La sombría vida de Isabelita Perón

30 / 03 / 2007 0:00 Luis Calvo
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De misa diaria, vida casera y reducido círculo de amistades, la viuda del general intenta, desde hace 25 años, huir del pasado en su exilio madrileño.

Sola, mira a la calle a través de la ventana. Fuera se agolpan los periodistas. Acostumbrada a los fotógrafos de la época presidencial, esta vez Isabelita Perón no saluda, se esconde tras las persianas bajadas. Los crímenes que sufrió Argentina durante su mandato la han perseguido hasta alcanzarla en España. Desapariciones, terrorismo de Estado y la voluntad escrita de su gobierno de acabar con los revolucionarios vuelven a pedir cuentas a la viuda de Perón, eclipsada siempre bajo la figura de su otra mujer, la famosa Evita. Más de 30 años separan dos imágenes: en una, recién muerto Perón y aclamada por el peronismo, Isabelita adoptaba la pose de una mujer de Estado. Su marido le había dejado Argentina en herencia. Tardó poco en caer. Impregnado de violencia, su gobierno duró sólo 632 días. En la otra, saliendo de la Audiencia Nacional, representa la superación de los argentinos de las leyes de punto final, la búsqueda de una justicia a la que habían renunciado durante años.

Dos órdenes internacionales de detención mantienen a Isabelita bajo control judicial. La primera, que provocó su detención el viernes 12, la hace responsable de la desaparición de dos jóvenes, Héctor Faghetti y Jorge Verón. Tres decretos aprobados durante su mandato exhortaban a las fuerzas de seguridad a “aniquilar a los subversivos”. Tras declarar, Isabelita quedó en libertad provisional y este viernes pasará su primer control quincenal en la Audiencia Nacional.

Una segunda demanda espera en la Audiencia la respuesta de la ex presidenta, esta vez por crímenes de la Triple A, el aparato anticomunista del régimen. Una tercera demanda podría unirse a las otras dos en los próximos días.

Rutina austera

Los años de Isabelita en Madrid se han regido por una rutina invariable, aunque más severa y oscura durante las últimas semanas. Hace veinticinco años, María Estela Martínez Cartas, Isabelita Perón, volvió a Madrid. Llevaba, tras su derrocamiento, cinco años en prisión por enriquecimiento ilícito. La familia Franco la acogió y ella se estableció en la finca de Puerta de Hierro donde había vivido con Perón y tomó Madrid como patria chica. “Se considera española, lleva media vida ligada a Madrid y se siente ya más madrileña que argentina”, comenta uno de los amigos íntimos de la viuda de Perón. El cambio, aunque progresivo, ha sido total. Ni siquiera le queda el acento argentino, pulido tras un cuarto de siglo por las calles de Madrid. Sólo mediante la prensa internacional, que lee todos los días en español, inglés y francés, mantiene algún vínculo con la que fuera su patria.

Salud de cristal

Expulsada del Gobierno y de Argentina por la dictadura militar, Isabelita vive en España un exilio dentro del exilio. Pocos meses después de llegar a Madrid, la mayoría de sus antiguos amigos descubrieron que algo había cambiado. Los sinsabores recogidos en Argentina dejaron huella en Isabelita. Su salud se resquebrajó y la pompa que rodeaba a Perón se diluyó en una personalidad austera. El círculo en el que se había movido antes de su presidencia se redujo, adelgazó hasta contar con apenas media docena de amigos íntimos. Buscando la discreción, la ex presidenta se empezó a enterrar en vida y su salud se quebró más aún. Los problemas de tiroides la obligan, según sus abogados, a guardar “reposo anímico”. Además, pasa por fases de extrema debilidad en las que apenas se levanta de la cama. Aunque había sido avisada con antelación, sus abogados aseguran que la detención el día 12 le provocó alteraciones bruscas del ritmo cardiaco. Su salud, pero también el resquemor de no haber podido emular a Evita, son las razones a las que antiguos conocidos madrileños achacan su aislamiento.

Al mismo tiempo que abandonaba la vida pública se alejaba más de las zonas nobles de Madrid. Una demanda la obligó a vender la quinta de Puerta de Hierro en 1989 e indemnizar a los herederos de Evita. Dejó la urbanización para trasladarse a la calle Moreto. La finca fue derruida para construir chalés. En uno de ellos recaló años después Jorge Valdano, para “conservar algo de la historia argentina”. Junto a la Iglesia de Los Jerónimos, Isabelita podía mantener su costumbre de misa diaria. El barrio y los parroquianos la protegían de las miradas y en alguna ocasión el propio cura expulsó de las bancadas a extraños que trataban de localizar a Isabelita.

El aislamiento no era suficiente y la viuda abandonó la ciudad. Cuando se trasladó a un chalé en Villanueva de la Cañada, a unos 30 kilómetros de Madrid, ya rechazaba todas las invitaciones a actos públicos. Su última aparición en política fue para apoyar a Carlos Menem. Luego renegó de él y desapareció de la escena pública. Cambió también sus hábitos vacacionales. Los primeros años en España era una fija de las playas mallorquinas, pero pronto se trasladó a Marbella. El acoso de la prensa la hizo decidirse y desde hace unos años veranea fuera de España. Enamorada de la playa y el mar, Isabel lleva años escapando a algún lugar de la costa mediterránea, que sus amigos se niegan a revelar. “No quiere que la acosen la prensa ni los políticos. Ella quiere escapar de esos círculos”, cuenta un conocido. En su entorno más íntimo, de 4 ó 5 personas, aseguran que, uno por uno, todos los presidentes de Argentina han solicitado su apoyo. Invariablemente se han encontrado con un muro de silencio.

Esoterismo y religión

El silencio y la tranquilidad priman en una vida casi monacal. Acompañada por un reducido servicio, la viuda intercala temporadas en cama con otras en las que invita a un reducido círculo a tomar el té, casi un ritual para ella, y charlar. Entre ellos están el infante Leandro de Borbón, y Ana María García Miranda, presidenta del rastrillo Nuevo Futuro. A través de ella conoció a Agatha Ruiz de la Prada, Simoneta Gomez Acebo y Octavio Aceves, quien se ha convertido en una de las figuras más cercanas. Fascinada por la videncia y el esoterismo, Isabelita siempre ha tenido cerca una bruja o un mago de cabecera. La influencia de López Rega, El Brujo, durante los últimos años de Perón, le costó no sólo la presidencia de Argentina sino cinco años de prisión y la orden de extradición que pesa sobre ella. Al llegar a Madrid, una bruja española, Victoria, sustituyó a López Rega. La relación se rompió y desde 1991 el futurólogo argentino ocupa el lugar que dejó la bruja española. Espiritualidad y esoterismo se mezclan en la vida de Isabelita. “Le interesa la religión comparativa. Tiene una necesidad constante de aprender. Arquitectura, arte, historia. Trata de conocer todo lo que puede”, explica Aceves.

Demencia a lo Pinochet

Igual que en sus otros alojamientos, una iglesia escolta la casa a pocos metros y da cobijo a la ex presidenta cuando atraviesa alguna de sus crisis. Será este el argumento que utilizará la defensa para evitar la extradición. Igual que en el caso de Augusto Pinochet, Isabelita pretende refugiarse de la Justicia en su enfermedad, el mal de Graves-Basedow, que afecta al tiroides. Los abogados de la ex presidenta explicaron que el cuadro médico de Isabelita presenta alucinaciones y lagunas de memoria. Además el tratamiento de una depresión podría agravar la situación de la enferma. Su avanzada edad, cumplirá 76 años a principios de febrero, y la doble nacionalidad también serán bazas de la defensa, pero “ninguna debería evitar la extradición”, asegura Carlos Slepoy, abogado del Movimiento de Argentinos. Los más cercanos a Isabelita aseguran que “la dama se encuentra perfectamente. Su salud es delicada pero conserva un magnífico estado mental. Es detallista, sensible y culta. Adora la arquitectura, pinta y tiene el ánimo tranquilo”. Un amigo, que habló con ella la pasada semana, asegura que ni siquiera está alterada: “Su presencia de ánimo está íntegra. Sabe que es inocente y confía en Dios”. En eso coincide con los hijos de los represaliados argentinos en Madrid. Ellos también confían en Dios y, sobre todo, en la Justicia.

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