La xenofobia regresa a Alemania

21 / 01 / 2015 Salvador Martínez
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La ciudad de Dresde, la capital de Sajonia, se ha convertido en el epicentro de repetidas y multitudinarias protestas contra la inmigración.

De acuerdo con los últimos datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), con sede en París, hasta 400.000 extranjeros eligieron quedarse en Alemania en 2012. Cabe pensar que solo un mínimo porcentaje de esos inmigrantes se han afincado en Sajonia, land del este alemán. De hecho, en esta otrora parte de la extinta República Democrática de Alemania (RDA) solo hay unos 100.000 extranjeros entre los algo más de cuatro millones de habitantes con que cuenta la región. “En Sajonia solo alrededor del 2% de la población es inmigrante y, en Dresde, el porcentaje no ha de ser mayor del 4,8%”, según las cuentas que hace para Tiempo Alexander Schneider, periodista del diario regional Sächsische Zeitung.

Schneider es de los reporteros que llevan meses cubriendo la evolución de las manifestaciones xenófobas organizadas por los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, una constelación de grupos que comparten, entre otras cosas, su aversión –cuando no odio– a los extranjeros, especialmente a los musulmanes. Gracias a sus multitudinarias manifestaciones semanales en Dresde, estos nacionalistas se han dado a conocer bajo el acrónimo alemán Pegida.

En la víspera del día de Reyes, en la capital de Sajonia se dieron cita unos 18.000 de estos “patriotas europeos” para denunciar la “inmigración desbordante” que sufre Alemania. Esa cifra superó las 17.000 personas que se contaron en la otra manifestación más numerosa de Pegida, organizada a finales del pasado mes de diciembre.

Respuesta a Merkel.

Christoph Schwennicke, director de la revista Cicero, una publicación mensual alemana dedicada a la política y la cultura, consideraba en su crónica del balance de 2014 que Pegida es uno de los grandes problemas surgidos en la escena política alemana. A su entender, los manifestantes de Pegida son la prueba de las “escasas explicaciones” políticas que acostumbra a dar Angela Merkel. Es más, la canciller, en vista del auge que estaban alcanzando las movilizaciones antinmigración, se vio obligada a utilizar parte de su mensaje televisivo de año nuevo para invitar a “no seguir a quienes organizan” esas manifestaciones. En Dresde, la respuesta llegó en forma de esos 18.000 patriotas reunidos el 5 de enero.

En el resto de Alemania, a Pegida le cuesta despegar. Prueba de ello es que ha cautivado a pocos manifestantes en otras ciudades. En la víspera del día de Reyes, en Colonia, la célebre catedral de la cuarta ciudad más grande de Alemania apagó sus luces en señal de protesta contra la manifestación de unos 250 simpatizantes de Pegida que pretendían servirse de los aledaños del imponente templo en su concentración antinmigración. En Berlín, ese día salieron a la calle unas 5.000 personas para impedir que medio millar de militantes antinmigración se manifestaran en una Puerta de Brandeburgo que también apagó sus luces. En diciembre, pasó algo parecido en Bonn, donde tampoco se pudo iniciar el cortejo de los xenófobos al verse superados en número por manifestantes antiPegida.

Una ciudad aislada.

El 5 de enero salieron a la calle más personas para expresarse en contra de Pegida (unas 46.000) que las que lo hicieron como “patriotas europeos” (unas 19.000). Sin embargo, en Dresde, los xenófobos volvieron a ser mayoría (18.000 frente a 4.000). “Dresde, donde el fenómeno de Pegida es mayor y sin duda ha alcanzado el clímax, es una ciudad aislada”, explica Hajo Funke, politólogo de la Universidad Libre de Berlín y experto en cuestiones relacionadas con el racismo. En la capital sajona, al igual que en otros puntos del este alemán, las movilizaciones xenófobas pueden tener mayor eco pues “la antigua RDA fue un país sin inmigración ni extranjeros”, recuerda a Tiempo Karl-Siegbert Rehberg, profesor de Sociología en la Universidad de Dresde. “En el oeste de Alemania sí que ha tenido lugar un proceso de aprendizaje de cómo vivir con los inmigrantes, algo que no ha ocurrido en el Este”, añade. Aun así, los estudios de opinión muestran la existencia de lo que Rehberg llama un “miedo latente” a los desafíos que plantea la inmigración. De ahí que, según una reciente encuesta del instituto de sondeos Forsa, hasta un 29% de la población considerase “justificadas” las manifestaciones de Pegida. Algo que lleva a simpatizar con esas movilizaciones es que en ellas se alcen voces que gritan el eslogan “¡Somos el pueblo!”, popularizado durante los días del ocaso de la RDA. En vista del nuevo uso que se está dando a esas palabras, Merkel ha señalado que quienes ahora gritan eso están diciendo: “No formas partes de esta sociedad por tu religión o por el color de tu piel”. A través de esos términos se alineaba la jefa del Gobierno germano con el análisis que hacía en diciembre para el semanario Der Spiegel Andreas Zick, director del Instituto Interdisciplinar de Estudios de Conflictos y Violencia de la Universidad de Bielefeld. Aunque canten “¡Somos el pueblo!”, desde Pegida su mensaje es: “Nosotros somos el pueblo (étnico) alemán”, algo “excluyente hacia los inmigrantes y los extranjeros”.

Atendiendo a ese mensaje y a la presencia en las manifestaciones de Pegida de grupos de extrema derecha, incluso de inspiración neonazi, se podría ver en esas movilizaciones algunos elementos de aquel funesto racismo del Tercer Reich. Sin embargo, Funke, el politólogo de la Universidad Libre de Berlín, insiste en que estamos ante “un fenómeno nuevo” alimentado “por la rabia, el resentimiento” y por la falsa “percepción según la cual el país se está islamizando”.

Para él, Pegida está mezclando “muchas cosas muy diferentes”. Por eso, entre la “gente normal” que Alexander Schneider está cansado de ver manifestarse en su ciudad, también hay miembros de organizaciones estudiantiles conservadoras, militantes de extrema derecha, populistas o neonazis, hooligans y personas de la tercera edad todavía resentidas por el sentimiento de inferioridad que dejó en el Este germano la reunificación alemana.

Chivos expiatorios.

Todos ellos, según Funke, se sirven del islam y de la inmigración como “chivos expiatorios”. De acuerdo con Rehberg, el sociólogo de la Universidad de Dresde, a través de Pegida se están cristalizando preocupaciones sociales “generadas por un mundo complejo y globalizado que resulta difícil comprender”. Desde la redacción del Sächsische Zeitung, Alexander Schneider apunta que, pese a la heterogeneidad que caracteriza a los “patriotas europeos”, Pegida está dando una oportunidad para que se aborden temas de los que no “se habla a menudo”, como son la inmigración, la seguridad o la política de asilo político.

En estos asuntos, precisamente, la línea dura el partido populista Alternativa para Alemania (AfD) parece estar más en fase con “la mayoría silenciosa” de los alemanes, según Karl-Rudolf Korte, politólogo de la Universidad Duisburgo-Essen. Lo cierto es que AfD podría ser el gran beneficiado de las movilizaciones de Pegida. A este partido populista y euroescéptico, fundado hace apenas dos años, se le ha visto particularmente interesado en las opiniones expresadas en las calles de Dresde. No es una casualidad que AfD tenga en Sajonia su mayor representación institucional, al disponer de 14 escaños en el Parlamento de ese land.

En este contexto, hasta en la prensa conservadora se ha criticado lo poco que se ha venido haciendo desde el Ejecutivo de Merkel para frenar a Pegida. Así, según editorializaba recientemente el Frankfurter Allgemeine Zeitung, a los socios gubernamentales que son la Unión Cristiano Demócrata y el Partido Socialdemócrata de Alemania “todavía les cuesta responder qué es Pegida y cómo se lidia con eso”. Con todo, al margen del Gobierno, las élites políticas y económicas y buena parte de la sociedad civil del país ya están movilizadas frente a los riesgos que podría entrañar que los “patriotas europeos” ganen influencia en el debate público. Una de las últimas pruebas relevantes de esta movilización a nivel político la han dado dos excancilleres socialdemócratas, Gerhard Schröder y Helmut Schmidt. Entrevistados por el popular diario Bild, el primero instaba a que “los partidos democráticos e iglesias tengan una posición clara contra Pegida”. Por su parte, el veterano Schmidt recalcaba que “Alemania debe permanecer abierta al mundo y tolerante (...) por eso hay que decir no a Pegida”.

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