El pederasta indultado trabajó para la CIA

02 / 10 / 2013 10:19 Fernando Rueda
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Salaheddin Gadhban, alias Daniel Galván, el pederasta indultado por Mohamed VI, ha trabajado para el CNI, pero también para la CIA, que le captó en Irak, cuando el espionaje español no tenía delegado permanente.

El CNI lo desmintió desde el primer momento y, ateniéndonos al significado estricto de las palabras, está en posesión de la razón. Daniel Galván Viña, el pederasta condenado a 30 años de prisión en Marruecos por abusos sexuales a once niños y niñas, no es funcionario del servicio de inteligencia español. Y no lo es porque su nombre no figura en la plantilla de trabajadores a sueldo de la Casa, aunque sí en el listado de colaboradores, el archivo más secreto del CNI. No es la primera vez que se produce un desmentido de este tipo, ni será la última. A lo largo de la democracia, cuando un juez ha preguntado sobre si un agente pertenecía al servicio, con frecuencia se ha desmentido, porque los datos de identidad de que disponía el juez respondían al alias operativo y no a la identidad real.

Escándalo internacional.

El caso de Galván ha sido uno de los mayores escándalos en que se ha visto implicado el CNI en los últimos meses. Arrestado en Marruecos, el juicio fue ampliamente seguido en el país vecino, con el lógico despliegue mediático. A mediados de julio el rey Juan Carlos hizo una importante visita oficial, que fue coronada unos días después con el anuncio de que 48 presos españoles habían sido amnistiados por Mohamed VI. La Embajada española había presentado un listado para que 18 fueran indultados y 30 trasladados a prisiones españolas. Supuestamente, un error de funcionarios provocó que todos quedaran en libertad.

La polémica estaba servida y no tardó en subir de tono. Uno de los liberados era Daniel Galván, el mayor pederasta condenado en la historia de Marruecos. Un diario local denunció que trabajaba para el CNI y que había sido indultado con la aquiescencia del servicio secreto marroquí. La bola de nieve de la noticia creció y llegó el desmentido del espionaje español. La presión de la opinión pública marroquí y española forzó su detención e ingreso en prisión en España, donde permanece, y parece que para mucho tiempo.

Según fuentes de los servicios de información españoles consultados por Tiempo, la historia de Galván va más allá del CNI y de lo que se ha contado hasta ahora. Salaheddin Gadhban Binia, como se llama en realidad, es un teniente del ejército iraquí que combatió en la larga guerra de su país con Irán que duró desde 1980 hasta 1988. Estados Unidos y países como España apoyaron en esa contienda a Sadam Hussein. De hecho, Estados Unidos impidió que el Consejo de Seguridad de EEUU condenara al régimen iraquí por el uso de armas químicas contra los iraníes, ya gobernados por los ayatolás.

En esa época Gadhban comenzó a colaborar con la CIA, el servicio secreto que le captó. En contra de lo que se ha dicho, el CNI –entonces Cesid– no pudo hacerlo, porque carecía de un delegado permanente en el país. El despliegue de la Inteligencia española no era muy grande en ese momento e Irak no era considerado una prioridad. Por eso, el agente destacado en Siria era el que viajaba periódicamente al país cuando las circunstancias lo aconsejaban. Las fuentes informantes creen que debió de ser la CIA quien utilizó al militar iraquí durante la primera guerra del Golfo, en la que el presidente de EEUU era Bush padre. Tras la invasión de Kuwait, el 2 de agosto de 1990, Estados Unidos formó una coalición que consiguió la victoria en febrero de 1991.

La doctrina de los servicios de inteligencia es contar con colaboradores capaces de facilitar informaciones o ayudas de todo tipo y, cuando dejan de ser útiles, desprenderse de él. Fue el caso de Abdelilah Issou, un teniente del ejército marroquí captado en 1997, que, cercado por las sospechas y convencido de que iba a ser detenido, huyó por sus propios medios a España. El Cesid le abandonó a su suerte, pues ya no le era de utilidad.

En 1992 Gadhban consigue un pasaporte español y una nueva identidad, lo que demuestra el valor que había tenido y que se esperaba siguiera teniendo. A partir de ese momento, Galván se convierte en colaborador del CNI, aunque la CIA le sigue usando cuando es necesario. Otro hecho, el de compartir colaboradores, habitual en ese mundo. Fue el caso del agente del KGB Alexander Litvinenko, que huyó a Gran Bretaña dispuesto a denunciar los trapicheos del dirigente Vladimir Putin y que, antes de ser asesinado con polonio, estaba cobrando también del CNI, a quien ayudaba en asuntos relacionados con la presencia de mafias rusas en España.

En 1996 Galván consigue un trabajo como administrativo en la Universidad de Murcia, algo que implica que el CNI colocó a uno de sus agentes en una comunidad que era de las que estaba teniendo un mayor aumento de presencia de musulmanes, entre los que ya empezaban a esconderse elementos islamistas que no tenían muy buenas intenciones. La información que facilitó en los años siguientes llegaría al CNI, pero también a la CIA, que empezaba a aumentar su preocupación por grupos terroristas como el de Bin Laden, Al Qaeda.

Las fuentes consultadas desconocen si Galván ayudó durante la segunda guerra del Golfo. Es bastante probable que lo hiciera si mantenía contactos allí dentro, o facilitando información genérica. Cualquiera que conociera el país podía ayudar, aunque entonces España disponía en Bagdad del comandante Alberto Martínez y del sargento primero José Antonio Bernal, que llevaban dos años en el país y disponían de abundantes contactos.

Tras los atentados del 11-M, alguien sin estudios y sin beneficios, más allá de su humilde sueldo en Murcia, aterriza en Marruecos. Existía entonces una gran preocupación en España y el reino alauita por el terrorismo islamista, que azotaba a ambos. Galván llegó con un poder adquisitivo alto que solo puede facilitar un sobresueldo de un servicio de inteligencia, o de dos. Allí da rienda suelta a sus perversiones y termina siendo detenido.

Ante la pregunta a conocedores del funcionamiento de los colaboradores en el CNI sobre si este podría conocer los abusos a niños cometidos por Galván, la opinión es unánime: cuando un colaborador es de valía, “ojos que no ven, corazón que no siente”. Un exagente explica: “Los colaboradores son contratados por la calidad de su información o el trabajo que son capaces de hacer, por lo que al servicio no le importa lo que haga en su vida privada. Hay que recordar que para liberar a rehenes, con frecuencia hay que tratar con terroristas sin escrúpulos. Es el trabajo de la inteligencia, nos guste o no, y salvar vidas está por encima de todo”.

Los agentes, más controlados.

Otra cosa es el caso de los agentes contratados por el CNI, ahí esos comportamientos no se permiten. Así ocurrió con un cabo primero destinado en el Centro de Comunicaciones. En noviembre de 2008 la Policía Nacional se dirigió al CNI explicando que le habían descubierto en una red de pederastas que iban a desarticular. Los mandos del Servicio de Seguridad del CNI pidieron un tiempo para investigar si la debilidad de uno de sus agentes podía haber producido alguna fuga de información. Tras comprobar que no, fue detenido en su casa durante la redada.

Una de las fuentes explica que Galván debía de ser de mucha utilidad, porque, de lo contrario, se habrían desecho de él mucho antes. Recuerda el caso de María Isabel Barrios, funcionaria de la Seguridad Social que empezó a colaborar con el servicio de inteligencia en 1989 y continuó hasta 2001, cuando fue detenida por hacer para un grupo de detectives privado lo mismo que para el espionaje: sacar información confidencial sobre personas. Tras ser detenida, el CNI le hizo el vacío, no la ayudaron y se olvidaron de ella.

 

Daniel Galván no ha conseguido la libertad, pero al menos está viviendo en una cárcel española, con una calidad de vida infinitamente superior a la de las prisiones marroquíes. Seguro que no le falta de nada. Claro, mientras sus labios estén sellados sobre lo que hizo para la CIA y el CNI en los últimos 20 años.

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