La otra historia de Cristina Cifuentes

13 / 03 / 2015 Antonio Rodríguez
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La candidata del Partido Popular a la Comunidad de Madrid es republicana, agnóstica, motera y, además, tiene cinco tatuajes. En los años noventa dirigió un colegio mayor femenino tras entrar con 26 años en la Asamblea regional. 

En 1980, el año más difícil para una democracia española todavía en mantillas, Cristina Cifuentes (Madrid, 1964) ingresó en las Nuevas Generaciones de Alianza Popular (AP) con 16 años. Venía de una familia numerosa –ocho hermanos– que estaba familiarizada con el franquismo. Su padre, que falleció el pasado 11 de febrero, era general de Artillería y su madre, ama de casa como muchas otras, así que a nadie le sorprendió el interés que suscitaba en la chica el partido de Manuel Fraga, que por aquel entonces realizaba su particular travesía del desierto ante el férreo bipartidismo que ejercían la UCD de Adolfo Suárez y el PSOE de Felipe González.

El primer carné de AP a nombre de Cifuentes se lo firmó Jorge Verstrynge, mano derecha de Fraga, y sus primeros pasos en la política los dio de la mano de dos jóvenes promesas que años después darían grandes titulares: Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón. A la primera la acompañó en sus primeros cargos como concejala en el Ayuntamiento de Madrid, tras haberse licenciado en Derecho, mientras que al segundo le empezó a escribir buena parte de sus discursos cuando se convirtió en el número dos de AP.

En junio de 1991, cuando contaba con 26 años, Cifuentes entró en la Asamblea autonómica formando parte de un Partido Popular que acababa de cambiar de siglas y necesitaba caras nuevas. Su estreno como diputada autonómica coincidió con la última legislatura del socialista Joaquín Leguina al frente de la Comunidad de Madrid. Tras él vendrían las mayorías absolutas populares de Gallardón y Aguirre, hasta que esta última cedió el testigo en 2012 a su delfín, Ignacio González.

Directora de un colegio mayor con 31 años.

Aquella joven que no mostraba recato a la hora de vestir minifalda en el Hemiciclo madrileño, tuvo en 1995 su primer cargo de responsabilidad. Ese año la designaron directora del colegio mayor universitario Miguel Antonio Caro, cuando apenas había superado la treintena. Poco antes se había sacado la oposición de técnico superior de la Universidad Complutense, que por aquel entonces dirigía el rector Rafael Puyol.

Este colegio mayor estaba adscrito a la citada Complutense y el reparto de estos centros de internamiento entre miembros del PP era una forma de influir en los ambientes universitarios que desde la Transición le habían sido hostiles a los populares. Durante esta etapa como directora del centro se prodigaron las visitas de las caras más visibles del Partido Popular madrileño.

En cada imposición de becas a las alumnas aparecía un visitante ilustre: un año fue el alcalde José María Álvarez del Manzano, otro el citado Gallardón y al siguiente le tocó el turno a Ana Botella, en su condición de esposa del por entonces presidente del Gobierno, José María Aznar.

A diferencia de la mayoría de colegios mayores femeninos de Madrid, que eran de carácter privado y religioso, el Miguel Antonio Caro se consideraba laico. Además, existía un convenio con una universidad de Colombia para que varias estudiantes de este país pudieran tener una residencia en Madrid mientras cursaban un año universitario.

La reputación del colegio.

El sello progre de Cifuentes se empezó a notar nada más desembarcar en esta residencia de universitarias, al autorizar que en varias salas se pudiesen hacer fiestas hasta una determinada hora sin la presencia de gente de fuera del centro. Sin embargo, la mayor ventaja para las colegialas fue su decisión de dejar sin efecto la hora del cierre de puertas por las noches.

Oficialmente, y de cara a los padres, seguía habiendo una hora tope para regresar de noche al Miguel Antonio Caro, pero en la práctica las residentes podían entrar en el colegio mayor a cualquier hora. “En la vida diaria de las chicas no era una persona que impusiera su criterio, pero en las ocasiones en que se necesitaba, allí estaba”, relata una de ellas.

En aquella época había dos actos al año de suma importancia para Cifuentes: la cena de Navidad y la entrega de becas a las colegialas con la que se daba por clausurado el año académico. En cada uno de estos actos dependía de la coordinación del resto del equipo directivo –subdirectora, jefa de estudios, etcétera– que ella misma había elegido de entre las alumnas del Miguel Antonio Caro.

Existía, además, un trofeo deportivo entre los colegios mayores femeninos de Madrid, llamado la Ensaladera, que ella valoraba enormemente, por lo que uno de los requisitos que más contaba en cada solicitud de ingreso era que la candidata a entrar en el centro hubiera estado federada en algún deporte, para así incluirla en los equipos deportivos y asegurarse el éxito en las distintas disciplinas. Su etapa en el Miguel Antonio Caro concluyó en 1999, tras presentar su renuncia “por motivos personales”, según explica una persona cercana a la delegada del Gobierno.

Aquella década de los noventa sirvió a Cifuentes para ir subiendo peldaños dentro del PP madrileño bajo el manto protector de Gallardón y luego de Aguirre. La alumna se convirtió con el paso de los años en una especie de verso suelto dentro del PP, algo que ella siempre ha negado con vehemencia, haciendo gala de una serie de principios morales y éticos que chirrían entre los sectores más retrógrados del Partido Popular y que la acercan a la trayectoria política que Gallardón tuvo mientras fue presidente de la comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Luego, como ministro de Justicia, la historia cambiaría.

Es una mujer que defiende posturas políticas que cuadran mal con según qué sectores de su partido. Una de ellas es el aborto. Ella defiende que las mujeres tengan derecho a interrumpir su embarazo y lo hace pensando desde el prisma de una madre. En alguna ocasión se le ha escuchado decir que cuando se le plantea la cuestión de si el aborto tiene que permitirse, piensa en su hija y se decanta por la ley de plazos que tanto demonizan algunos sectores de su propia formación y que le llevó a disentir de Gallardón cuando este intentó, en su etapa de ministro de Justicia, volver a una legislación más restrictiva de la que los socialistas aprobaron en
 los ochenta.

Otra de las peculiaridades políticas de Cifuentes, que no le ha impedido ascender dentro del PP, es el declararse agnóstica y republicana, dos condiciones difíciles de encontrar en las filas populares. También ha defendido el derecho de los homosexuales a formar un matrimonio o adoptar niños. Y lo hizo antes de que el Tribunal Constitucional tumbase el recurso de su propio partido, a sabiendas de los riesgos que tiene el llevar la contraria a su partido en público.

Cifuentes pasó en la Asamblea madrileña cinco legislaturas completas: las tres primeras con Gallardón y las otras dos, con Aguirre. En 2003 fue una de las voces del PP en la comisión que investigó el tamayazo y se distinguió por las acusaciones que vertió contra el Partido Socialista de Madrid (PSM) de Rafael Simancas, el mismo que ha tomado las riendas socialistas en la región tras la defenestración de Tomás Gómez. Aquella prueba de fuego con una Aguirre que se estrenaba en la Comunidad de Madrid le sirvió para acceder a cargos autonómicos de más relevancia, como la portavocía de Justicia. También dentro del PP madrileño, que por aquel entonces empezaba a ser una jaula de grillos: por un lado estaban los que apoyaban a Gallardón y por el otro, los que se arrimaban a Aguirre.

Premio a la neutralidad.

Cifuentes tuvo la habilidad de no identificarse con ninguna de las familias del PP madrileño, de ahí que se le nombrase para dirigir distintos órganos de la dirección regional. Su neutralidad tuvo premio al recibir la oferta de presidir el Comité de Derechos y Garantías.

En 2009 solventó en este puesto uno de los momentos más difíciles por el que pasaron los populares. Fue a raíz del proceso para sustituir a Miguel Blesa al frente de Caja Madrid. Mientras que Aguirre defendía la candidatura de Ignacio González a capa y espada, el resto del partido, con Mariano Rajoy y Gallardón a la cabeza, apostaban por Rodrigo Rato, que acababa de dejar su puesto en Washington en el FMI.

Una de las batallas de la contienda se originó cuando el número dos de Gallardón, Manuel Cobo, tildó de “vomitivo” el comportamiento del entorno de Aguirre con el exministro de Economía de Aznar. Estas palabras dieron lugar a un expediente disciplinario en contra de Cobo, que acabó con la suspensión de militancia del afectado por un año sin que la sangre llegase al río. Cifuentes comenzó en 2011 su sexta legislatura en la Asamblea como vicepresidenta primera de la Cámara regional. Su despacho se distinguía de otros por estar lleno de fotos taurinas, ya que el mundo del toro es una de sus grandes aficiones, pero rápidamente tuvo que hacer mudanza ya que el Ejecutivo de Mariano Rajoy la eligió en enero de 2012 para ser la nueva delegada del Gobierno en Madrid.

Era un puesto de enorme responsabilidad dentro del PP tras las concentraciones del 15-M de 2011 y las movilizaciones que se avecinaban, ante la batería de medidas que el Ejecutivo pensaba aplicar después de las elecciones del 20-N. En la capital se iba a necesitar mano dura con guante de seda y la elegida fue ella.

Transcurridos tres años de aquel de-sembarco en la Delegación del Gobierno, el resultado es que ningún antecesor ha sido tan conocido como ella, en buena medida porque le ha tocado un mandato conflictivo. En este tiempo ha tenido que lidiar con más de 10.000 manifestaciones, algunas de ellas de carácter violento. De esta etapa ha recibido críticas por la reacción policial en varias concentraciones, aunque también algunas felicitaciones de los sectores más duros del PP. También se ha caracterizado por el uso de términos alejados de lo coloquial. Así, en ocasiones ha hablado del “hurto famélica” para referirse a un hecho tan antiguo como el robo para comer.

“Me he tenido que acostumbrar a todo tipo de demandas y querellas. Y yo no soy aforada”, se quejaba el pasado mes de octubre en una entrevista a Tiempo, después de que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) la denunciase por decir que algunos de sus miembros eran “filoetarras”.

Los selfies como termómetro.

A partir del 25-M será aforada porque  ha sido la designada por Rajoy para encabezar la candidatura del PP a la Comunidad de Madrid. Su nombre siempre estuvo en la lista corta para ser cabeza de cartel del PP en la capital. Pero durante un tiempo se pensó más en ella para la alcaldía como recambio de Ana Botella. Entre los militantes del partido es bastante conocida, incluso fuera de Madrid. Si la cantidad de selfies con los que posa fueran un termómetro, estaría entre las primeras del PP. Así se pudo ver en la última convención nacional del PP, que se celebró a finales de enero en Madrid, donde fue una de las dirigentes más reclamadas para los autorretratos.

¿Cómo se gestó la designación? En la sede nacional del PP de la calle Génova también están las oficinas del PP madrileño, en concreto unas plantas por debajo del despacho de Rajoy. En ese espacio tan reducido, hasta las paredes hablan. Y era un hecho asumido tanto en el PP nacional como en la filial madrileña que Cifuentes aparecía bien colocada en las encuestas internas. Era una figura emergente y concitaba las mismas adhesiones en la calle que Aguirre, con el añadido de que siempre ambas aparecían por delante de la alcaldesa Botella y la consejera madrileña de Educación, Lucía Figar. La candidatura de Cifuentes estuvo alentada y apoyada por los llamados sorayistas, personas afines a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que tienen un perfil más moderado y a quienes une su oposición a las formas y maneras de Aguirre y sus ambiciones personales para suceder a Rajoy. En los mentideros de la capital se dio por seguro que la candidatura de Cifuentes se relanzaría tras las elecciones europeas del año pasado y la maquinaría electoral de algunas agrupaciones populares se puso en marcha. Por ejemplo, el PP de Alcalá distinguió en 2013 a Cifuentes con su galardón Popular del año. La distinción le llegó cuando estaba recuperándose de su grave accidente de moto en el paseo de la Castellana, en el que sufrió un grave traumatismo torácico.

Miedo a la cirugía estética.

Fue el 20 de agosto de 2013 y estuvo a punto de costarle la vida, pues a la delegada del Gobierno se le paró el corazón en dos ocasiones. La primera vez en la ambulancia que la llevó al hospital Ramón y Cajal, y la segunda, a los dos días de su ingreso, cuando se encontraba en la UVI. En ambas ocasiones salió adelante gracias a los facultativos que la atendieron en esos momentos críticos y por ello  siempre se ha mostrado enormemente agradecida. El recuerdo más visible de aquellos días fue la cicatriz que le dejó la traqueotomía y que no se quiere quitar. Para quirófano ya tuvo bastante, argumentan en su entorno, y además la cirugía estética le da miedo.

Despacho a diario.

Apenas un mes después de su accidente, el 23 de septiembre de ese 2013, recibió el alta médica y en diciembre se reincorporó a su trabajo, si bien durante su convalecencia médica en casa despachó a diario con sus asesores. Como muestra de que estaba al mando de la situación en la capital, cinco días después de recibir el alta organizó su primera aparición pública. Fue con motivo del operativo policial destinado a la manifestación Jaque al Rey, que había sido convocada por la Coordinadora 25-S para exigir la abolición de la monarquía.

A pesar de lo pronto que retomó las riendas de la seguridad en Madrid, Cifuentes siguió siendo una mujer convaleciente de puertas adentro. Su debilidad física se evidenciaba en situaciones más cotidianas. Por ejemplo, durante un tiempo le produjo pavor el estar cerca de gente acatarrada ante el miedo a contraer una infección. Pero con el paso de los meses ha ido aparcando las secuelas, tanto internas como externas.

Para Cifuentes no tiene mucho sentido hacer cálculos a largo plazo, aunque ahora como cabeza de cartel del PP para la Comunidad de Madrid tendrá que pensar, y ofrecer cosas a los ciudadanos, a cuatro años vista.

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