La guerra de los Medina-Sidonia

16 / 07 / 2012 12:29 Luis Algorri
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La del ducado perdido de Pilar Fernandina es la última batalla, por ahora, librada en el seno de una familia que lleva décadas enfrentada en los tribunales.

Van tres generaciones en guerra sin cuartel. La casa ducal de Medina-Sidonia, una de las más antiguas de España (fue fundada por Guzmán el Bueno en el siglo XIII) y la quinta si se cuentan sus títulos, la categoría de estos, su fecha y las causas de su concesión, lleva más de cuarenta años a la greña. La última batalla la ha ganado en los tribunales (no se dirime el conflicto en otro campo, aparte del personal) el más joven de los contendientes: Alonso Enrique González de Gregorio Viñamata, primogénito del vigésimosegundo y actual duque (Leoncio) y nieto de la célebre y controvertida Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la Duquesa roja que, viuda y a las puertas de la muerte, contrajo matrimonio con su secretaria y amiga de toda la vida, la alemana Liliana Dahlmann, y organizó una pelea sucesoria que durará, según todo indica, muchos años todavía.

Alonso Enrique González de Gregorio ha logrado que la Justicia le dé la razón en un pleito que comenzó su padre hace veinte años, cuando él era un niño, y le ha quitado a su tía Pilar el ducado de Fernandina: uno de los poquísimos que quedaban en pie tras la devastadora desidia de la Duquesa roja, que dejó que la casa de Medina-Sidonia perdiese nada menos que veinte títulos españoles y extranjeros. Quedaban cinco. Fernandina estuvo a punto de desaparecer (es decir, de volver a la Corona; fue Felipe II quien lo otorgó en 1573) y fue Pilar quien inició las largas y costosísimas gestiones para rehabilitarlo y conservarlo. Su hermano pequeño, Gabriel, ha sostenido siempre que el mayor de los tres hijos de la fallecida Luisa Isabel pretendía, muy en la tradición mayorazga española, retener para sí todos los títulos nobiliarios de la familia: además del ducado, los marquesados de Villafranca del Bierzo y de los Vélez, el antiquísimo condado de Niebla (siglo XIV) y, gracias al esfuerzo de su hermana Pilar, también el ducado de Fernandina.

Todo para el mayor.

Lo ha conseguido. Pilar, que inició el proceso para recuperar el título con el apoyo de sus dos hermanos, vio en su día cómo el mayor de estos trataba de arrebatárselo y cómo es ahora su propio sobrino quien se lo termina de quitar, gracias a un decreto que acaba de aparecer en el BOE firmado por el ministro de Justicia y por el Rey. A pesar de que el asunto viene de muy lejos, la ya exduquesa no oculta su disgusto.

Esto no quiere decir que el joven Alonso sea, automáticamente, duque de Fernandina. Deberá pleitear él también, porque lo que ha demostrado es que su tía no tiene mejor derecho al título que él; otra cosa es que los tribunales le concedan en el futuro lo que en su día logró Pilar. Eso es, como saben todos, largo. Y notablemente caro.

Una familia rota.

Pero los tres hermanos González de Gregorio llevan media vida, o más, peleando entre sí por títulos, herencias y posesiones. Los tres entre sí y los tres, algunas veces, juntos, contra otros. El mayor, Leoncio, es profesor universitario y no quiere saber mucho de la prensa, sobre todo de la llamada del corazón. La mediana, Pilar, es la actual directora general en España de la casa de subastas Christie’s y es, por razón de su trabajo, más activa en la vida social. Y el pequeño, Gabriel, ingeniero, era hasta ahora el único que no tenía título nobiliario (aunque pelea por rehabilitar el ducado de Montalto, también perdido por los Medina-Sidonia)... y el más combativo por lo que considera sus derechos. Lleva años pleiteando. Y si hay alguien a quien no perdona es a su madre. Porque, según él, fue ella quien empezó una guerra familiar que no se extingue.

“La familia se rompe –decía Gabriel González de Gregorio a Tiempo nada más aparecer el testamento de Luisa Isabel- cuando se demuestra que mi madre, que iba de referente moral, de persona íntegra, de duquesa roja, nos había estado robando, bien con la complicidad de nuestro padre o por lo menos echándole la culpa a él. Se quedó con lo que era nuestro, de sus hijos, y trató de ocultarlo cuanto pudo. Eso fue lo que hizo que todo reventase”.

Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, XXI duquesa de Medina-Sidonia, tenía cualquier cosa menos instinto maternal. Se casó porque no le quedó más remedio, pero asegura Gabriel que, una vez puestos en el mundo los tres niños, se dedicó a vivir su vida y dejó que a los críos los criasen sus abuelos. Les veía poco y, si hay que creer a Gabriel, a los chiquillos se les antojaba un ser temible que les maltrataba y les humillaba. Además de la vida bohemia, de sus amigos y amigas y de sus incursiones en política –llegó a estar ocho meses en la cárcel, en 1969-, la verdadera pasión de la Duquesa roja era el inmenso archivo documental de la familia, un tesoro histórico de valor incalculable que ella, con sus solos conocimientos, gestionó y organizó como pudo. Muchas veces anduvo corta de dinero y, según su hijo menor, no le tembló la mano a la hora de quedarse con la herencia de sus hijos: una muy importante cantidad que había dejado a los niños su bisabuela Julia. Dice Gabriel: “En los años 80 descubrimos, por un golpe de suerte, que mi madre había falsificado la testamentaría de mi bisabuela... con la colaboración de nuestro padre. Esto último tardamos en probarlo unos siete años”.

Los hijos demandaron a su madre. Esta le echó la culpa al padre. Los tribunales obligaron a Luisa Isabel a devolver a sus hijos lo que les correspondía. Estos se enfadaron entre sí porque el mayor se negaba a perseguir a la madre y, además, el padre, en su testamento, favoreció a Pilar en perjuicio de los dos varones. Eso han sido años y años de rencores, demandas y sentencias.

La boda inesperada.

Y por último, la campanada de mamá: la creación de una fundación para, presuntamente, poner a salvo el valiosísimo archivo histórico que se aloja en el palacio de Sanlúcar de Barrameda. ¿A salvo de quién? Naturalmente, de sus hijos, con los que mantenía una relación muy difícil. Tanto que, muy poco antes de morir, la Duquesa roja se casó con su secretaria y, en su testamento (publicado por Tiempo en su número 1.357, de 25/04/2008), dejó a Liliana Dahlmann al frente de todo, supuestamente de por vida, y le concedió –una vez más- dineros, bienes y derechos que correspondían a sus hijos, al menos según ellos. Esa batalla sigue abierta: muy probablemente durará, como todas las anteriores, años, y costará una fortuna. Dice Gabriel: “La viuda de nuestra madre se ha quedado con todo: dos fincas en Tarifa, unas tierras en Atlanterra (Cádiz) que mi madre vendió misteriosamente nueve días antes de morir, las cuentas en Inglaterra y Suiza... El dinero que me corresponde de la herencia es más o menos lo que va a costar el proceso legal”.

Un primo de la familia, el dramaturgo Íñigo Ramírez de Haro (marqués de Cazaza en África) publicó hace cuatro años un libro que se tituló El caso Medina-Sidonia. Es un tratado sobre la excelencia. Algo que, según el autor, es lo contrario a la mediocridad.

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