Las armas que ETA esconde

18 / 10 / 2013 13:05 Antonio Rodríguez
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La Guardia Civil calcula que la banda terrorista cuenta con 300 fusiles y 500 pistolas. Un arsenal escondido en pequeños zulos que corre el riesgo de pudrirse y oxidarse, de ahí que la banda se plantee una entrega testimonial.

Las dificultades financieras nunca fueron un impedimento para que ETA se rearmase a base de robos, sobre todo en tiempo de treguas, ya que el impuesto revolucionario no era la panacea ni la solución a todos sus problemas de tesorería. Sin embargo, el cese de toda actividad terrorista decretado el 20 de octubre de 2011, del que ahora se cumplen dos años, rompió esa cadena. ETA se abasteció de armas en los años noventa gracias al avispero de los Balcanes, en el que el excedente de las guerras en Bosnia, Croacia y Kosovo le permitieron comprarlas a precio de saldo. En cuanto a los explosivos, la táctica preferida de la banda terrorista fueron los asaltos a mano armada: entre 1999 y 2009 hubo un total de diez robos de este tipo, algunos de ellos con notable éxito.

El primero de estos botines fue el de Plévin en 1999, en mitad de la llamada tregua-trampa en la que se encontró el Gobierno de José María Aznar. Los terroristas se incautaron de 7,7 toneladas de dinamita (la mortífera titadyne), 400 kilos de nitrato, 11.100 metros de cordón detonante, 4.612 detonadores eléctricos y 1.142 detonadores pirotécnicos. Un auténtico arsenal que, por fortuna, se pudo recuperar parcialmente al día siguiente a 800 kilómetros de distancia, cuando una furgoneta sospechosa llevó a los gendarmes franceses a la detención de tres terroristas y a la incautación de casi todo el cordón detonante, 4.600 detonadores y 2,5 toneladas del citado titadyne.

El resto, o al menos una parte, se encontró poco después en la localidad de Séglien en el interior de otra furgoneta, aunque nunca se conoció con exactitud el alcance del descubrimiento: El País habló de “cerca de 7 toneladas”, mientras que la agencia gala Afp lo dejó en 3 toneladas y el periódico comunista L’Humanité, en 670 kilos. En los siguientes tres años se recuperaron un total de 657,5 kilos e, incluso, una parte del botín de Plévin acabó en manos del minúsculo Ejército Revolucionario Bretón (casi 100 kilos y 440 detonadores).

En 2006, en mitad de la siguiente tregua que se vivió bajo el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, se produjo el asalto etarra a un depósito de armas en Vauvert. Los terroristas se llevaron en total 350 revólveres (la mayoría de la marca Smith&Wesson), 50 subfusiles y casi 60.000 cartuchos de la armería francesa.

Plévin y Vauvert fueron los dos principales robos en la historia de la banda. Según estimaciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, hasta el abandono de las armas por parte de ETA, los terroristas robaron unas quince toneladas de explosivos o de productos que permitirían fabricarlos. Las sustracciones alcanzaron un valor aproximado de dos millones de euros y todas ellas se produjeron en territorio francés. En España los depósitos han estado vigilados con enorme celo por parte de unidades especiales de la Guardia Civil y, como consecuencia de ello, ETA nunca ha podido robar un gramo de explosivo en territorio español.

Un arsenal llamado Chernóbil.

A los golpes audaces de ETA en Plévin, Vauvert y otros lugares, les siguieron siempre un buen número de reveses propinados por las fuerzas antiterroristas. En 2002 se descubrió un enorme arsenal cerca de la localidad de Dax. Al zulo se le llamó Z-40 en un primer momento, pero luego las fuerzas de seguridad lo denominaron Chernóbil por el material encontrado allí: 300 kilos de titadyne proveniente de al menos tres robos anteriores (el citado de Plévin en 1999 y otros dos menores en Grenoble y Guzet-Neige del 2000), 1.800 detonadores eléctricos, otros 1.500 pirotécnicos, 3.600 metros de cordón detonante, alrededor de 300 metros de mecha, 33 lanzagranadas Mekar, 130 granadas antitanque, 165 granadas de mano, 31 morteros, 53 fusiles Cetme que utilizaba el Ejército español, una metralleta, medio centenar de cajas de munición con balas de distinto calibre, 67 armas semiautomáticas de tipo Uzi fabricadas en un arsenal clandestino de Bidart, 345 pistolas y material para confeccionar papeles falsos. Los agentes hallaron, incluso, dos cajas repletas de bayonetas. Era un arsenal a rebosar.

El siguiente hallazgo importante se produjo en Cahors en septiembre de 2007, con la caída de cuatro lugartenientes de Mikel Garikoiz Aspiazu, alias Txeroki. En una pequeña casa que habitaban en alquiler los conmilitones del escurridizo jefe militar de la banda se encontraron 30 detonadores, una bomba con 500 gramos de pentrita, dos bidones llenos de detonadores y más de 350 kilos de sustancias químicas necesarias para la fabricación de explosivos, además de cuatro pistolas de las robadas en Vauvert, dos metralletas, un fusil y un lanzagranadas artesanal. Pero Cahors no solo era un depósito de armas, sino un centro de formación donde se elaboraban vídeos sobre cómo preparar explosivos. “Un golpe duro para ETA”, afirmó entonces Michèlle Alliot-Marie, la ministra gala de Interior.

Grenoble sería la siguiente catástrofe para ETA. En abril de 2009 un estudiante de 21 años llamó a la Gendarmería para advertir de un hallazgo sospechoso. Cuatro meses antes había alquilado un garaje a un ciudadano francés con todos sus papeles –falsos– en regla. El primer mes le pagó en metálico, pero los tres siguientes no hubo rastro de dinero. Inquieto por la situación, el joven rompió el candado y abrió la puerta del garaje. En su interior no había ningún vehículo, pero sí grandes sacos de un polvo blanco que en un principio confundió con cocaína. Tras alertar a la policía, los agentes se hicieron con más de 450 kilos de nitrato de amonio y polvo de aluminio, las dos sustancias utilizadas por ETA para fabricar amonal, así como 50 kilos de nitrometano con el que crear amonitol, un potente explosivo que la banda utilizó en cuatro ocasiones. Una de ellas para acabar en 2009 con la vida del inspector de policía Eduardo Antonio Puelles, el último atentado mortal en España.

22 zulos descubiertos en 2009.

El resto de ese año fue un infierno para los miembros de ETA. La policía francesa descubrió 18 zulos en seis departamentos galos diferentes y la Benemérita encontró otros cuatro en este lado de los Pirineos. En total, una tonelada de explosivos dejó de estar en manos de la banda terrorista, además de 38 armas ligeras, una metralleta y 11.500 cartuchos. Era el principio del fin.

La primera conclusión de las autoridades españolas y galas fue que ETA había abandonado el método de Chernóbil, el de los grandes arsenales, para sustituirlo por zulos de menor tamaño (de 40 a 150 metros cuadrados), escondidos en garajes, terrenos boscosos o parcelas abandonadas del País Vasco francés y la región de Las Landas.

La única excepción fue el intento fallido de ETA por establecer una infraestructura permanente en Portugal. En febrero de 2010, en la localidad de Óbidos, 125 kilómetros al norte de Lisboa, los terroristas huyeron de un piso franco en el que dejaron 500 kilos de explosivo (no 1.300, como anunció el entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, en un primer momento), nitrato de amonio almacenado en 12 bidones y cuatro sacos, 75 kilos de nitrato de potasio, 40 litros de ácido sulfúrico, pentrita, polvo de aluminio, nitrometano... todo un cóctel explosivo de productos químicos.

En los siguientes meses de 2010 y 2011 fueron aflorando más zulos en el sur de Francia, hasta que llegaron los dos últimos golpes de gracia para la banda terrorista. Ambos, curiosamente, en territorio español.

El 1 de marzo de ese 2011 son detenidos en Bilbao y Galdácano cuatro miembros implicados en la muerte de Puelles, y con ellos aparecen 200 kilos de explosivos y material para su fabricación. Diez días después caen los hermanos Esnaloa Dorronsoro, dos conocidos trontzalaris que tenían bajo su custodia un total de ocho escondrijos diseminados por la frontera entre Guipúzcoa y Navarra con más de una tonelada de explosivos. Aquel ingente material era “el centro de distribución de explosivos y armas más grande de ETA, la sucursal del aparato logístico en España”, en palabras de Rubalcaba.

Lo que le queda a la banda.

Tras el alto el fuego definitivo de ETA en octubre de ese año, la Guardia Civil elaboró un informe sobre el material con el que podía contar todavía la banda terrorista y en el que se detalla, con bastante precisión, el número de armas cortas (500) y largas (300) que están en manos de los terroristas.

ETA dispone aún, según el citado informe, de un centenar de pistolas Star 28 PK robadas a la Ertzaintza a finales de los años 90 y de un número similar de pistolas Sig Sauer P228 y P226, y de semiautomáticas de la misma marca, fabricadas en Alemania y que seguramente fueron adquiridas en el mercado belga. En Madrid y París preocupa el hecho de que este último tipo de armas sean utilizadas por cuerpos de élite como los GEO o los Navy Seal estadounidenses que acabaron con Osama bin Laden.

La banda cuenta asimismo con otro centenar de pistolas FH-Herstal del modelo Police&Military. Son armas ligeras, compradas en Bélgica en 1995 y que están repartidas por distintos zulos. Además, del robo de Vauvert quedan por encontrar unos 200 revólveres, así como dos centenares de rifles de caza robados de una fábrica de Eibar hace dos décadas y de los que no se ha sabido nada desde entonces.

Las armas más modernas en manos de ETA son varios fusiles semiautomáticos Franchi, del modelo 12.70, que fueron comprados en Italia en 2005 a 300 euros la pieza, junto con varias metralletas israelíes Uzi, de 9 mm Parabellum y tiro automático, y algunas MAT 49 de origen francés, con una cadencia de tiro de 600 disparos por minuto y que la banda terrorista compró a la mafia marsellesa. Con todo, el arma preferida de los terroristas han sido los rifles de franco-tirador: ETA cuenta con varias decenas de las marcas Remington, Mauser y Smith&Wesson.

Respecto a las granadas de mano y el material explosivo, las cifras del informe de la Guardia Civil se basan en estimaciones, ya que buena parte de este material ha sido fabricado por la propia banda. Grosso modo, la organización terrorista dispone de granadas de mano Jotake, poco precisas aunque producen una fuerte explosión y mucha humareda, y de granadas antitanque del tipo Mekar, con un alcance de 600 metros y que fueron utilizadas por última vez en 2005 contra las pistas del aeropuerto civil de Zaragoza.

ETA cuenta, por último, con cantidades sin precisar de material para fabricar bombas con amonal, ameritol, cordón detonante, ácidos, polvo de aluminio, nitrato de amonio, etcétera. Todo ello corre el riesgo de pudrirse u oxidarse por culpa de la inacción, de modo que ETA podría iniciar la entrega de parte de ellas antes de Navidad, según han desvelado fuentes de la lucha antiterrorista a la agencia Efe.

¿Cómo sería este paso? La organización terrorista tiene previsto difundir un comunicado, antes de que finalice el año, en el que previsiblemente anunciará que abre su proceso de desarme, que será “lento” y verificado por un organismo internacional. Además, la banda ofrecerá un “inventario” del armamento, explosivos y zulos de los que dispone, aunque previsiblemente no dirá ni cómo ni cuándo hará la entrega ordenada.

Un proceso en el que las citadas fuentes vaticinan que ETA no contará con el Gobierno central, al considerar que es una “vía cerrada” fruto de su inmovilismo, ni tampoco con las instituciones vascas que dirige el lendakari Íñigo Urkullu como en un principio barajó, sino con un organismo internacional “independiente” que se convierta en “notario” del desarme. Algo parecido a lo que hizo el IRA en el Ulster.

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