Entre la muerte digna y el suicidio colectivo

27 / 10 / 2017 Agustín Valladolid
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El procés ha muerto. Ahora ya solo falta saber si Puigdemont es capaz de enterrarlo con dignidad.

El Gobierno catalán reunido en la Generalitat el pasado día 24. Foto: JOSEP LAGO/AFP

Se pueden poner los promotores como quieran, buscar todas las justificaciones que convengan, pero la nave que se dirigía con desbordante animosidad hacia la independencia de Cataluña ha encallado. Se diría que definitivamente. Se diría más: está a punto de zozobrar. Han estado cerca. No de la independencia, pero sí de convertir el conflicto que crearon mediante artificios, engaños y propaganda en una enfermedad crónica de extraordinaria gravedad. Aún pueden hacerlo. Aún pueden darle una patada a la silla en la que todavía se apoyan, arrastrando en su suicidio a la sociedad a la que prometieron servir.

Recordaba hace unos días en el periódico El País el editor Andreu Jaume que fueron juristas nazis los que definieron las bases del “estado de excepción deliberado”, el Gewollte Ausnahmezustand, que terminó por convertir en “inevitable” la instauración del Estado nacionalsocialista. Jaume comparaba aquella estrategia desestabilizadora con la del llamado procés. Y han sido las más que teóricas concomitancias entre la metodología goebbeliana y la desarrollada por los teóricos del secesionismo catalán las que, a la postre, han emergido para convertirse en una de las grandes fallas del proyecto independentista.

Europa se acostó un día escandalizada por las imágenes que las televisiones emitieron el 1 de octubre. Poco después, casi pedía disculpas, desde el escenario del Teatro Campoamor de Oviedo, por haberse tragado los montajes del independentismo. Por triplicado. Ese, el inmediatamente posterior al 1-O, fue el momento más delicado. Junto a lamentables imágenes reales en las que se veía a la Policía arremeter contundentemente contra, también, pacíficos ciudadanos, otras previamente seleccionadas por su brutalidad, que nada tenían que ver con lo sucedido aquel día en las calles de Cataluña, se extendían como chapapote por las redes sociales de los cinco continentes. Goebbels había ganado. Y el Gobierno de Mariano Rajoy temblaba.

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