Flamenco y toros en Cataluña

14 / 05 / 2010 0:00 POR JOSÉ MANUEL GÓMEZ
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Los dos grandes tópicos de la España cañí están presentes en la historia catalana. Flamencos y toreros han convivido con artistas e intelectuales de todo el mundo.

El director de cine Bigas Luna (Barcelona, 1946) utiliza imágenes de flamenco y toros en el pabellón español de la expo de Shanghai y reconoce ser un recolector de tópicos ibéricos. Hoy los flamencos catalanes Miguel Poveda, Mayte Martín, Duquende, Ginesa Ortega, Chicuelo y Carles Benavent, entre otros, forman la primera línea del flamenco sin fronteras, incluso en sectores nacionalistas se comienza a apreciar la rumba catalana (la de Peret) como un producto para la exportación. “Hay que reconocer que es de la cosas más divertidas que hemos inventado los catalanes”, decía Carles Sala, representante del Ayuntamiento de Barcelona en el primer simposium de la rumba catalana celebrado el pasado año.

En 1963 Peret era el encargado de fichar a los gitanos que aparecían en la película Los Tarantos. Aún no había cosechado grandes éxitos pero sus rumbas ya habían calado entre la aristocracia y el turismo. “Vi la foto de Antonio Gades y supe que era un artista –recuerda Peret-. La noche del rodaje de su baile en las Ramblas estaba con Alberto Puig en su coche, hacía mucho frío y teníamos una botella de coñac para calentarnos, yo acompañaba a Gades con la guitarra”. La película Los Tarantos fue nominada al Oscar en 1964 y significó la consagración de Antonio Gades y el testamento de Carmen Amaya, que murió sin ver el estreno de una de las grandes películas del flamenco.

Carmen Amaya es una figura universal. Legendaria desde todos los puntos de vista, hizo carrera en Estados Unidos donde llegó a bailar para el presidente Roosevelt. Amaya había nacido en Barcelona en el barrio del Somorrostro, un puñado de chabolas junto al mar que sirvió de fondo para una de las secuencias más famosas de la bailaora. El Somorrostro desapareció hace décadas y en esos terrenos se construyó el Forum, donde ahora se celebra la Feria de Abril de Barcelona que todos los años mueve un gentío y tantos tópicos como la de Sevilla. El industrial catalán Alberto Puig Palau, amante del flamenco y los toros y benefactor de los gitanos que le apodaron el tío Alberto, hizo posible que Ava Gardner viniera por primera vez a España a filmar Pandora y el holandés errante en 1950 al prestar su finca de la Costa Brava cercana a Palamós para el rodaje. El tío Alberto introdujo a la actriz en el flamenco, de explicarle lo de los toros ya se encargó el actor, torero y presunto poeta Mario Cabré. La relación, dicen los implicados, fue breve y provocó ríos de tinta, una colección de poemas escritos por el torero y varios arrebatos de ira de Frank Sinatra, que se presentó en el rodaje con un collar de esmeraldas con destino al cuello y el corazón de la Gardner.

Quema de conventos y toros.

Alberto Puig tenía fama de juerguista, pero además colaboraba con la Resistencia francesa, así que en la primavera de 1945, cuando escuchó en el parte de Radio Nacional de España la noticia de la muerte de Hitler y la capitulación de Alemania, se lanzó a la calle pensando que era el principio del fin del régimen de Franco. Bajó por la Diagonal hasta la plaza de Cataluña donde esperaba ver algún signo de sus pronósticos. Vio a lo lejos una reunión de gente nerviosa y sus esperanzas se rompieron cuando se dio cuenta de que aquella multitud estaba allí para conseguir entradas para ver a Manolete. El torero era amigo de Puig Palau y pasó por su finca de la Costa Brava como Dalí, Jean Cocteau y otras figuras del siglo XX. Si el flamenco en Cataluña se ha normalizado, los toros siguen escociendo. El primer disco de Albert Pla, íntegramente cantado en catalán, lo mostraba en 1989 vestido de torero. Algo que en su momento se consideró una provocación a la mentalidad nacionalista. La canción Papa, jo vull ser torero (“Papá quiero ser torero”) provocaba risas cómplices ante la improbable vocación del protagonista y el dolor familiar: “Y el padre se desesperaba, él que era tan honorable /potestad de la sardana /de las letras catalanas”.

Si nos remontamos al siglo XIX, los historiadores están de acuerdo en que la quema de conventos de 1835 en Barcelona comenzó por una mala corrida de toros. Lo cuentan los cronistas y también la canción en catalán: “La nit de Sant Jaume de l´any trenta cinc... salieron tres toros, todos malos, esa fue la causa de quemar conventos”.

Jordi Pujol se ganó los abucheos de 20.000 personas en un mitin de CiU en 1999 al salir después de Los Chunguitos. Azorado por la situación dio paso al siguiente grupo, Maita Vende Ca, recordando: “Son de San Fernando, como Camarón de la Isla”. Pujol obtuvo los primeros aplausos al mencionar al cantaor, y a más de uno se le congelaron las manos cuando, a continuación, recordó que Camarón murió en el hospital de Sant Runi, en Cataluña.

Los tópicos y el Barrio Chino.

Los tópicos que se han considerado españolistas pueden tener su raíz catalana. El escritor francés Prospero Mérimée (1803-1870) construyó su personaje Carmen en 1846, que luego Bizet llevó a la ópera redondeando el tópico. Mérimée escribe en Viajes por España: “Ayer vinieron a invitarme a una tertulia con motivo del alumbramiento de una gitana, había tres guitarras y cantamos en caló y en catalán. Nadie hablaba en español y apenas entendían el que yo hablaba”.

Sociólogos e historiadores están de acuerdo en que el flamenco y los toros se desarrollan en Cataluña como un fenómeno urbano ligado a la industrialización y al impulso de las dos exposiciones universales celebradas en Barcelona en 1888 y 1929, que fueron acompañadas de varias oleadas de inmigrantes. Una interior del campo catalán y otra exterior mayoritariamente del levante español.

Una parte de la inteligencia catalana fue seducida por la cultura andaluza o quizá ante el arquetipo construido por la Carmen de Mérimée, y el caso se hace evidente en la música de Isaac Albéniz (Camprodón, Gerona, 1860 - Cambo-les-Bains, Francia, 1909) y Enrique Granados (Lérida, 1867 - Canal de la Mancha, 1916).

Los tópicos, digamos andalucistas, lucen a principios del siglo XX en el distrito quinto, conocido como el Barrio Chino, donde en los años 20 y 30 hay más cuadros flamencos que en el barrio sevillano de Triana. En esos años Barcelona cuenta con tres plazas de toros en activo. Tabernas y cafés cantantes lucen a menudo motivos taurinos y conviven con la prostitución mientras las clases medias han huido hacia la parte alta de la ciudad. Primero hacia el ensanche diseñado por Cerdá a mediados del siglo XIX mientras la alta burguesía construye su atalaya en la montaña a los pies del Tibidabo. Barcelona da la espalda al mar y el Barrio Chino se convierte en el lado oscuro y pecaminoso. Francesc Madrid publica en Sangre en las Atarazanas (1926) descripciones como la que sigue: “Se juntan aquí de una manera absurda y única las casas de lenocinio y la lechería para los obreros que madrugan, la tienda que alquila mantones y en donde se presta dinero a los artistas de los music halls... Venden cocaína algunos limpiabotas y aparecen los invertidos en plena calle mostrando sus vergüenzas, su impudor y su pecado, las gitanas de Villa Rosa cantan roncamente... y apoyado en un farol un borracho expone una doctrina filosófica con la música del porque era negro”.

Quizá uno de los más extravagantes visitantes sea el escritor francés Jean Genet, que deja constancia de su vida amoral en Diario de un ladrón (1932) que Juan Goytisolo rememora en el libro Genet en el Raval. Uno de los locales que frecuenta Genet es La Criolla (en la calle Cid, 10), cabaret de fama internacional con un público que incluye a políticos, aristócratas, mantenidas o toreros, según Paco Villar en el libro Historia y leyenda del Barrio Chino, que cita al francés Gui Befese en una descripción sorprendente: “La Criolla es el puente que une a la gente de abajo con la de arriba... hemos visto, además de lo que esperábamos ver, a un público selecto y a ese sector de la sociedad que se le denomina gente honrada. Y no hablamos del honrado trabajador, sino de gente de posición con aureola de honradez”.

En la puerta de al lado, en la taberna La Taurina, el periodista y escritor Sebastià Gash (1897-1980) descubre a Carmen Amaya cuando aún es una niña de 14 años. Gash es uno de los principales cronistas de Barcelona, amigo del bailaor Vicente Escudero, Joan Miró o Dalí, apuesta decididamente por las vanguardias y, para todos ellos, el flamenco es una manifestación artística de primer nivel. Gash acompaña a Lorca por Barcelona y el poeta detecta la singularidad musical de los gitanos catalanes.

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