La nueva vida de Felipe
El ex presidente del Gobierno ha roto con el pasado. Su noviazgo con Mar García Vaquero le ha llevado a cambiar de amistades y a trasladarse al madrileño barrio de Salamanca. Con Carmen Romero ya ni se habla y sus hijos están molestos.
En apenas unas semanas, la vida de Felipe González está patas arriba. De nada han servido los intentos de mantener la discreción, sus relaciones familiares están en un punto crítico, ha cambiado de domicilio, se ve con nuevos amigos y ha dejado de lado a los de toda la vida. Felipe cenó en Nochebuena con su hija María, en Madrid, para salir al día siguiente de viaje a Santo Domingo con María del Mar García Vaquero, su nueva novia. Esa cena navideña fue una buena muestra de los cambios que están ocurriendo en la vida del ex presidente del Gobierno a raíz de su nueva relación sentimental. El distanciamiento y la incomunicación entre Felipe y su mujer durante cuarenta años, Carmen Romero, es total. No se llaman por teléfono y él no pisa la casa que ambos tienen en una urbanización a las afueras de Madrid. Ni siquiera felicitó a Carmen por su cumpleaños, el 15 de noviembre, aunque antes de iniciar un largo viaje por varios países suramericanos tuvo el detalle de dejarle un regalo. Su hija María no se lo perdona. Es la más crítica con su padre. A la vuelta, la situación era insostenible. González no tuvo más remedio que instalarse en un piso de alquiler propiedad del empresario Pedro Trapote, casado con Begoña, la hermana de María del Mar, donde vivirá la pareja. La vivienda, situada en el barrio de Salamanca de Madrid, tiene 434 metros cuadrados, de los cuales 377 son útiles. Este distanciamiento se ha hecho extensible a sus amigos. Felipe González ha pasado página y ha hecho borrón y cuenta nueva con su vida anterior. “Nos vemos cuando se pase el acoso”, suele decir cuando habla por teléfono con ellos, aunque ninguno se atreve a decirle lo que piensa sobre el asunto. Las mujeres del PSOE, las de su generación, no entienden cómo se puede codear con un ambiente tan conservador. Están molestas y sorprendidas, no tanto por su separación como por el rumbo que está tomando su vida y por el cariz de sus nuevas amistades.
Precisamente con algunas de esas amistades Felipe y María del Mar han coincidido, durante las vacaciones de Navidad, en Santo Domingo. Mar Flores y el empresario Javier Merino eligieron la misma zona para descansar con sus hijos. Merino fue imputado hace unos años por un delito de cohecho en el caso Astapa, una presunta trama de corrupción municipal en el ayuntamiento de Estepona. La estancia en Santo Domingo no fue la primera vez que Felipe y María del Mar coincidían con Mar Flores y su marido. Meses atrás se habían visto en Tánger, uno de los rincones preferidos de González, pero esta vez en lugar de alojarse en el paradisiaco hotel Le Mirage, donde en tantas ocasiones estuvo con Carmen, lo hizo en el riad de Trapote. Las dos Mares, conocidas entre sus amigos como Mar Cantábrico (Mar Flores) y Mar Atlántico (Mar G. Vaquero) son íntimas y forman parte del mismo círculo social.
Decepción y enfado
Carmen Romero se enteró de todo ello por la prensa y no se lo perdona al ex presidente del Gobierno. Durante el último año el matrimonio había estado más distanciado, pero Felipe no le había dado ningún indicio de querer separarse. Viajaba mucho, tenía numerosos compromisos y paraba poco en casa. Ahora ya sabe a qué se debía tanta ausencia. Hasta entonces esos vaivenes siempre habían sabido manejarlos y eso que Carmen en más de una ocasión se había quejado a sus íntimos: “Mi vida es como la de una viuda”. Decepción y enfado son las palabras que más se ajustan al estado de ánimo de la ex de González. Ha habido, incluso, alguna ocasión en la que ha dado un pequeño susto a sus hijos, una crisis sin demasiadas consecuencias. Está recluida en casa, muy volcada en sus papeles de madre y abuela y entregada a su trabajo en la presidencia del Círculo del Mediterráneo, un foro de debate sobre las relaciones entre Europa y el Magreb. Por mucho que se empeñen en emparejarla con un conocido abogado, es pura invención. Apenas si coge el teléfono y ni siquiera se ve con su grupo de amigas de Madrid. Sin embargo, sí mantuvo su cita navideña en Sevilla con la hermana de Felipe, Lola, y su marido, Francisco Palomino, que más que cuñados son íntimos amigos.
Alguien le traicionó
El círculo más próximo a Felipe González habla de traición. El ex presidente del Gobierno no pensaba, de momento, hacer públ ica su nueva relación sentimental. Necesitaba más tiempo. Quería hablar con su mujer primero y reunir a sus hijos para explicarles la situación. No le dio tiempo. Un periódico digital dio la voz de alarma. Al día siguiente todos los diarios reprodujeron la noticia. Era una bomba. González se separaba después de cuarenta años de matrimonio. Se había enamorado de María del Mar García Vaquero, de 49 años, asesora senior de banca privada de La Caixa, divorciada desde hace ocho años, madre de dos hijas adolescentes.
Nadie lo daba por seguro hasta que aparecieron unas fotografías de la pareja, junto a unos amigos, en la discoteca Pachá de Madrid, propiedad de Trapote, cuñado de María del Mar. En esa fiesta, ella ya llevaba un anillo diseñado por González. Felipe no podía negar la evidencia. Muchos se preguntan cómo llegaron esas fotos a la prensa y quién las proporcionó. Todo apunta al entorno de su novia. ¿Por qué? Después de un año de relación, el ex presidente no se decidía a hacer público su compromiso y ella sentía la necesidad de salir de la clandestinidad. María del Mar tiene dos hijas, Micaela, de 18, y Lucía, de 14. Nacida en Toledo, desde joven apuntaba maneras. En 1975 fue reina de las fiestas de Villa de Don Fadrique, el pueblo de su madre. Mar es la mediana de cuatro hermanos, tres chicas y un chico, nacidos en Villacañas (Toledo). La mayor, Carmen, de 53 años, está casada con Emilio Caballero, el vivo retrato de Franco, un adinerado empresario mucho mayor que ella. La menor, Begoña, de 44 años, es la cuarta mujer de Pedro Trapote, de 68 años, con el que tiene un hijo. Trapote es amigo de Felipe González desde hace muchos años. Multimillonario, es propietario de las discotecas Pachá y Joy Eslava, en Madrid, pertenece a la Junta Directiva del Real Madrid, y su afición a los toros le ha llevado a gestionar, en la plaza de Las Ventas, todo lo que no es espectáculo taurino: conciertos, hostelería de la plaza... También tiene negocios de construcción.
García Vaquero, tras divorciarse de su primer y único marido, un médico, trató de rehacer su vida. Primero, con un hombre bastante mayor que ella, el empresario Luis García Cereceda, que en el 2000 le presentó al político socialista. García Cereceda, conocido como el constructor del PSOE, y dueño del restaurante Zalacaín, es amigo de Felipe desde hace ya muchos años. Cuando fracasó la relación con Cereceda, ella inició otro noviazgo, que tampoco fraguó, con Íñigo Prado Nicholson, sobrino del amigo del Rey Manuel Prado y Colón de Carvajal. Con Prado, ex director del Puerto Marina Tarraco (Tarragona), vivió un apasionado romance, con días de amor y esquí en Gstaad (Suiza) pese a no tener ninguno de los dos demasiados recursos económicos. No acabó la relación demasiado bien. Una disputa obligó a Mar y a sus dos hijas a abandonar la casa que compartían con Íñigo Prado. Mar recurrió, entonces, a Felipe González, con el que mantenía una amistad de ocho años. Él le ofreció su hombro para que llorara su mal de amores y poco a poco surgió el amor. El primer encuentro con testigos se produjo en el invierno de 2008, cuando el empresario español Jesús Barderas organizó una fiesta en la discoteca Pachá para promocionar a un grupo musical apadrinado por él. Fue el pistoletazo de salida.
Una familia hasta ahora anónima
El matrimonio González ha sabido preservar muy bien hasta ahora su vida privada. A excepción de un reportaje posado con sus hijos nada más llegar a La Moncloa, no han aparecido juntos en acontecimientos familiares. Es difícil encontrar una foto reciente de ellos y las caras de Pablo, David y María, sus tres hijos, son absolutamente desconocidas. Su discreción ha sido total. No han hecho alardes, como el ex presidente Aznar, que mostró todos los detalles de la boda de su hija Ana; ni como Rodríguez Zapatero, que tiene secuestrada la imagen de sus hijas, hasta el punto de que en una ocasión salieron unas fotografías de ellas en un barco y él, personalmente, llamó a los directores de varios medios para pedir que no sacaran más a Alba y a Laura. Todo el esfuerzo de González y de Romero para preservar su vida privada se ha ido al traste. Ahora más que nunca huyen de la prensa como de la peste. Ella tiene que enfrentarse a diario a los paparazi que están permanentemente a la puerta de su casa. De momento a Felipe sólo le han pillado en el extranjero: Punta del Este (Uruguay) y República Dominicana. En España se cuida mucho de exponerse y busca privacidad en casas particulares, en reservados de restaurantes y en localidades fuera de Madrid, como el hotel Landa en Burgos, un punto intermedio donde se reúne con amigos.
La aversión a la prensa de los hijos es incluso mayor que la de sus padres. David en su boda se enzarzó con los fotógrafos y cámaras de televisión. Pintor de profesión, vive del arte en Castellar de la Frontera (Cádiz), un pueblo blanco donde sus padres tienen una casa que les cedió temporalmente el ayuntamiento cuando nombraron a Felipe hijo adoptivo hace unos años por ganar un pleito para los vecinos. Casado con María Fernández, que conoció en el pueblo donde veranea habitualmente la familia González, son padres de una niña. David estudió diseño gráfico en Barcelona. Una separación en la familia González que se ha llevado con mucha discreción es la del mayor de los tres, Pablo. Aunque se le relacionó con una rica heredera mexicana –la hija de Carlos Slim, el hombre más rico de América Latina e íntimo del ex presidente–, el supuesto noviazgo nunca existió. Los González no emparentaron con el multimillonario de origen libanés. Pablo se casó con una chica que se llama Alba y tienen dos niñas, de 1 y 3 años. Pablo vio frustrados sus estudios de Físicas y es un gran amante de las filosofías orientales, pero de lo que vive es de la informática. Tras una larga estancia en Estados Unidos, ahora trabaja en España. La más pequeña, María, es licenciada en Derecho y el ojito derecho de su padre, al que lleva la agenda. Pese a los privilegios que ha podido disfrutar, dicen quienes la conocen bien que no es ninguna niña mimada. Hace cuatro años, María se casó con Enric Berganza, un economista canario ligado familiarmente al PSOE. Tienen dos niñas.



