin escrúpulos durante los últimos años de su vida– en el fuego del genio de la escritura que siempre fue. Para empezar, ahora es él y no Marina Castaño quien tiene los derechos de autor de la obra del Nobel, lo cual es tanto como decir que controla su legado literario. Para seguir, quien lo organiza todo es la Fundación Charo y Camilo José Cela, con el nombre de la primera esposa por delante, que dice ocuparse de la preservación del legado mallorquín del Nobel gallego: Cela y Charo Conde vivieron casi 35 años en Mallorca y allí nació la revista Papeles de Son Armadans, en cuyos 276 números está mucho de lo mejor del mundo literario español de aquel tiempo. Y para rematar, Cela Conde piensa publicar las 70 cartas de amor (inéditas, como los poemas que la acompañan) del Nobel a su primera esposa. Marina Castaño guarda silencio.
Algunas de esas cartas son, como la corriente literaria que abrió Cela con el Pascual Duarte, “tremendistas”: “No me cansaré nunca de repetírtelo porque sé de sobra que no te cansa el oírlo, como no me cansa a mí el que me lo digas una y mil veces: te quiero un horror, te quiero como no tienes idea, te quiero como ni te quiere ni te quiso jamás nadie, te voy a comer a besos el día que llegue...”. No son florituras literarias perfectas de amour courtois sino arrebatos sinceros de un hombre enamorado de la mujer que vivió con él 44 años, que dedicó su vida a que el escritor pudiese trabajar de la manera más cómoda, que le contestaba las cartas, que le pasaba a máquina lo que Cela iba escribiendo con su deliciosa letra derecha de aplicado alumno de caligrafía; la mujer que siempre era la primera en leer (y en criticar con toda sinceridad) lo que el otro escribía; la mujer providencial que rescató del fuego el manuscrito original y único de La colmena cuando Camilo, desesperado, abatido por la cruel mediocridad de una censura franquista a la que se le había escapado el Pascual Duarte, lanzó el manojo de papeles a la chimenea porque prefería no publicarlo a publicarlo con tan terribles mutilaciones... y hoy está considerado por la mayoría de los expertos como una de las más influyentes novelas de la literatura española del siglo XX, junto con el propio Pascual Duarte y la inmensa Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos.
Sola. Charo Conde fue la mujer que preparó, ilusionada, un magnífico vestido para la ceremonia de entrega del premio Nobel, a la que estaba segura de que su marido la invitaría (invitó a su hijo Camilo y a su nuera Giselle) aunque la protagonista en las fotos fuese la otra, Marina Castaño. Ella podía soportarlo. Pero el hombre al que dedicó su vida entera no la invitó a Estocolmo. Y ella se quedó en casa, sola con su vestido. El motivo de semejante rencor fue un desliz que cuenta en sus memorias José Manuel Caballero Bonald, estrecho colaborador de Cela en los largos y provechosos años de Mallorca.
Pero Cela Conde ha decidido que lo que quede de su padre, al menos en el mundo intelectual (en las revistas del corazón eso es ya imposible), sea una realidad más noble y digna que aquella cutre y farandulera a la que el propio escritor tanto contribuyó en sus últimos años. Esa memoria negra como los cuadros de Solana, de Millares y hasta del Miró apuñalado que edificaron, como decía el propio escritor, “mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”. Esa memoria que le revela como candidato a delator de la Policía franquista en los años 40, en una instancia en la que se ofrece con el mayor descaro “a proporcionar informaciones sobre determinados individuos, que pudieran ser de utilidad”.
Cela hijo difunde ahora, en una nueva versión de su libro Cela, mi padre y en recopilaciones como La forja de un escritor (colección de artículos y documentos cuya edición ha hecho Adolfo Sotelo Vázquez), documentos como el de la dimisión de su padre en el Ministerio de Información (tenía el carné de periodista número 1.044, expedido en 1943), en el que un Camilo José Cela al que casi se oye sudar y tragar saliva mientras escribe le explica a su amigo Juan Aparicio, director general de Prensa, que mejor lo deja; que le quitan colaboraciones que necesita, que le retiran un libro y le prohíben otro, que no le dan premios grandes ni pequeños y que, en fin, “el oficio de escritor es un oficio que da tristeza y que requiere soledad”. Eso dice, nervioso. Tan nervioso que, en un texto de enorme sinceridad y belleza formal, comete varias sonoras faltas de ortografía con las que el antiguo delator voluntario abandona las rutas imperiales del franquismo. Eso era en 1951.
La memoria negra de Cela no la construyeron solo sus enemigos. Él hizo seguramente más que nadie para labrarla y tiznarla. Su orgullo de escritor era tal que dejaba el término orgullo en un compasivo eufemismo. Y era un orgullo excluyente que no admitía a nada ni a nadie cerca de su sombra. Esto decía, por ejemplo, de los escritores jóvenes españoles de su tiempo: “No los leo, ni creo que haya más de dos o tres que queden dentro de un tiempo. Hay algunos inteligentes, pero en general me parecen novelistas de catequesis, muy disciplinaditos, muy obedientes, con la mano siempre extendida para ver si el Estado les da unas perras. Hay que entenderlo: tienen que vivir, hombre. Pero no es explicable que la gente, para subsistir, pierda la dignidad. Yo he procurado no perderla. Yo no he tenido jamás una ayuda ni una beca”. Eso decía quien, después del escándalo por el plagio de La cruz de San Andrés, murmuraba: “Todos cometemos errores en esta vida”.
Pero lo que queda de Cela no será, desde luego, ni esa clase de boutades ni tampoco lo último o penúltimo que escribió aquel hombre que aprendió a reírse de todos sin que nadie se diera cuenta, salvo que él lo quisiese así. El viejo Cela aceptaba la adulación como una demostración de la idiotez del adulador, y así se divirtió de lo lindo a finales de los años 80 escribiendo, en cierto periódico madrileño de vida efímera, artículos disparatados, surrealistas, sin el menor sentido, en los cuales, como dice Tomás García Yebra en su libro Desmontando a Cela, uno podía intercambiar un párrafo del artículo del día con otro de la semana anterior sin que nadie lo notase en absoluto. Era el periódico de unos buenos amigos, le pagaban a precio de oro y se reía a carcajadas leyendo los comentarios que otros columnistas escribían, hay que suponer que dejándose las pestañas para entender algo de sus breves textos burlones. Por esa época le dieron el Nobel e incluyó en la nómina de trasgos medio rurales que poblaban aquellos articulitos a un nuevo personaje, “don Camilo, el del premio”, que no siempre era él. Ni falta que hacía. Qué más daba. Lo importante era divertirse.
Como cuando, en vísperas del Nobel, respondía así a la eterna pregunta que siempre le hacían los periodistas: que si seguía aspirando a ese premio. La respuesta era que sí, que desde luego, pero que “lo que de verdad me gustaría, mucho más que el premio Nobel o que el Cervantes, es que me hicieran arzobispo de Manila para poder ir por la calle rodeado de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor”. El periodista solía quedarse pálido ante el inmenso ingenio del escritor, capaz de inventar sobre la marcha una broma tan brillante. En realidad llevaba repitiéndola veinte años.
Y sin embargo era capaz de crear obras de arte como la conferencia que dio ante el Príncipe de Asturias cuando un veinteañero don Felipe visitó la Real Academia de la Historia, en 1991. Con Cela nunca se sabía.
Sin reglas. Del mismo modo que lo que hoy queda de Wagner es su música y no su forma de ser, lo que quede de Camilo José Cela no será su carácter atrabiliario, su codicia, su vanidad, su ambición, su maestría para el rencor o su brutalidad al expresar sus opiniones (“¡a ver cuándo cojones vamos a dejar de meter maricones en la Academia!”, dijo una vez, ante cierto candidato), sino lo que ahora mismo busca restaurar su hijo: el hombre que, a partir de La colmena, abrió una nueva manera de narrar en castellano; una manera en la que la más importante de todas las reglas era que no había reglas, que había que romper los cánones para buscar una renovada y sobre todo libre forma de expresarse, y esa forma paraba necesariamente por una experimentación que no todos ni siempre entenderían. Una experimentación que a veces saldría bien y a veces saldría mal, pero que era la única manera de proceder si se pretendía que el idioma fuese hacia delante y no se quedase atascado en el pantanal de la pura repetición, en el manierismo sobre lo ya inventado, en la tierra firme y domesticada.
Porque se podía narrar exactamente igual (mejor o peor, pero con el mismo andamiaje) antes y después de Galdós, antes y después de Valera, de Unamuno, de Baroja o de Ayala, y de tantos más. Pero no es posible escribir del mismo modo narrativa en castellano antes y después de Camilo José Cela. Eso es lo que tanta anécdota, tanto mordisco por el dinero y tanto faranduleo llevan ocultando repetidamente desde la muerte del escritor.
Pero eso es lo que queda.



