La última misión de Negrín
El archivo del expresidente guarda un documento que revela su deseo de evacuar a un millón de republicanos. La huida de la flota y el golpe de Casado lo impidieron.
La fe en el triunfo de la República fue una constante en el comportamiento de Juan Negrín (Las Palmas de Gran Canaria, 1892-París, 1956) desde que asumió la presidencia del Gobierno en mayo de 1937. Cuando las tropas republicanas perdieron Teruel el 26 de febrero de 1938, el jefe del Gobierno hizo un discurso radiado para levantar la moral: “Jefes, comisarios, soldados del Ejército Popular: ¡todos los españoles se esfuerzan por superarse, superaos también vosotros! Ni un palmo de tierra al extranjero. Con disciplina rígida, con capacitación concienzuda, con heroísmo imbatible, haced de nuestro Ejército el Ejército victorioso de una España independiente, libre y feliz”.
Incluso tras la caída de Barcelona, el 26 de enero de 1939, Negrín quiso insuflar ánimos a los 62 diputados que se reunieron en las caballerizas del castillo de Figueras para la última sesión de las Cortes en territorio español. “¿Podremos resistir?”, se preguntó Negrín en la histórica reunión celebrada de noche. “Sí, nosotros podremos resistir porque el Ejército de Valencia está intacto, porque nuestro ideal no está muerto, porque nuestro Ejército ha llegado a ser magnífico”. Ante los diputados expuso tres condiciones para aceptar una paz con el bando nacional: la salida de tropas extranjeras del país, la celebración de un plebiscito para que los españoles decidiesen el tipo de régimen y una reconciliación “a pesar de la sangre derramada”.
Negrín fue uno de los últimos dirigentes en cruzar la frontera francesa el 6 de febrero, casi al mismo tiempo que el presidente de la República, Manuel Azaña, y decidió regresar rápidamente en avión a la zona centro. Lo hizo el 10 de febrero en compañía de varios ministros y el Gobierno eligió un lugar en la provincia de Valencia, la finca El Poblet y que fue denominada militarmente como la posición Yuste. Este enclave estaba a un par de kilómetros de Elda y a poca distancia del aeródromo de El Maña, situado en el término municipal de Monóvar.
La presidencia del Gobierno se encontraba en la finca indicada, oculta entre los árboles. La mansión fue la residencia de Negrín del 25 de febrero al 6 de marzo. Estaba protegida por un destacamento militar y en ella trabajaban una docena de funcionarios no militarizados. No muy lejos estaba a su vez la posición Dakar, en la que estaba ubicado el PCE y desde la que saldrían al exilio la Pasionaria, el italiano Palmiro Togliatti, Enrique Líster, Rafael Alberti y Fernando Claudín, entre otros.
El 16 de febrero se produjo una reunión clave en Los Llanos (Albacete) entre Negrín y los jefes militares que quedaban en la zona republicana. Estos últimos manifestaron que con las fuerzas de las que disponían podrían resistir unos meses, pero que dicha resistencia no tenía otro camino que el de la rendición ante el enemigo. El coronel Segismundo Casado y el teniente-coronel anarquista Cipriano Mera opinaron que ello equivalía a alargar la guerra sin objeto. El más pesimista fue el jefe de la flota, Miguel Buiza, quien exigió una rápida paz con Franco o abandonaría las aguas españolas.
No estuvo convincente.
Para Negrín, pedir la paz sin ninguna condición era una auténtica locura, pero no estuvo convincente. No reveló prácticamente a nadie lo que quería conseguir con su política de resistencia, que no era vista por él como una lucha a ultranza, sino como ayuda para las necesidades de evacuación, y argumentó que, al menos, se tenía que conseguir de Franco su compromiso de que no hubiera represalias y que facilitase la huida a través de los puertos de Valencia y Alicante a todos aquellos que lo deseasen.
Al final se contagió del pesimismo y al llegar a Madrid decidió desaparecer. Se dirigió al frente de la Ciudad Universitaria abatido por la depresión, quizás con el ánimo de que una bala del enemigo le librara de su angustia vital.
Llegado a aquel sector del frente fue reconocido por varios soldados republicanos, que rápidamente corrieron la voz de que el presidente del Gobierno estaba con ellos en las trincheras. “¡Viva el presidente Negrín! ¡Viva Negrín!”, gritaron. Fue entonces cuando la angustia huyó de su corazón.
Instalado de nuevo en la posición Yuste, el 3 de marzo envió al ministro de la Gobernación a Cartagena para informar a los mandos militares y navales que la resistencia aún era posible y que era preciso designar al comunista Francisco Galán como jefe de la Base Naval de Cartagena. Los argumentos del ministro fueron rechazados por los uniformados, incluso por el jefe de la Armada republicana, el citado Miguel Buiza. Al día siguiente se produce la insurrección en Cartagena, preludio del golpe que daría Casado en Madrid.
Los ayudantes de Negrín anotan a toda prisa las proclamas que se lanzan por radio desde la ciuda: “Cartagena se ha unido al victorioso movimiento nacional, (...) se esperan con urgencia refuerzos y el apoyo del Ejército nacional, (...) los barcos pueden atracar con toda seguridad en este puerto, (...) la artillería de costa protegerá desembarco para mayor seguridad”. Las proclamas terminan con un “Arriba España, viva España, viva el Generalísimo Franco”, lo que demuestra que detrás de la insurrección hay quintacolumnistas franquistas.
Negrín llama a continuación al general Manuel Matallana, jefe republicano de la zona del Levante. La conversación telefónica entre ambos demuestra la ansiedad del presidente por sofocar sin violencia el levantamiento de Cartagena y el doble juego de Matallana, quien le dice “que no hay novedad digna de mención en los distintos Ejércitos que forman este grupo” cuando se ha sublevado la flota y hay conatos de rebelión en otras ciudades como Valencia. En realidad, Matallana es uno de los militares implicados en la conjura de Casado y al final de la contienda sería el responsable de la firma de los últimos partes de guerra del bando republicano.
Negrín le comunica que ha hecho saber al jefe de la flota (Buiza) y a los insubordinados casadistas “que con su actitud, en los instantes en los que un millón de soldados y civiles ocupados en labores de guerra tienen puesta su confianza y esperanza en la Flota, es perjudicial y perturba las gestiones que está haciendo el Gobierno para lograr una paz sin venganza y una evacuación de lo que le interese justamente cuando hay esperanzas de lograrlo”.
El dramatismo del momento se trasluce en las palabras de Negrín, quien advierte a Matallana que “si cada cual tira por su lado puede producirse una catástrofe”, lo que finalmente ocurriría a finales de ese mes de marzo. Además, el presidente del Gobierno le comunica al general que ha dispuesto un aparato para que le recoja y vayan juntos a Cartagena si así lo estima oportuno para cortar “pacíficamente” la sublevación “si es humanamente posible”. El general le responde fríamente: “Quedo enterado de cuanto me comunica respecto a la situación militar en la Base Naval de Cartagena”. Y Negrín le insiste en que hay que buscar “a toda costa la solución pacífica de este asunto” ya que puede ser “el chispazo de otros más graves”. Al final, Matallana se desplazaría a Madrid con el mandato de detener a Casado, pero se unió abiertamente a los sublevados.
Entre tanto, la flota republicana que había salido a alta mar en el momento de la insurrección de Cartagena decidió poner rumbo a Bizerta (Túnez). En su interior solo iban los marinos y sus familiares. De esta forma se esfumó el objetivo de Negrín de salvar vidas y evacuar a miles de responsables políticos, sindicales y militares republicanos desde los puertos mediterráneos con los barcos de lo que quedaba de la flota leal. El día 5 de marzo se produce el levantamiento de Casado en Madrid y Negrín abandona al día siguiente España para no volver a su país nunca más.
Su lema: “¡Resistir es vencer!”.
El doctor Negrín fue el personaje más odiado tras el final de la Guerra Civil. Los vencedores nunca le perdonaron su tesón a la hora de resistir –si hay un lema que se identifica con él es el de “¡Resistir es vencer!”–, pues tenía el convencimiento de que una contienda mundial desnivelaría la balanza a favor del bando republicano. Sin embargo, la conferencia de Munich, en la que las democracias occidentales cedieron los Sudetes checos a Hitler evitó que la contienda española se internacionalizase.
También fue demonizado por el franquismo por entregar las reservas de oro del Banco de España a la Unión Soviética para la compra de material bélico, pese a que fue una decisión colegiada del Gobierno y a que Negrín elaboró un prolijo informe en la posguerra, que entregó al régimen de Franco a su muerte, donde detalló las operaciones legales de compra de aviones y tanques rusos.
Pero las críticas más dolorosas fueron las de su propio bando. Sus compañeros socialistas, azuzados por Indalecio Prieto y Largo Caballero, le vieron siempre como una marioneta de Moscú y le acabaron expulsando del PSOE después de la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que simbolizó la legalidad republicana desde Londres.
Los comunistas y anarquistas, por su parte, le criticaron por su acción de Gobierno y le culparon de la derrota final contra Franco. Por ejemplo, la Pasionaria juzgó con dureza a Negrín en su libro El único camino: “En el fondo de su pensamiento, el propio Negrín estaba deseando que se produjese una catástrofe que le liberase de toda responsabilidad estatal. Y esto está plenamente demostrado por su conducta”.
Sin embargo, Negrín mantuvo una actitud bastante independiente. Una vez finalizada la batalla del Ebro, el último intento de la República por desnivelar el curso de la guerra, la Unión Soviética le ofreció una ayuda militar sin limitaciones si se decidía a imponer en la zona republicana un régimen totalitario de las características del régimen de Stalin. Negrín se negó rotundamente a ello, según desveló el doctor José María García-Valdecasas, uno de sus hombres de confianza. Otro de sus apologistas, Edmundo Rodríguez Aragonés, vicepresidente de la UGT y comisario inspector del Ejército del Centro, señaló en su libro Los vencedores de Negrín que la inclinación hacia los comunistas de la que se acusaba a Negrín “se debía a la soledad a que le obligaba la falta de apoyo a su gestión gubernamental, al verse combatido con la misma hostilidad tanto por republicanos, como por ciertos socialistas, así como por un amplio sector de la sindical CNT. En consecuencia, la insolidaridad de tantos hacia él solo se veía amparada con el apoyo de los comunistas”.
Una tumba sin nombre.
El mismo Negrín enumeró a la comisión ejecutiva del PSOE los beneficios de tener a los comunistas dentro del Gobierno. “Representan un factor muy considerable dentro de la política internacional y tenerlos alejados del poder sería en el orden interior un grave inconveniente. No puedo prescindir de ellos porque sus colegas en el extranjero son los únicos que eficazmente nos ayudan y porque podríamos poner en peligro el auxilio de la Unión Soviética, único apoyo efectivo en cuanto a material de guerra”.
En la misma línea se manifestó Julián Zugazagoitia, ministro de Gobernación y que un año después de la contienda publicó el libro Guerra y vicisitudes de los españoles. En él afirma que Negrín le explicó una vez por qué eran tan necesarios los comunistas. “Son los únicos –le dijo a Zugazagoitia– que me ofrecen un apoyo sin reservas a la política de resistencia, que era la única política justa en aquellos momentos. Si alguna organización me da lo que pido, esa es la comunista. Siempre está dispuesta a pechar con las partes más ásperas de la contienda”. Esa necesidad de llevarse bien con los comunistas no significó, sin embargo, estar supeditado a sus designios, tal y como propagaron sus enemigos después de la guerra. Sus argumentos nunca fueron atendidos. Tan dolido estaba que pidió que su muerte se anunciase dos días después y que sobre su tumba colocasen una losa de granito oscuro en la que no figurase su nombre, simplemente sus iniciales: J.N.L.



