Guerra de memorias
Zapatero cuenta, en plan muy cinematográfico, cómo no le quedó más remedio que plegarse a lo que exigía Europa. Aznar habla del 11-M. Felipe González propone soluciones a la crisis de liderazgo. Solbes cuenta su experiencia... Todos a escribir libros.
Habíamos llegado a pensar que, salvo algún que otro trueno suelto, la tormenta había pasado ya. Los políticos del franquismo rara vez escribían memorias. Los de la Transición, en cambio, inundaron las librerías con sus recuerdos, grandes o pequeños: pocos fueron los que resistieron la tentación de recordar, vanagloriarse, justificarse o ajustar cuentas, que de todo hubo. Pero aquella fuente de recuerdos más o menos veraces se fue secando poco a poco... hasta ahora.
Vuelven los nervios a los partidos políticos: cuatro pesos pesados se pronuncian casi a la vez y, como es costumbre, en forma de libro. La curiosa coincidencia (porque no hay motivo para pensar que no sea una coincidencia) calienta el otoño editorial y político, alimenta la intriga, sacude los corrillos y dispara las conjeturas en las webs, lo mismo en las meramente informativas que en las que viven de arrimar ascuas a sardinas. ¿Qué vienen a decir estos ahora?
El viernes 7 de noviembre saltan al ring (¡el mismo día!) Felipe González y José María Aznar. El primero publica En busca de respuestas (Debate), un ensayo en el que expresidente socialista “expone su visión del liderazgo necesario en el siglo XXI”, y Aznar presenta El compromiso del poder (Planeta), el segundo volumen de sus memorias.
El presidente socialista, el que más tiempo ha gobernado España en democracia, no escribe sus recuerdos políticos: eso sí que sería un bombazo porque, de las grandes, esas memorias son las únicas que faltan. González reúne en un libro diversos textos con una tesis común: en Europa no hay líderes, no hay políticos de calado capaces de sacar al continente de una crisis que les ha venido impuesta pero contra la que nadie parece dispuesto a combatir, porque todos se escudan en un magma de veintisiete dudosos. González, que pertenece al tiempo de Thatcher, Mitterrand o Kohl, deja ver que el único líder mundial con la casta de los anteriores es Barack Obama, que tiene muchos más problemas a su espalda que ante su cara.
Y no se limita a exponer los males de la crisis, que todos pueden ver: propone soluciones, medidas concretas, cosas que se pueden hacer. Muchos dirían que es casi un programa de gobierno.
Los tiempos difíciles.
¿Y Aznar? El más duro rival, y a la vez sucesor, de González vuelve a tropezarse con él, esta vez en los anaqueles de las librerías. Los dos hablan de política, pero desde puntos de vista distintos. González, de la que puede hacerse; Aznar, de la que él hizo, porque el suyo sí es un libro memorialista: el segundo volumen de sus recuerdos. La primera parte, titulada Memorias I, se publicó hace exactamente un año. Ahora llega la continuación.
Y es sabrosa. Aznar habla de su política económica, de la ilegalización de Batasuna, de sus relaciones con George W. Bush, de Gibraltar, de la muy reída pero nada fácil guerra de Perejil y, desde luego, del 11-M. Cuenta cómo vivió el atentado, cómo fue la terrible víspera electoral (la sede del PP en Madrid, en Génova 13, rodeada por manifestantes que no dejaban de preguntar, a gritos, “¿quién ha sido?”); el tremendamente amargo paso de una mayoría absoluta a la oposición, sus diarios sobre esas horas tan decisivas... Esa es quizás la gran baza de este volumen de sus memorias. Pero Aznar también revela facetas sorprendentes y muy poco conocidas, como su cercana amistad con José María Fidalgo cuando este era secretario general de Comisiones Obreras.
Solo unos días después, el 19 de noviembre, se suma a la avalancha político-
editorial el exvicepresidente socialista Pedro Solbes. Su libro se llama Recuerdos. 40 años de servicio público, editado por Ediciones Deusto, y este sí es un libro de memorias a la antigua usanza, al estilo de los de la Transición, porque cuatro décadas dan para mucho.
Pero también tiene fragmentos en los que el aparentemente pausado exministro económico tira con posta. Por ejemplo, cuando relata cómo llegó al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y cómo permaneció en él una legislatura entera... y un poco más, hasta que perdió la paciencia y en 2009, cuando en Moncloa ya se pronunciaba tenuemente la palabra crisis, renunció a seguir pilotando una política económica en la que hacía mucho que no creía. Solbes da a entender (aunque no lo diga así) que el “lado económico” del presidente leonés estaba inspirado por la improvisación, por los parches y por la ausencia de una planificación a medio plazo, y eso incluso antes de que nadie vislumbrase la crisis. Por eso se marchó y por eso fue remplazado por Elena Salgado.
Los seiscientos días.
¿Y qué dirá de todo eso el propio Zapatero? Porque precisamente él es el cuarto caballero combatiente en esta justa que tiene mucho más de político que de literario. Su libro se titula El dilema. 600 días de vértigo (Planeta).
El libro se ha retrasado un año y no cuenta su aventura política completa: aborda solo la etapa más dura de su mandato. Comienza en el 20 de mayo de 2010, cuando anunció el primer gran recorte: el terrible día en que Zapatero se rindió a las exigencias de Bruselas. El estilo es muy cinematográfico y relata la tremenda tensión padecida por Elena Salgado en Bruselas (y por él en el palacio de la Moncloa), azuzados por las tijeras europeas. Según José Bono, que las ha leído, “Zapatero narra sus vivencias de la crisis económica con un estilo muy directo”.
Zapatero muestra el peso del ejercicio del poder, la soledad. El expresidente socialista presenta su libro el 26 de noviembre, justo después de la decisiva conferencia política en la que los socialistas debatirán el peliagudo asunto de unas elecciones primarias y el posible relevo de Alfredo Pérez Rubalcaba.
Las memorias de Zapatero “tienen toda la pinta de ser una justificación de sus errores. Tiene todo el derecho a defenderse si cree que ha sido injustamente tratado”, opina Fernando Ónega, autor del libro reciente (también de memorias) Puedo prometer y prometo. Mis años con Adolfo Suárez, en Plaza y Janés (ver página 60).
¿Habrá grandes revelaciones? ¿Chocarán los sables? ¿Se consumarán venganzas? Para qué, si no, escribe un político sus memorias. Hay otra razón, esgrimida con contundente sinceridad por el autor de unas de las memorias políticas más brillantes, el legendario sir Winston Churchill, y esa razón es el poderoso caballero don dinero. Con los derechos de los seis volúmenes que publicó entre 1948 y 1953, Churchill adquirió una cuadra de caballos de carreras, una casa en Londres y renunció al sueldo al que tenía derecho como líder de la oposición. Fue sincero Churchill cuando proclamó: “No escribo una historia, edifico una fortuna”. También escribió las suyas por dinero el expresidente de Estados Unidos Ulysses S. Grant: su viuda heredó unas ganancias de 400.000 dólares de la época. Y muy sonado fue el adelanto de ¡diez millones de dólares! por My Life, de Bill Clinton.
Había en ellos también, claro, un afán de limpiar su imagen, unas ganas de pasar a la posteridad como grandes hombres de Estado. También lo dijo sin disimulo el gran Churchill cuando en otra de sus redondas sentencias afirmó: “La mejor manera de hacer historia es escribirla”.
Lo que vale la memoria en euros.
Por eso escriben los políticos ahora: porque estos no son tiempos de comprarse una cuadra con las ganancias de unas memorias. La editorial Planeta –que tiene en su catálogo a primeras espadas de la política como José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, José Bono, Rodolfo Martín Villa, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José María de Areilza o Manuel Fraga– se resiste a hablar de dinero, pero los 800.000 euros adelantados a Bono, o los 700.000 por los recuerdos de Zapatero, resuenan con insistencia en los medios. Y todos saben que Planeta juega tanto con el dinero como con el prestigio de publicar a primeros espadas. Aunque las ventas se queden, a veces, bastante cortas.
Con Bono parece que las expectativas no se cumplieron: Les voy a contar (Planeta), donde relata su enemistad con Alfonso Guerra, “un profesional, un perito en intrigas”, ha vendido 70.000 ejemplares, según unas fuentes, y 28.000, según otras. Poca cosa. O mucho para estos tiempos, en los que un buen ensayo vende una media de 1.600 ejemplares.
José Bono se reconoce lector de memorias políticas: “Las he leído prácticamente todas”, declara a Tiempo. Le preguntamos su opinión sobre las de Aznar y Guerra... y entonces reconoce con sorna: “Esas dos no las he leído; tengo los libros, pero no les ha llegado el turno”. Dice Bono que está muy satisfecho, “no puedo estar más contento, he sido líder de ventas”. También lo está con las opiniones vertidas sobre sus diarios: “No he recibido críticas especialmente llamativas”, y “no me arrepiento de una sola línea escrita”, confiesa el expresidente de Castilla-La Mancha.
Reconoce, eso sí, que ha seguido los consejos de José Luis García Martín, quien sostiene que unos buenos diarios “deben estar llenos de indiscreciones ajenas, con gotas de mala intención, que no sean aburridos aunque tengan valor documental y que interesen, sobre todo a quienes no conozcan a las personas mencionadas en sus páginas, porque los mencionados serán sus peores lectores”. “He cumplido casi todos los requisitos”, afirma.
Que no sea inofensivo.
Bono es de los pocos que se aplicó una de las premisas de las buenas memorias: hacer ruido, molestar. “Mal asunto si un libro de memorias políticas es inofensivo, si no se enfada nadie”, dice un veterano editor. Y añade: “Esto es difícil de conseguir. Y es un deber de los autores de memorias políticas. Tienen que contar cosas nuevas y no limitarse a la autojustificación”. Alfonso Guerra está de acuerdo: “Si [el editor] se refiere a que al contar la verdad siempre habrá quien se sienta incómodo, ese diagnóstico es siempre acertado”, declara a Tiempo.
Es el combustible de la actual expectación con los libros de Aznar, Zapatero y Solbes, el saber si desvelarán algo nuevo. Alfonso Guerra lo duda y lo explica con un agudo retintín: “Es imposible saber qué aportará un libro que aún no ha sido publicado, aunque de alguno de los citados... poco se puede esperar”.
Cerca de la conferencia política de los socialistas se anuncia otro libro: La socialdemocracia y el futuro de Europa (Libros de la catarata), del exministro Juan Fernando López Aguilar, un ensayo en el que refuta el declive de la socialdemocracia y apuesta por su relanzamiento. Un libro que, según algunos, es un zapatazo en el suelo de un político que ha perdido protagonismo y que se resiste a ser apartado del equipo titular del partido.
Los periodistas Ónega y Manuel Cerdán, que acaba de publicar Matar a Carrero: la conspiración (Debate), están de acuerdo en que las memorias más apasionantes serían las de Adolfo Suárez y Felipe González... siempre que contaran cosas. “Suárez no las ha escrito porque no ha querido o no ha podido contarlo todo”, dice Ónega. “Quiero que me cuenten cosas. De Felipe González quiero saber la verdad del referéndum de entrada en la OTAN, de Filesa, de los GAL, de las escuchas ilegales del Cesid, de los fondos reservados. Memorias que no cuentan nada hay muchas: Calvo-Sotelo, por ejemplo, no desvela cómo se paró el 23-F. Quizás las de Guerra sean las más atrevidas porque él es más descarnado e insolente y no se muerde la lengua”, opina Manuel Cerdán.
Es raro que los políticos se quieran mojar. A menudo sus memorias son un canto a sí mismos. O lanzadas a moro muerto. O soplidos sobre los rescoldos de una animadversión personal que lleva ardiendo bastantes años. Las de Bono, según un veterano editor, “han enfadado a Guerra”. Alfonso Guerra, a su vez, cuenta en Una página difícil de arrancar (Planeta) el porqué de su distanciamiento de Felipe González. Bono cuenta lo mandón y absorbente que puede llegar a ser Guerra... Todos contra todos.
Que cuenten algo.
No está mal, pero no son revelaciones de calado. “Si queremos profundizar en una página de la historia son más útiles los libros sobre políticos escritos por otros; siempre, claro, que no sean libros de encargo, trabajos de cortesanos”, opina Manuel Cerdán. Hay, claro, excepciones y memorias políticas de nivel. Destacan las de Churchill, premio Nobel de Literatura; las de Raymond Aron, muy alabadas por Alfonso Guerra (“me impresionaron”, confiesa); los diarios de Manuel Azaña (los preferidos de Bono), que se han convertido en importante fuente histórica...
Son divertidas las de Pablo Castellanos, deliciosas las de Calvo-Sotelo e interesantes las de Santiago Carrillo, porque “contienen la historia de un siglo”, en opinión de Ónega. Son simples y planas las de Aznar (el primer tomo), según el historiador Julián Casanova. Como íntimos y sinceros se anuncian los recuerdos presidenciales de Aznar, y como intensas las memorias de Zapatero.
Habrá más. José Blanco está cocinando las suyas. Serán voluminosas, dicen, y contienen, cómo no, un encendido alegato de su inocencia en el caso Campeón. Y ya puestos a recordar, a la avalancha se suma todo el mundo: desde Miami escribe las suyas Alfredo Fraile, el exmánager de Julio Iglesias, que ha trabajado para Adolfo Suárez, Silvio Berlusconi, Hassan II y Javier de la Rosa.
Es como una fiebre que se apodera de los políticos cuando se apartan de la primera línea de fuego. Han escrito sus recuerdos todos los expresidentes de EEUU, con comprensibles excepciones, como la de J.F. Kennedy; y muchas de sus mujeres, entre ellas Hillary Clinton y Eleanor Roosevelt. También han empuñado la pluma altos dignatarios franceses, entre los que destacan Charles De Gaulle y Jacques Chirac. Entre los británicos han despuntado (además de Churchill) Tony Blair y Margaret Thatcher.
Los españoles somos menos aficionados a leer memorias políticas que los anglosajones y los franceses, pero eso no ha frenado a nuestros políticos: han escrito sus recuerdos Enrique Tierno Galván, José Federico de Carvajal, Jordi Pujol, Alfonso Osorio... Dar explicaciones es una necesidad muy humana. Ajustar cuentas también lo es. Nos espera un otoño, en ese sentido, sabroso.



