La Madoff del arte
La marchante Conchita Romero se encuentra en el ojo del huracán tras haber sido demandada por María Porto, esposa de Francisco Álvarez-Cascos, por un presunto caso de estafa. Todo ello después de que Carlos Slim y otros empresarios se quejasen de ella tras la venta irregular de varios cuadros.
"¿Pero tú nunca habías oído hablar de sus andanzas?". Esta pregunta circula estos días de boca en boca entre los miembros del gremio de la compraventa de cuadros de pintura en España, un sector elitista y con pocos miembros que desde principios de año anda convulsionado en medio de acusaciones soterradas, supuestos precios duplicados, compromisos incumplidos y silencios, muchos silencios. Todo por un presunto caso de estafa, con un lienzo de por medio, que ha llegado a manos de la Justicia madrileña y que está provocando más de una noche de insomnio a alguna de las grandes fortunas de este país.
Las miradas se posan en Conchita Romero, una de las marchantes españolas más conocidas entre los coleccionistas de arte y a la que la jueza de instrucción del juzgado número 37 de Madrid, Purificación Elisa Moreno, tomó declaración el pasado 22 de abril en el marco de unas diligencias que ha abierto por una demanda interpuesta contra ella a finales de diciembre. ¿Quién ha denunciado a esta señora que en los años noventa vendió decenas de cuadros a clientes de Latinoamérica (uno de ellos, el magnate mexicano Carlos Slim), y que hasta hace bien poco era la última persona a la que el principal coleccionista de arte de España consultaba antes de adquirir un lienzo? La que ha desencadenado el terremoto ha sido María Porto, esposa del ex ministro Francisco Álvarez-Cascos y reconocida intermediaria en el sector de la pintura contemporánea.
Exitosa carrera
Todo por un tàpies sin título de los años sesenta, valorado en 400.000 euros y que nunca llegó a su destinatario final. Porto, a diferencia de otros, rompió la ley del silencio que envenena hasta los tuétanos a este sector con una denuncia ante la Guardia Civil, que posteriormente trasladó a la Asociación de Galerías de Arte de Madrid.
Fue entonces cuando estalló el escándalo, aunque sólo de puertas adentro. Antes de llegar a este episodio es preciso reconstruir la vida de Conchita Romero. Para ella, este caso judicial su- pone un durísimo revés en una exitosa carrera que algunos mecenas ya venían poniendo en cuestión desde hace varios años, pero que ninguno quiso airear en público para no aparecer ante los ojos de sus pares como una persona poco hábil o un delator. Esta discreción mantuvo a Romero alejada de problemas durante mucho tiempo. Su buena estrella nace en la década de los noventa en la galería madrileña Caylus, la más prestigiosa en España cuando se trata de comerciar con tablas antiguas o cuadros de los siglos XVII, XVIII y XIX. Caylus, por ejemplo, fue la encargada de poner en venta el lienzo La condesa de Chinchón de Francisco de Goya.
Un cuadro que pertenecía a la familia Rúspoli y por el que se pujó por 4.000 millones de las antiguas pesetas (24 millones de euros) en el año 2000. El Estado ejerció entonces su derecho de tanteo sobre esta obra maestra de retrato cortesano de Goya e igualó la cifra. El retrato de la joven embarazada María Teresa de Borbón y Vallabriga, más conocida como la condesa de Chinchón, descansa hoy en día en una de las salas del Museo del Prado. Pero antes de que esta importante operación sacudiese los cimientos del Madrid pictórico, Romero se labró en Caylus una merecida reputación al abrir esta galería al por entonces desconocido mercado latinoamericano en la década de los noventa. Era una excelente rastreadora y muy minuciosa. Entre sus clientes se encontraba Slim, quien se hizo con varias obras españolas gracias al trabajo de Romero.
Comisiones como dealer
¿Cómo se gana su sueldo una marchante o dealer como ella? Como una agencia inmobiliaria. La comisión, que suele variar entre un 5% y un 15% del precio final, se la abona el comprador, nunca el vendedor, ya que normalmente éste último rebaja sus pretensiones iniciales para facilitar un acuerdo y, en última instancia, acelerar la entrega del dinero que tanto necesita y que le ha obligado a desprenderse de su preciada obra de arte.
Es en estas intermediaciones entre Caylus y Slim cuando Romero comete presuntamente sus primeras irregularidades, consistentes en la emisión de facturas falsas a ambas partes. A la galería le decía un precio y al comprador, otro distinto. La diferencia entre una factura y la otra se la quedaba ella, según explicó a esta revista una responsable de la galería. Los pro blemas surgieron a finales de los noventa, cuando una secretaria de Slim se tomó la molestia de preguntar a Caylus si coincidían las facturas que se habían emitido por un greco, tras comprobar que Romero no había devuelto al empresario azteca un préstamo de 350.000 dólares.
Las alarmas se encendieron y la galería de arte cortó inmediatamente toda relación con Romero, al darse cuenta –según ellos– de que ésta les había dejado un pufo de casi un millón de euros. Sin embargo, para Caylus surgió un grave inconveniente. Los delitos habían prescrito, sus dueños no pudieron llevarla ante la Justicia y cometieron el peor de los errores: para no ser el hazmerreír del gremio, evitaron dar la voz de alarma y se limitaron a contar las fechorías de Romero a su círculo más cercano de clientes. Es decir, a muy pocas personas, de modo que el buen nombre de esta dealer quedó incólume salvo para Caylus, el entorno de Slim y, por extensión, el mercado mexicano.
Agujero en una fundación
Por tanto, la buena estrella de Romero seguía brillando tras su paso por Caylus. Sólo así se entiende que mantuviera su puesto en la fundación Arte Hispánico, un ente privado que reúne a las principales fortunas de España interesadas en el arte, y que participara en varias operaciones con el Prado. En dicha fundación estuvo hasta el año 2000 ocupando cargos adscritos a la gerencia, hasta que la falta de facturas en una serie de gastos llevó a sus superiores a mirar con lupa la contabilidad. “Tenía un concepto un tanto alegre de lo que era la gestión contable de los fondos de la fundación”, recuerda una persona que trabajó con ella.
El informe final fue demoledor contra sus intereses y “se la invitó” a dejar su puesto al encontrarse un supuesto agujero de alrededor de 20 millones de las antiguas pesetas (120.000 euros), aunque en este caso tampoco la parte afectada consideró oportuno ir a los tribunales. Romero se convierte, tras su paso por la citada fundación, en la conservadora de la colección de uno de los principales mecenas de este país. Un privilegiado estatus que no se le paga con esporádicas comisiones, sino con un sueldo fijo para que se dedique a un único cometido: buscar lienzos a buen precio y tener disponibilidad absoluta para cotejar los catálogos, inclusive en fines de semana. “Toda persona que quería ofrecerle algo a él, tenía que hablar primero con ella”, subraya una fuente del sector al referirse a la marchante de arte, quien con este trabajo alcanzó la cima. Pese a ello, Romero prosiguió en paralelo con sus negocios particulares.
En uno de estos se topó con Rafael Valls, un marchante británico de padre español que en Londres se ha labrado una buena reputación como una de las voces m autorizadas a la hora de hablar de pintura española. Una vez ganada su confianza, Romero encuentra una pareja de vistas italianas de Isidro González Velázquez (ver imágenes de la página siguiente), que datan de finales del siglo XVIII o principios del XIX. Sin embargo, Romero no tiene dinero para comprar los cuadros en un primer momento y venderlos luego por más dinero a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por lo que le pide a Valls que pague él inicialmente y le convence de que los beneficios se repartirán entre ambos al 50%. Sin embargo, cuando vende los lienzos a la Real Academia de Bellas Artes se queda con la suma íntegra tras alegar ante su socio todo tipo de problemas burocráticos y aduaneros. El marchante británico denunció a Romero ante los tribunales, quienes en 2005 le dieron la razón al primero después de que éste llegase a amenazar con ir en persona a la Real Academia para descolgar los cuadros que -en teoría- le pertenecían y llevárselos debajo del brazo. Romero fue condenada en firme, pero consiguió reunir el dinero que necesitaba.



