El terrorismo altera la agenda europea

09 / 06 / 2017 Agustín Valladolid
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El enemigo está dentro, y su combate va a exigir respuestas que perturbarán las previsiones económicas y legales en la UE.

Theresa May se dirige a los medios tras el atentado de Londres. Foto: Leon Neal/ Getty Images

Cuando entrego este artículo aún no se conocen los resultados de las trascendentales elecciones británicas. El brexit duro preconizado por la conservadora Theresa May concedía a su principal oponente, Jeremy Corbyn, un cierto margen de mejora, en tanto que muchos de los que votaron en contra de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE) veían en el líder del Partido Laborista la única opción capaz de atenuar los efectos de tan brusca ruptura. Era alrededor del brexit donde se concentraba el eje de la campaña electoral, una vez difuminado en buena parte el impacto del atentado de marzo junto al Parlamento británico. Pero en unos minutos todo cambió.

El terrorismo activa en el ser humano mecanismos de autoprotección no demasiado conocidos. El más eficaz es el olvido. Exceptuando salvajadas del calibre de un 11-S o un 11-M, instintivamente solemos borrar de nuestra mente, mucho más aprisa, un atentado menor que cualquier otra tragedia. De eso sabemos mucho en España: nos acordamos de Hipercor, de Miguel Ángel Blanco, del brutal ataque a la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza, pero de la mayoría de víctimas de ETA, más de 800, apenas queda rastro en nuestra memoria, en la memoria colectiva.

En ese trance de extraviar los recuerdos estaban los británicos cuando sufrieron un nuevo zarpazo, a solo cuatro días de las elecciones, planificado para modificar las naturales pautas de comportamiento político, para introducir el factor miedo entre los principales ingredientes que deciden el voto ciudadano, para impedir el olvido. Por supuesto que hay una intencionalidad política en los asesinatos del DAESH, mal llamado Estado Islámico. Cuanto mayor sea el miedo, cuanto más sean capaces de modificar los hábitos de libertad de las sociedades democráticas, cuanto menos fría y proporcionada sea la respuesta de las autoridades, mejor para sus fines.

Y es precisamente en esa clave en la que no se entiende la reacción de Jeremy Corbyn, su utilización partidista del atentado. Corbyn rectificó, pero dejó tras de sí un rastro de ruindad que, a estas horas, quizá le haya costado decenas de miles de votos. El gran drama de la política británica actual, de la europea salvo contadas excepciones, es la insospechada levedad de sus dirigentes. May es un buen ejemplo de hasta qué punto la presión del populismo ha encumbrado a mediocres e incoherentes. Pero la respuesta de la izquierda no puede ser más populismo. Utilizar como arma arrojadiza contra el Partido Conservador precisamente la que ha sido una vieja aspiración de la izquierda europea, el recorte del gasto en defensa y seguridad, no es que sea poco inteligente, es que es lo más parecido a un suicidio. En primer lugar, por tratarse de un giro brusco que huele demasiado a oportunismo; y después, porque si la socialdemocracia quiere tener algo de futuro en Europa deberá cambiar urgentemente de registro.

No-go zones

La agenda europea de los próximos años va a estar marcada a hierro y fuego por estos dos conceptos: defensa y seguridad. La amenaza exterior, en sus diversas modalidades, seguirá siendo una de las principales preocupaciones. Y la constatación de tener al enemigo dentro, y en proporciones no menores, va a exigir respuestas que sin duda alterarán las previsiones económicas y legales de los socios de la UE. En esta coyuntura, la derecha tiene parte del camino hecho. No tiene que modificar en exceso su catálogo de remedios. Es la izquierda la que deberá adaptarse y demostrar que también puede ser eficaz en ese combate, sin renunciar a ejercer el imprescindible papel de contrapeso que de antiguo le toca asumir.

En Suecia existen 55 no-go zones, “espacios urbanos a la deriva, en las que unos carteles advierten que estás entrando en un área controlada por reglas islámicas obligatorias”, según la Agencia de Contingencias Civiles (MSB) de ese país. El fenómeno es bastante conocido en París o Londres, ciudades en las que grupos radicales proclaman sin recato que se rigen por la sharia. He aquí el verdadero problema, los guetos controlados por el radicalismo islámico, al que deben dar respuesta los políticos, frenando el adoctrinamiento, incrementando el todavía insuficiente nivel de colaboración policial y judicial y poniendo fin a los “clamorosos fallos de inteligencia” de los que hablan los expertos. No hay otra alternativa, salvo una peligrosa marcha atrás.

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