La extraña pareja
La hiperprotección de su hija Asunta era lo que más unía a Rosario Porto y Alfonso Basterra, tan diferentes entre sí. Hoy están en la cárcel acusados de su muerte.
El pasado mes de mayo, Asunta Basterra, de 12 años, consiguió que sus padres la dejaran salir por primera vez sola con sus amigas. Era la fiesta de la Ascensión, cuando el centro de Santiago de Compostela se llena de chiringuitos, música y atracciones, versión moderna de la feria del ganado de antaño. Rosario Porto (44 años) y Alfonso Basterra (49) le dieron permiso hasta las 20.30 horas, una rareza en unos padres hiperprotectores con su niña, adoptada con nueve meses en China, y que era su punto de unión en medio de todas las diferencias que les hacían una pareja distinta en la conservadora alta sociedad compostelana, a la que Porto pertenecía desde la cuna y en la que había entrado Basterra al casarse.
Porto y Basterra están en prisión como los dos únicos acusados de la muerte de Asunta el pasado 21 de septiembre. Un crimen que sigue rodeado de misterio. Según fuentes de la investigación, queda “aún mucho” para determinar exactamente qué ocurrió aquella tarde que terminó con el cuerpo de Asunta en la cuneta de una transitada vía de paso cerca de una de las propiedades que Rosario había heredado de sus padres, la casona de Teo, a unos 15 kilómetros de Santiago.
El otro gran interrogante es el móvil del crimen. Los responsables de la investigación no parecen muy interesados en el motivo de la muerte de Asunta, que sus amigos y conocidos sí necesitan saber para explicarse qué pudo llevar a Porto y Basterra a, presuntamente, sedar y atar de pies y manos a la niña que ocupaba toda su existencia, para después asfixiarla y dejar su cadáver en el campo.
La niña era “absolutamente prioritaria” para ambos, dice un amigo y colega de Alfonso, que a pesar de los años transcurridos, nunca llegó a integrar totalmente a Rosario en su grupo de amistades. Este fue un rasgo muy característico de la pareja que forman los padres de Asunta. Diferentes en origen y aficiones y lo suficientemente bien avenidos, al menos de puertas para fuera en la controladora sociedad compostelana, como para acompañarse pero con sus propios intereses.
Era precisamente Asunta, su educación y sus cuidados, su principal punto en común. Además, desde la muerte de los padres de ella, el círculo familiar se redujo prácticamente a ellos tres, incluso tras la separación, aparentemente tan civilizada. Alfonso no tiene familia en Santiago y a Rosario le queda, todo lo más, un número “mínimo” de primos lejanos con los que no tiene mucha relación. Uno de ellos se acercó a los periodistas hace unas semanas para acusarla de haber matado también a sus padres.
Familia de toda la vida.
Rosario es hija de una familia de “las de toda la vida” de Santiago, formada por el abogado de lo mercantil Francisco Porto Mella –al que apodaban Portito antes de escalara hasta lo más alto de la pirámide social compostelana– y de Socorro Ortega, profesora de Historia del Arte en la Universidad de Santiago, conservadora, muy católica y que nunca logró cuajar del todo con sus alumnos, que la veían demasiado alejada. Ortega falleció repentinamente en diciembre de 2011 y, apenas seis meses después, moría también por sorpresa su marido.
Hija única, siguió los pasos del padre y culminó una educación de élite que la llevó por varias universidades extranjeras trabajando en el despacho paterno, situado en el exclusivo ensanche santiagués, a pocos metros del domicilio de sus padres, del suyo propio, donde vivió primero con Alfonso y Asunta y luego sólo con Asunta, y del que ocupó su exmarido cuando se separaron.
Por este motivo, amigos de Alfonso consideran que para los padres de Rosario debió de ser una sorpresa –quizá hasta desagradable aunque, una vez más en el pequeño mundo de la alta sociedad de Santiago, esto jamás hubiera trascendido– que su hija se enamorara y terminara casándose con aquel periodista vasco, afincado en Santiago desde hacía años y que siempre prefirió la adrenalina de buscar proyectos aquí y allá a la estabilidad que le hubiera dado un trabajo fijo, mucho más acorde con el estilo de su familia política. En este ambiente familiar, un amigo de Alfonso se revuelve contra el “bulo” de que los abuelos se saltaron a su legítima heredera para testamentar solo en favor de Asunta. Decir eso “es no conocer Santiago: una pareja de personas mayores, del establishment, que le dejen el dinero a una niña china, por mucho que la quisieran...”.
Hasta su divorcio, Rosario y Alfonso estuvieron casados en régimen de separación de bienes, la misma separación que establecieron para sus aficiones y amistades. Por la cuna de ella y la profesión de él, ambos eran muy conocidos.
Como también lo eran sus padres, Rosario es socia del Ateneo de Santiago y actualmente repite como vocal de su junta directiva. Forma parte del departamento dedicado a la reflexión sobre la Sociedad Civil que el año pasado coordinó entre 12 y 14 de las conferencias de los lunes. “Es una persona totalmente abierta, comprometida, implicada y culta”, dice un miembro del Ateneo que ha salido brevemente del pacto con otros socios para no hablar sobre el caso que ha llevado a prisión a Rosario y a Alfonso y que a ellos les tiene “consternados”. “Hay algo que no encaja”, dice.
Como su mujer y sus suegros, Basterra también fue uno de los 200 socios del Ateneo y, aunque no era nada raro verlo por allí, dejó de serlo cuando se separó de ella. Antes de eso también solía acompañarla a los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Galicia, de la que ella era abonada. Eran actividades propias de “una fuerza viva” de la ciudad, que recogió el relevo de su padre y durante unos años fue cónsul de Francia en Santiago. Cuando lo dejó, organizó una cena a la que acudió hasta el alcalde.
Si Alfonso era acompañante consorte de la activa vida cultural de Rosario, esta le acompañaba alguna vez cuando él quedaba con sus amigos, muchos de ellos periodistas. Según uno de ellos, nunca se vio un roce entre ellos, aunque Alfonso nunca llegó a introducir del todo a Rosario en el grupo ni hablaba demasiado de ella. Todo lo extrovertido que era para hablar de sus proyectos profesionales y de sus saltos de unos a otros eran reservas para hablar de su vida privada. Hasta el punto de que ni siquiera les contó su separación. Hace unos meses se encontraron por el centro de Santiago. Tras saludarle, Basterra se volvió hacia Porto y le dijo: “Bueno, ya conoces a mi mujer”. Solo han sabido de su divorcio ahora, a raíz de la muerte de Asunta.
A pesar de tener la casona de Teo y otra casa junto al mar, en Vilanova de Arousa, a Rosario y Alfonso les gustaba la ciudad. “Eran tan parte del paisaje de Santiago como la Catedral”, aunque en distintas direcciones. “Rosario era de la buena sociedad, a Alfonso le gustaba estar con la gente. Ella era más de Ateneo, Alfonso, de irse con sus colegas de profesión a Nueva York, a las jornadas gastronómicas que organizó la Xunta en la sede de la ONU”, dice alguien que les conoce a ambos.
Alfonso nunca habló de dinero con sus amigos, que siguen sin poder creer en el móvil económico como presunto origen de la muerte de Asunta. Alfonso trabajaba como periodista independiente, en los últimos años sobre temas de economía ligada al turismo pero sin ningún empleo principal. En sus buenos años pasó por la Cope, El Correo Gallego o Expansión. También llevó la comunicación en el Ayuntamiento de Padrón y últimamente trabajaba para varias páginas web de turismo y hostelería. Sin razón aparente, el pasado mes de agosto había dejado una de ellas, n10.news. Nunca le faltaban proyectos pero tampoco le sobraban los ingresos. “Alfonso tiene unos ingresos modestos”, dice un amigo que admite que el piso en el que vivía en la Rúa da República Argentina estaba por encima de sus recursos, según lo que se veía a simple vista. “Era un tipo feliz con la vida, perfectamente integrado en Galicia, con muchos amigos”, lo que en las primeras horas tras el hallazgo del cuerpo le permitió llamar a alguno de ellos, con puestos de responsabilidad en medios gallegos, para tratar de frenar las informaciones sobre la muerte de su hija.
Apartados del trabajo.
Es verdad que en los últimos años Alfonso “se había apartado un poco del trabajo”, de la misma manera que había hecho Rosario que, tras la muerte de sus padres, dio un giro a su vida, cerró el bufete y se dedicó a asesorar empresas interesadas en invertir en Marruecos. Podía no haber hecho nada, porque “tiene dinero como para no tener que trabajar”, o al menos esa es la imagen que daba la pareja, más allá de que la casona de Teo estuviera puesta a la venta por casi un millón de euros y que ahora hayan salido a la luz presuntos problemas de liquidez, sobre todo relacionados con el pago de elevadas sumas en impuestos sucesorios tras la muerte de los padres de Rosario. En todo caso, esta prefirió continuar con el esquema atípico en Santiago en el que era la madre la que trabajaba y el padre, el que se ocupa del cuidado de la hija.
“Se invertían los papeles de la pareja clásica”, dice un amigo de Alfonso, que como otros conocidos no está de acuerdo con la imagen de ella como mujer dominante y de él como el marido dócil que proyectan los medios. Ni el uno es “dócil” ni “tonto” –“tenía su criterio y su carácter”–, ni ella hizo otra cosa que seguir trabajando mientras su exmarido se ocupaba de Asunta. Tampoco los responsables de la investigación creen en este reparto de papeles y piensan que están “coordinados” y fueron igualmente inteligentes a la hora de adaptar sus versiones a los datos que se van conociendo. Sus amigos también ven con estupor cómo Alfonso y Rosario coinciden hasta para incurrir en contradicciones.
Aunque siguen sin dar crédito, conforme pasan los días empiezan a rendirse a la evidencia de que hay muchas cosas que apuntan a su presunta responsabilidad en la muerte de la niña, aunque siguen sin saber por qué y sin entender el modus operandi, que uno de ellos califica directamente de “chapuza”. Nadie entiende por qué dejarían el cuerpo en un lugar tan transitado cuando cerca de Santiago sería muy fácil haber encontrado otro sitio mucho más recóndito donde Asunta no habría sido encontrada en años. De momento, y a pesar de que los abogados han pedido que se abra otra línea de investigación que no apunte a los padres, los investigadores no han encontrado ningún indicio que les haga cambiar de rumbo. Ha trascendido que Alfonso habría confesado ante el juez que puso medicamentos en polvo en las albóndigas que ese sábado comió Asunta en su casa. También que su cuerpo habría sido trasladado en el maletero del coche de su madre desde Teo hasta donde fue encontrado.
Presencia constante.
Antes de todos estos presuntos hechos nadie podría haber imaginado una cosa así. Asunta era el verdadero nexo de unión en la pareja y su presencia era constante en las conversaciones de ambos, ya fuera en el Ateneo o en los bares de Santiago. A ojos de los que les trataban, estaban volcados en su educación, a veces demasiado exigente pero que tenía un buen terreno en una niña “muy bien educada” y con aptitudes extraordinarias, ya fuera para los idiomas –inglés, francés y chino– o la música –tocaba el piano, el violín y hacía canto–. El instituto público Rosalía de Castro, en el centro de Santiago y frente al parque de la Alameda donde tanto paseó Asunta con su abuelo Francisco Porto, había sido toda una experiencia, no solo para la niña, también para sus padres. Asunta era de las alumnas más pequeñas del centro, donde no se estila que los padres lleven a sus hijos hasta la puerta, como Alfonso hacía en las clases de música o de idiomas. “Se quedaba a esperar desde que entraba hasta que salía”, recuerda un amigo. Por eso, una de sus profesoras de música pudo comentarle antes del verano lo rara que había visto a Asunta un día en que llegó como ida, incapaz de prestar atención en clase. Hace unas semanas, esta y otra profesora se presentaron ante la policía para contar aquel episodio, que saltó a su mente cuando se empezó a comentar que la niña podría haber sido sedada antes de morir.
Asunta también había conseguido lo que no lograron años de vida cultural en el Ateneo o de cervezas con los compañeros de profesión por Santiago: dar a Rosario y Alfonso un grupo de amigos más o menos comunes, padres que también habían adoptado, en China y otros países, en los años en que, a ojos de algunos santiagueses, la adopción internacional sustituyó a los coches de alta gama como “signo de estatus” en el baile de apariencias de Santiago. Cuando Asunta era pequeña, sus padres la llevaban los sábados a la plaza de la Quintana, en una entrada lateral de la Catedral. Se les recuerda con otros padres de niños de distinto origen, unidos por el último modelo de cochecito y las mejores ropitas de bebé. Fieles a su activismo, también estuvieron detrás de la creación de la asociación de familias adoptantes en China de Santiago, de la que Rosario fue vocal.
Nadie entiende nada.
“Te gastas un dinero, no menos de 12.000 o 15.000 euros, más el viaje, que, conociéndoles, no irían racaneando; haces campaña en favor de la adopción, la crías... ¿y luego esto...?”. Es la pregunta que se hace un amigo de Alfonso, muy similar a la que podrían hacerse otras amistades, de cualquiera de los dos lados. Al margen de los bulos y rumores que estos días corren como la pólvora por Santiago, quienes les conocen siguen sin entender nada. Por su comportamiento en público, nadie hubiera imaginado ni que tuvieran problemas de dinero, ni que ella tuviera los problemas mentales que padecía o que él se hubiera podido “enajenar” hasta tal punto como para presuntamente matar a su hija querida. Por eso la reconocida periodista Tareixa Navaza –que no es íntima de Rosario sino ateneísta como ella– aceptó ser la portavoz de unos padres cuyo aplomo –sobre todo el de Alfonso– en el funeral no permitía hacer pensar en su posible implicación en el crimen. Navaza ahora lo lamenta. Tampoco se vislumbraba la “doble vida” que los amigos de Alfonso ya dan por hecho que llevaba Rosario, que, según fuentes de la investigación, tenía un “amigo”, que compaginaría con un divorcio demasiado bien avenido.
La investigación sigue en marcha. Faltan los informes sobre llamadas que hicieron y recibieron aquella tarde y sobre los movimientos que captaron los receptores de telefonía. El juez solo volverá a pedir la declaración de los acusados cuando tenga algo que preguntar en firme –la primera que prestaron no fue nada “útil” desde el punto de vista de las pesquisas–. Y la Audiencia Provincial de La Coruña estudia el recurso de las defensas contra el auto de prisión que podría dejarles en libertad.
Hasta entonces, lo que es seguro es que Rosario no estará en la sala de la conferencia sobre el intelectual galleguista Isaac Díaz Pardo con la que el Ateneo retomará sus actividades el próximo 7 de octubre. También que el director de la revista del Grupo HGT tendrá que buscar un colaborador para suplir a Alfonso en su sección sobre hostelería.
Quienes les conocen apuestan que si el recurso contra el auto de prisión consigue sacarles de la cárcel, Rosario y Alfonso empezarán a demandar a diestro y siniestro por daños y perjuicios. Lo que no podrán hacer será volver a vivir en Santiago, la ciudad que ya les ha condenado.



