El islamismo radical avanza en España
El Gobierno se ve incapaz de controlar a las organizaciones islámicas, inmersas en fuertes tensiones entre moderados e integristas. La pérdida de peso de las dos grandes federaciones de comunidades islámicas complica más el asunto.
Al pocos días del comienzo del curso escolar a buen seguro que renacerá el debate sobre los velos islámicos en las escuelas y ello recrudecerá el provocado por las prohibiciones del burka. Pero los debates sobre este tipo de símbolos podrían además radicalizarse en los próximos meses, justo cuando se ha acentuado la sensación de que las versiones del islam tradicionales o rigoristas están creciendo, y rápido, en España. Una situación extraña y que, dicen los expertos, contrasta con la actitud religiosa y de costumbres que se vive entre las clases medias urbanas en países como Siria, Líbano, Túnez, Jordania e incluso Marruecos, más flexibles. Es el caso de la esposa del presidente de Siria, Asma Al Asad, que pasó por España en julio. Posiblemente impresionada por el aire desenvuelto y europeo de Asma, una mujer que se peina a la última, lleva vestidos cortos y pantalones, nada y monta en bicicleta, y da la sensación de ser igual que el presidente, una reportera le preguntó si eso era normal en su país, a lo que ella contestó que era “un espejo de la sociedad siria”.
En España también el islam es diferente. A juzgar por las tomas de postura que se leen en las webs de los grupos islámicos en España (ver recuadro en página 31), el modo con el que han respondido a la prohibición del burka y el hiyab o las actitudes de algunos imanes, no parece que Asma Al Asad sea el prototipo de la mujer musulmana en España. Ni siquiera entre los españoles conversos, unas 35.000 o 40.000 personas que practican un islam moderado. “Lo que no está claro –reflexiona Fernando Bravo, del TEIM (Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos) de la Universidad Autónoma de Madrid– es si esta aparente expansión del islam más tradicional, e incluso integrista, se debe a un aumento de la religiosidad o a una actitud de reivindicación derivada de la sensación, más fuerte en Europa que en sus países, de que su identidad está amenazada”.
Las noticias de que la Unión de Comunidades Islámicas (Ucide) y la Federación de Entidades Religiosas Islámicas (Feeri), las dos grandes federaciones religiosas que integran la Comisión Islámica de España (CIE), han venido adoptando posiciones más duras parece deberse, según los especialistas, a que muchas de las comunidades de base que las forman están cada vez más penetradas de elementos procedentes de grupos como Justicia y Caridad, Salafistas o Tabligh, con sensibilidades como mínimo integristas y a los que se sitúa en el amplio mundo del islam político. La Feeri, fundada en los años 80 por un grupo de conversos, se ha ido decantando hacia posiciones más estrictas. Lo explica Mansur Escudero, que fue su presidente durante 14 años: “Dejé la presidencia de la Feeri en 2003 porque ese año grupos que defendían ideas muy diferentes de las nuestras lograron la mayoría. No había posibilidades de compatibilizar nuestras posiciones con las suyas”.
En círculos islámicos se reconoce que la inestabilidad que se vive en la comunidad islámica española tiene mucho que ver con la avalancha de inmigrantes islámicos en España, que se ha multiplicado desde finales de la década de los 90. Y que es, además, mucho más variada en su composición. Por ejemplo, los marroquíes, que suponen el 70% del cerca de 1,1 millones de inmigrantes musulmanes en nuestro país, han crecido de menos de 100.000 en 1996 a unos 200.000 en 2001 y a casi 900.000 en la actualidad (ver “Marroquíes disidentes en suelo español” en el número 1.470 de Tiempo). Pero es que hay más de 60.000 argelinos o 55.000 paquistaníes junto con otras 25 nacionalidades. A resultas de esta invasión, los conversos han sido prácticamente expulsados de las grandes organizaciones y sustituidos por nacionales de Marruecos y algunos de esos otros países.
Esta mayor diversidad ha hecho que todos los grupos y sensibilidades islámicas más radicales –desde los Hermanos Musulmanes a los Salafistas, pasando por los Tabligh o los miembros de la marroquí Justicia y Caridad, que defienden el mantenimiento de la identidad, una cierta separación de la población autóctona e incluso la aplicación de la Sharia– estén ya presentes en España, que controlen bastantes mezquitas (hay cerca de 400 si bien sólo 11 o 12 se pueden considerar como tal) y mantengan estrechos lazos con sus matrices en los países de origen. Además, un colectivo de tales proporciones no puede ser tampoco ignorado por los gobiernos árabes, especialmente los de cariz más autocrático, que se sienten obligados a patrocinar el islam fuera de sus fronteras.
Granada.
Al margen de esos radicalismos, no hay que olvidar que los musulmanes que viven en España, moderados o no, son muy tradicionales. Basta ver, por ejemplo, el tono con que se anuncia la creación de un centro educativo islámico en Granada por parte de la Comunidad Islámica en España, un colectivo perteneciente a los Morabitum (muy próximos al régimen marroquí) y que proyecta construir también la mezquita de Los Bermejales en Sevilla. En un texto de presentación sus dirigentes explican la principal razón para establecer una escuela musulmana en España: “Proteger a nuestros jóvenes, proteger su Imán y su corazón, y protegerles de las mentiras e ignorancia de la educación secular y sus puntos de vista acerca de la vida y de la existencia”. Más adelante dice: “Queremos que nuestros niños aprendan sobre la Verdad y tomen una verdadera transmisión del Din de Islam que garantizará, insha’llah, llegar a ser hombres y mujeres sometidos a su Señor y activos en el fortalecimiento de la Umma”. Y termina afirmando que “el Corán y la Sunna son la fuente principal que determina, nutre y da sentido a la diversidad de los diferentes aspectos educativos, el Corán es la principal fuente de todo conocimiento”.
Mientras tanto, el Gobierno ha tratado de obtener información fidedigna de todo este mapa islámico interior, aunque parece que con poco éxito. Según aseguran los expertos, ha fallado el proyecto de marcar a estos grupos, como tampoco ha funcionado como se esperaba la idea de tener unos interlocutores representativos y lograr, a través de ellos, ir desarrollando un islam a la española, moderado y distanciado de Marruecos o Arabia Saudí, que era el objetivo cuando se creó la Comisión Islámica en 1992.
Parte del problema del radicalismo puede deberse también a una cierta pérdida de peso de las dos federaciones citadas, que temen verse superadas por nuevas asociaciones. Entre ellas existen algunas de corte muy radical, aunque también nacen comunidades más moderadas. Un nuevo motivo de división en el mundo islámico interior.
La CIE ha sido, dicen los expertos, un fracaso, no tiene la menor operatividad y lleva años sin reunirse. Por no tener no tiene ni teléfono ni correo electrónico. Un escenario que el Ministerio de Justicia quiere resolver buscando un nuevo sistema de representación que dé cabida a todos. Para lograrlo, ha advertido este año que o llegan a un acuerdo que permita la participación de todos o suspende las subvenciones. Una decisión que afectaría negativamente a todos, especialmente a la Ucide, que tiene entre sus asociadas al 58% de las comunidades islámicas en España y cuyo presidente, Riay Tatari, no parece preocupado con ese ultimátum y se defiende de las acusaciones de monopolizar la representación: “Ya intentamos una reforma en la Comisión Islámica en 2006 que hubiera podido solucionar estos problemas si hubiera sido aceptada por el Ministerio”, dice. Tampoco parece muy inquieto con la creciente división entre musulmanes en España: “Entre nosotros no hay división en lo esencial. Los musulmanes compartimos los mismos principios, reglas, culto y jurisprudencia. Estamos unidos”.



