Diez años, diez víctimas

03 / 03 / 2014 9:18 Clara Pinar / Fotos: Queca Campillo
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Diez heridos en los atentados del 11 de marzo de 2004 relatan a Tiempo sus recuerdos de aquel día y cómo han vivido estos diez años.

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Diez bombas en cuatro trenes de cercanías con destino a la estación de Atocha. 191 víctimas mortales y 1.758 heridos. Una sociedad conmocionada por el mayor atentado terrorista, el primer gran ataque de corte islamista, en la historia de España.

Una década después, los atentados del 11 de marzo de 2004 continúan en la memoria colectiva de un país y, sobre todo, de una ciudad, Madrid, que ese día se volcó para ayudar a los heridos. Toda la policía nacional y municipal disponible; bomberos y los servicios de emergencia del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, con prácticamente todos sus efectivos, puesto que la hora de las explosiones coincidió con un cambio de guardia. Particulares y taxistas convirtieron sus vehículos en improvisadas ambulancias para trasladar a los heridos a hospitales sobrepasados por la magnitud de la masacre y donde médicos, enfermeros y voluntarios se emplearon a fondo. Ya por la tarde, centenares de taxis llevaron gratuitamente a las familias que, perdida toda esperanza de encontrar a sus seres queridos con vida, fueron a buscar sus cadáveres a la inmensa morgue instalada en el Instituto Ferial de Madrid (Ifema). También allí fue constante el ir y venir de psicólogos y otros voluntarios que ayudaban en lo que podían a tantas personas rotas por el dolor.

Una investigación de la Universidad Complutense sobre el efecto del 11-M en la Comunidad de Madrid concluyó que el 50% presentaba síntomas de depresión y un 47%, de estrés agudo, dolencias que en un 17% de los casos impedían hacer vida normal dos semanas después.

A cualquiera que se le pregunte recuerda exactamente qué estaba haciendo a la hora en la que empezaron las explosiones. Por encima de esto, el 11-M perdura en la vida de las 1.758 personas que resultaron heridas. En octubre de 2007, cuando se dictó sentencia del juicio por los atentados, 761 habían sanado sin secuelas. Las lesiones más comunes entre los que las padecieron eran estrés postraumático, pérdida de audición y daños estéticos. El caso más extremo es el de Laura Vega que, diez años después, permanece en estado vegetativo.

Las víctimas del 11-M y sus familias han recibido ayuda estos años del Ministerio del Interior, que ha empleado 300 millones de euros en indemnizaciones. También las asociaciones, como la Asociación de Víctimas del 11-M y la Asociación de Víctimas del Terrorismo, han sido un punto de apoyo: en unos casos, los afectados se acercaron a ellas y en otros fueron ellas a buscarles para ayudarles en la tramitación de papeles y reclamaciones o proporcionarles terapia psicológica especializada en estrés postraumático.

Diez años después, unas víctimas han superado el atentado y llevan una vida normal; otras no se han recuperado o viven angustiadas con el recuerdo de aquel día. Unas se sienten agradecidas por el apoyo de las instituciones y el calor de la sociedad y otras reclaman minusvalías y un reconocimiento que creen insuficiente. Tiempo se asoma a la vida de diez de ellas una década después.

Verónica Almazán, una nueva vida 10 años después

Cuando dé a luz en agosto, Verónica Almazán tendrá otro cumpleaños que recordar siempre. El de su hijo se sumará a los dos suyos, el 5 de diciembre de 1982 y el 11 de marzo de hace 10 años, cuando dice que volvió a nacer. Ese día salió prácticamente ilesa, con una crisis de ansiedad y una lesión en las cervicales, de los efectos de la bomba que estalló en la estación de El Pozo. No en su tren, sino en el que iba en el otro sentido de la marcha. Ella iba a San Fernando de Henares y enfrente del suyo se detuvo otro que nunca llegó a Atocha porque estalló una bomba que mató a 67 personas. La explosión la pilló dormitando. Le despertó el frenazo y el dolor en el cuello. Cuando abrió los ojos, estaba todo oscuro, la gente no sabía qué ocurría y enseguida empezaron a escuchar sirenas de ambulancias y coches de policía. “No piensas que ha sido un atentado. Cuando vi a la primera persona muerta en las vías pensé que se había suicidado”. En El Pozo fue atendida de un ataque de ansiedad y empezó a entender la gravedad cuando los artificieros hicieron estallar las otras dos bombas que iban en el tren. Desorientada, cogió un autobús que la llevó al metro y, de ahí, a Príncipe Pío, donde la recogió un tío suyo para llevarla a casa. Cuando su madre abrió la puerta, Verónica se desmayó. “No me creía que fuera una superviviente, que me podía haber pasado en Atocha, en Santa Eugenia, en El Pozo (por donde pasaba todos los días). De todo eso no me di cuenta hasta que pasaron los días”. Tras la ansiedad, el collarín y la terapia con un psicólogo, Verónica alternaba el “sentimiento de culpabilidad” con “mucha alegría” por seguir viva. Diez años después, mantiene reacciones derivadas del 11-M, como la empatía por el sufrimiento ante pérdidas repentinas, como las de las familias de las víctimas del accidente de Spanair o del Madrid Arena. “Tengo mucha debilidad ante las personas, todo me da pena, a la mínima me vengo abajo. Me he vuelto muy indecisa”. Pero también se siente “muy afortunada porque no era mi día”. Este 11 de marzo le gustaría ir a El Pozo, “estar un rato y llevar flores”. “Es un aniversario más especial porque me he quedado embarazada. En el futuro pienso contarle a mi hijo lo que pasó”, dice.

Araceli Cambronero, superar el 11-M por un cáncer

Araceli Cambronero supo que había superado el 11-M cuando en 2007 le diagnosticaron un cáncer. Era uno más de la cadena de malos episodios en su vida que empezó el 11 de marzo de 2004, cuando una bomba estalló en Atocha en el vagón al lado del suyo. Entonces se desencadenó una escena de pánico colectivo por salir de la estación. A la segunda bomba, llamó a su marido para que le despidiese de sus hijos. A la tercera, pensó que “iba a explotar todo Madrid” y echó a correr. La encontraron horas después en Embajadores, desorientada y con la sensación de que la masacre que ese mismo día vería en televisión “no podía haber ocurrido”. Sin heridas físicas y con efectos psicológicos que fue superando cogiendo de nuevo el tren, Araceli prefiere encarar el 11-M “de forma positiva”: “Pensando que soy muy afortunada contándolo, pensando en las personas que no han tenido la oportunidad que he tenido yo”. “Yo estuve ocho años preguntándome por qué y dejé de preguntármelo porque vi que nadie me iba a contestar”, dice. Tras el 11-M se divorció, fue despedida de su trabajo y tres años después le diagnosticaron la enfermedad. “Cuando he superado realmente [el 11-M] es cuando me diagnostican un cáncer y digo que si salí de allí y hay personas que no tuvieron la oportunidad, yo tengo que tirar para delante. Me di cuenta de que esto me había dado más fuerza para afrontar el cáncer”. Pero la enfermedad desapareció y el 11-M sigue en su cabeza. “Si me dan a elegir, elijo volver a pasar por el cáncer y no volver a ver lo que vi” aquel día. Tras la sentencia fue declarada víctima e indemnizada con 60.000 euros –de los que invirtió 25.000 en preferentes de Bankia que ahora reclama junto a otras víctimas a través de la Asociación Víctimas del 11-M–. La indemnización la “removió” de nuevo. “Creía que lo tenía superado pero lo tengo guardado para mí”. “He superado ir en tren y llevar una vida normal, pero yo me monto en un tren y me acuerdo y me duele más por las personas que no están aquí”. Una actitud tan positiva no supone el olvido. “Yo no quiero olvidar. Ni quiero ni puedo”, dice Araceli, que colabora activamente con su asociación de víctimas y espera que Jamal Zougam no salga de prisión días antes del décimo aniversario de los atentados en que tuvo tanto que ver.

Óscar Encinas, eternamente agradecido

“Qué mal rollo” es lo primero que dice Óscar Encinas al llegar a la estación de El Pozo. No había vuelto desde que hace diez años estalló el vagón del tren en el que iba con dos compañeras de trabajo. Sangrando por la cabeza y con los tímpanos rotos, salió a gatas del vagón y volvió a entrar para buscar a sus compañeras. Hasta que llegaron la policía, los bomberos o los vecinos, los heridos menos graves fueron sacando gente de los vagones y él acunó a sus compañeras, con heridas más graves que las suyas, habló con ellas para evitar que se durmieran. Después, la policía le llevó al 12 de Octubre, donde le cosieron toda una oreja, le cerraron la herida de la cabeza y le metieron en la UCI porque pensaban que tenía rotura de aorta. Salió en una semana y cinco meses después volvió a trabajar. Ya ha dejado de ir regularmente al psicólogo, aunque acude cada vez que se encuentra mal. “El primer año, además de curar físicamente, sentía mucha rabia, pensaba: ‘Por qué me ha pasado a mí, si yo no me meto con nadie”. Sin embargo, el recuerdo más importante que le queda a Óscar es de agradecimiento a todos los que de una manera u otra ayudaron a los heridos y el “orgullo” por cómo se comportaron los ciudadanos. “Gracias a toda la gente, la que fue a la manifestación, la que limpió nuestra sangre, en el hospital, desde el que estaba limpiando la sangre hasta al juez”, dice. De manera más directa, se emociona al acordarse de la enfermera que, estando aún en el hospital, se presentó con una bolsa de caramelos para él al día siguiente de haberle comentado que le gustaba mucho el dulce. “Qué te voy a decir de la gente del hospital, de los barrenderos, de los del Samur, chapeau”. Diez años después, vuelve al psicólogo cuando se encuentra mal pero se siente recuperado. Empezó a notarse mejor de verdad a partir de 2008. “No estoy hundido porque soy un tío echado para delante, porque si no, no hubiera podido ni venir”, dice. Otra cosa es que se haya olvidado del 11-M. “Esto no se olvida. Vas al tanatorio y piensas que podías haber estado ahí dentro. O cuando te gusta algo, que te lo podías haber perdido”. A tanto llegan estos pensamientos que Óscar, aficionado a la marquetería, a veces hasta intenta trabajar con un brazo a la espalda, para ver cómo sería si hubiera quedado mutilado. “[El 11-M] me produce tristeza, pena y rabia”.

Luis Ahijado, la vida sigue con normalidad

Luis Ahijado estaba a tres metros de la bomba que estalló en el primer vagón del tren de la calle Téllez, donde fue el único superviviente. Podría ser una señal de su asombrosa capacidad de recuperación, sobre todo mental. La explosión le dejó tendido en el suelo del vagón y bastante herido. “Primero pensé que estaba muerto y luego que no debía de estarlo porque veía”. Lo que veía eran los cuerpos que tenía encima y que fue apartando para dirigirse a un punto de luz por el que se tiró del tren, aún en marcha. Estaba vivo pero muy desorientado. Tanto como para echar a andar por las vías ensangrentado y con la ropa echa jirones o para volver al tren a buscar su mochila. Allí le recogió la policía y le llevó al 12 de Octubre, donde ingresó con heridas en muñeca y mandíbula, oídos perforados, quemaduras en el iris y metralla en las manos y en la cara, donde ha perdido sensibilidad y aún hoy le duran los tics. Fue también testigo del caos en uno de los hospitales que atendió a más heridos. Como no estaba muy grave, no le pusieron en observación y en algún momento alguien le debió de decir que se fuera de donde estaba y él salió del hospital. Poco después se encontró con su familia, que le llevó a casa. Estuvo de baja dos meses y aunque él dice que no tuvo traumas y que el psicólogo le dijo desde el primer momento que no tenía que volver, su familia no olvida que tuvo dos años “muy duros”, en los que salía de casa más que entraba y dejó a su novia de toda la vida. “No soportaba tener seis ojos observándome constantemente”, dice por su hermana, su padre y su madre, quien años después sufrió el atentado de la T-4. “Yo me he visto bien siempre, me vi mal al principio, pero mi familia lo llevó peor que yo”. Hasta el punto de que tres semanas después de los atentados se fue a esquiar a los Alpes, algo que ya tenía planeado con sus amigos. Luis es aficionado a la fotografía, preparó una oposición de bombero, tiene formación de actor y es socio de una empresa de financiación colectiva (crowdfunding) a la que no le va mal. “El 11-M es una cosa que tienes ahí, yo me ponía a estudiar mi oposición y tenía pitidos; me rasco la cara y noto la mano en otro sitio. Lo tengo siempre presente pero he intentado hacer mi vida normal”, dice. Sea por él o por su familia, el próximo 11 de marzo Luis celebrará su décimo cumpleaños. Como es habitual ese día, todos librarán y comerán por ahí.

José Ranz, el peso de la culpa

Según la sentencia del 11-M, en octubre de 2007, tras un periodo de curación de 30 días, José Ranz había alcanzado la sanación sin secuelas. Pero aún hoy José es un hombre atenazado por la culpa por no haber ayudado a los heridos que vio a su alrededor en la estación de El Pozo, donde una bomba estalló unos vagones más allá del suyo, cuando se dirigía a trabajar desde Alcalá de Henares a Atocha. A él no le pasó nada en ese momento, pero vio un tren partido por la mitad, gente herida, con ataques de ansiedad. Cuando oyó a una señora gritar que había sido una bomba, su reacción fue empezar a correr y salir de la estación como pudo por un agujero que se había abierto en la alambrera que la separaba de la calle. Solo habló con un hombre, Roberto, que le ayudó a llegar a una estación de metro y con el que hoy aún mantiene el contacto. “Yo les miraba, ellos me miraban pero no hice nada”, dice 10 años después, cuando aún le corroe el sentimiento de culpa. Cuando salió de El Pozo fue a trabajar y llevó una vida normal hasta que una semana después un repentino dolor de estómago producto de lo que había vivido le llevó al hospital, donde pasó 10 días. Fue un año al psicólogo, que no consiguió hacerle ver que su reacción de alejarse sin ayudar a nadie era normal, puro instinto de supervivencia. “Le contaba al psicólogo que cuando escuché la palabra bomba salí corriendo y ahí los dejé a todos, que vi gente viva, llorando, que no les ayudé”. Cree que ese sentimiento no va a desaparecer “nunca” y hoy dedica su tiempo libre como voluntario para una asociación de víctimas. Como siempre desde entonces, el mes de marzo es duro y más lo será el día 11, especialmente esta vez que no es fin de semana, no podrá quedarse en su casa y tendrá que volver a coger el tren para ir a trabajar. “Durante el resto del daño estoy bien, pero llega el mes de marzo y me pongo mal. Es que yo pienso que va a volver a pasar”.

Vanesa Cabañas, cura a cámara lenta

 Ir en el vagón donde estalla un bomba no implica resultar herido ni tampoco reaccionar desde el primer momento. Esto le ocurrió a Vanesa Cabañas, que iba de Torrejón a la Universidad Politécnica cuando una bomba estalló en Santa Eugenia. Con la sensación de “estar en una película” donde todo pasaba a “cámara lenta”, llegó como pudo a su casa pero no logró curar su trauma hasta seis años después. Salió del vagón entre heridos por el suelo, vio a gente “como zombis, con la ropa rota y la mirada perdida”, e incluso se acercó a unos bomberos a los que oía hablar de Atocha para preguntarles si había pasado algo más. Le dijeron que no se preocupara y ella salió de la estación y tomó el primer autobús que vio, sin saber adónde la llevaba. Un amigo la localizó y fue a recogerla a Cibeles. La supuesta normalidad le dio incluso para, de camino a casa en coche, negarse a pensar que hubiera sido ETA como decían en la radio. Llegó a casa “eufórica, como de subidón tremendo”. En el centro de salud le detectaron estrés postraumático, le mandaron reposo y subirse a un tren lo antes posible, el lunes siguiente. Ese día tuvo una sensación de alivio al reconocer a las personas que se subían en su estación en el mismo vagón. “Me hizo muy feliz ver que no les había pasado nada”. Su vida normal continuó hasta que dos semanas después, de repente cayó “en la realidad: como cuando estás cayendo al vacío y de repente despiertas”. Hasta entonces, ni siquiera había llorado. “Era como si me hubieran anestesiado los sentimientos”. Pero ese día le bastó escuchar a unos compañeros comentar rumores de que también habría bombas en el metro cuando empezó a llorar, en un estado de nerviosismo que le impedía hasta respirar. Era una reacción latente que mucha gente tarda años en desbloquear. Fue un año al psicólogo y, aunque perdió el curso del 11-M, recuperó con creces al siguiente. Terminó la carrera, hizo un máster y empezó a trabajar en Aena. Y cuando creía que ya estaba recuperada, recayó cuando en 2010 murió un familiar. “Entonces empecé a caer yo también. Empezaron a venir a mi mente recuerdos, no dormía, tenía ansiedad, no podía ni leer un texto entero”. Entonces contactó con psicólogos de la Asociación de Víctimas del 11-M especializados en estrés postraumático. La trataron durante año y medio y Vanesa aprendió que el 11-M no se irá nunca pero también a convivir con él. “Lo tengo muy presente. Está ahí pero ahora no me hace daño. Antes estaba encapsulado, intentaba esconderlo y no me gustaba hablar de ello. Sobreviví emocionalmente seis años hasta que tuve que enfrentarme de nuevo”.

Virgil Popovici, diez años muy largos

“Estos 10 años se han hecho muy largos, pero por lo menos no estoy muerto”, dice Virgil Popovici, rumano, que en marzo de 2004 llevaba dos años en España. Esa mañana, se dirigía desde Coslada hacia el Paseo de Extremadura para trabajar en la construcción cuando una bomba estalló en su vagón a su paso por la calle Téllez, cerca de Atocha. “Sentí una explosión grande, no sabía lo que era, si una bomba o si nos había caído un avión encima. Y sabía que a mí también me había pasado porque estuve inconsciente unos 20 minutos”. Despertó en un vagón a oscuras, sepultado por cascotes de hierro y rodeado de gente malherida y de cadáveres. Aún se acuerda de una mujer en su vagón con las piernas cortadas y pidiendo auxilio. A ella tampoco la pudo ayudar “porque no podía ni conmigo mismo”. Logró salir por el agujero que había hecho la bomba. Primero le llevaron al hospital de campaña que se instaló en la misma calle Téllez. “Viendo el tren te dabas cuenta de que había ocurrido un atentado. Por un lado estás contento porque estás vivo”. Después, al hospital Gregorio Marañón, donde le trataron de heridas en la cara, el cuello y los pies, también tenía problemas de respiración por todo el polvo que había tragado y que le tuvieron cuatro días con la mascarilla de oxígeno puesta.

Salió del hospital cuatro días después, pero continuó su lucha por la supervivencia. Tuvo que estar sin trabajar otros dos meses, yendo a un psicólogo al que tenía dificultades para contarle lo que sentía porque no hablaba bien español. Como no tenía contrato para pedir una baja ni dinero para estar sin trabajar, volvió a la obra estando aún muy débil. Después llegaron los episodios de tristeza, días en los que decide no hablar con nadie, que le duran hasta hoy y que su mujer y su hijo –llegados pocos días después de los atentados desde Rumanía– presencian sin poder hacer nada. Por su parte, su mujer dice que cuando escuchó las noticias que venían de Madrid no podía evitar echarse la culpa por haberle dejado solo y también a los políticos de su país por no darles trabajo y obligarles a emigrar.

“Esto me ha cambiado la vida. Yo era un hombre normal y corriente y de repente te encuentras como medio hombre, débil, que olvidas cosas, que tienes miedo al ruido. Me veo diferente”. En este cambio de actitud también ha habido algo positivo, que ya nada le parece tan grave como lo que ocurrió hace 10 años. “Después del atentado, cada cosa mala que me ha pasado me ha parecido poco. Puedes insultarme, pegarme. No me ha pasado nada peor y espero que no me pase”.

Elisabeth Aguilar, el 11-M sin papeles

Cuando al mayor atentado terrorista de España se une el no tener papeles y el miedo a la deportación, surgen casos como el de Elisabeth Aguilar, natural de Cali, Colombia. Aquel día iba hacia Móstoles para cuidar a los niños de una familia que en marzo de 2004 le estaba tramitando los papeles para su regulación. El proceso se paró cuando el tren en el que viajaba estalló en la estación de Santa Eugenia. “Oí que explotaba la parte de delante. La gente corría hacia los vagones posteriores, pierdes el control de ti mismo, porque la gente peleaba por salir, uno siente que todo pasa por encima suyo y no sabes lo que pasa”. Cuando logró salir del tren, con la cara quemada y ensangrentada y serias heridas en un pie y en la mano, vio cadáveres y cuerpos mutilados que aún hoy le asaltan la mente. Para ella, la llegada de la policía no fue sinónimo de ayuda, sino de pánico, y su reacción fue escapar. “Sin papeles y con la deuda que tenía, yo debiendo tanta plata, yo pensaba ‘me deportan”. Con la ayuda de una mujer desconocida y, después de las personas con las que vivía entonces, logró, en un estado de seminconsciencia, llegar a su casa. Dos días después, no pudo aguantar los dolores y fue al hospital, donde quedó ingresada para evitar que el coágulo que se le había formado en la pierna evolucionara hacia algo más grave.

Diez años después, Elisabeth considera el 11-M como “algo con lo que convives toda la vida”. “Es parte de ti, algo que nunca se te va a olvidar. Sabes que viste algo horrible, que gente murió, que viste gente destrozada y eso te marca”. A los pocos meses, la que el 11-M era su gran preocupación empezó a disiparse, porque obtuvo la tarjeta de residencia. También la primera indemnización, de Renfe, 19.000 euros. Tras la sentencia del juicio del 11-M, en 2009, obtuvo la nacionalidad y la indemnización como víctima del Ministerio del Interior, 34.000 euros en su caso. Para ella, esta asistencia ha sido insuficiente porque, dice, por sus heridas ha tenido que dejar de trabajar y ahora solo subsiste con la ayuda de sus conocidos. Pero descarta volver a Colombia. “No pienso volver. Allá no me van a reconocer como nada. Yo vine sana, cómo me voy a ir hecha mierda, a hacer qué”.

Tania Torres, rabia por la culpa de otros

Si Tania Torres hubiera perdido un diente o se hubiera lesionado el pulmón por una caída o un accidente por su culpa, no hubiese llevado tan mal verse herida por un atentado en el que no tuvo nada que ver, que fue “culpa de otros, porque fue por política”. Así lo cree diez años después esta joven de origen ecuatoriano que tenía 18 años cuando estalló su tren en la estación de Atocha, tres años después de llegar a España. Por aquel entonces trabajaba limpiando en un bar en Nuevos Ministerios pero aquella mañana decidió dormir un poco más y tomar el siguiente tren al que cogía habitualmente. “Duerme como gato, que luego vienen las consecuencias”, recuerda que le dijo su hermana, sin poder imaginarse lo que le iba a suceder poco tiempo después. Aún hoy intenta no coger mucho el tren y se emociona cuando llega a la cúpula de la estación, por donde aquel día consiguió salir a la calle, sin saber muy bien cómo y sin pantalones. “Yo no sé ni cómo llegué hasta arriba, sin pantalón, recuerdo el frío que hacía y con una chaquetita blanca, porque tampoco sabía dónde estaba el abrigo”, recuerda. Ella fue una de las personas heridas a las que tantos taxistas en Madrid trasladaron aquella mañana a hospitales en ambulancias improvisadas. Como tantas otras, su familia también pasó la angustia de saber que estaba herida y no poder encontrarla. Finalmente dieron con ella en el Hospital Clínico, donde estuvo ingresada un mes y medio porque tenía un coágulo en el pulmón. También perdió audición y algo que, a sus 18 años, le preocupó especialmente. “Lo peor fue cuando me desperté y me di cuenta de que me faltaba un diente”, dice.

Además, Tania tuvo que ir al psicólogo y calcula que se recuperó “pronto, como mucho en tres años”. Su vida hoy es muy distinta de la de hace diez años, no solo porque tiene un trabajo mejor, en una cadena de hostelería, y tiene dos niños pequeños, sino porque el atentado cambió muchas cosas de su personalidad. “Me he puesto más a la defensiva. Yo antes era muy tranquila, pasaba de las cosas, ahora como que las valoro más, las hago pensando en que hoy estoy bien y mañana no sé cómo estaré porque en cualquier momento puede pasar cualquier cosa”. También ha cambiado, para mejor, la relación con sus padres, que se había deteriorado cuando la trajeron a España con 15 años y en lugar de darle estudios la pusieron a trabajar. A raíz del 11-M y como consecuencia de sus heridas empezaron a preocuparse por ella como cuando estaban en Ecuador. Diez años después, Tania está bien. “Tengo mis momentos, está ahí y siempre estará, no me voy a olvidar y además, lo del diente me lo recuerda”.

Inmaculada Díaz, dolores que no cesan

Diez años después, a Inmaculada Díaz la estación de Atocha le sigue oliendo a quemado y no soporta el pitido con el que se avisa de la apertura de puertas. También sigue luchando contra la depresión, los dolores de una fibromialgia que condiciona su vida y por que se le reconozcan como secuela de los atentados. Recién cumplidos los 40 años, se dirigía como todos los días a trabajar en el servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento de Madrid. El tren se había parado en Atocha y, justo cuando apretaba el botón para abrir las puertas, se produjo la primera explosión. Sigue sin ser fácil estar en la estación. Antes de la sesión de fotos ha tomado un ansiolítico y le cuesta sonreír. “Aquí es un poco raro tener una sonrisa”. Como cientos de personas, tras la primera explosión corrió hacia la calle entre empujones y caídas, como la suya, cuando varias personas le pasaron por encima. No sufrió heridas y cuando consiguió salir, tomó el autobús y se fue a trabajar. Cuando llegó, le dio un ataque de ansiedad y el hijo de la señora a la que asistía entendió que venía del lugar de las explosiones de las que ya hablaba la tele y la radio. La llevó a un centro de salud donde le detectaron estrés postraumático y nada más. Días después apareció la fibromialgia, los dolores permanentes por todo el cuerpo que han hecho más penosa la vida de alguien a quien el 11-M dejó un historial de psiquiatras y psicólogos e, incluso, un intento de suicidio. Hoy sigue luchando por que el Estado reconozca que sus dolores son consecuencia del estrés postraumático, tal y como les ocurrió a muchas personas afectadas en Nueva York por el 11-S. No está siendo fácil. Ahora anda en demandas contra la Seguridad Social para obtener una minusvalía parcial para poder cambiar de trabajo y dejar de levantar a personas de sus camas, cargar bolsas de la compra o limpiar, actos que aumentan sus dolores. De momento, sin éxito. Una doctora de un tribunal médico llegó a decirle que tenía que “aprender a vivir con esto y dar las gracias, porque lo tenía que tener más que olvidado”. Pero Inmaculada no tiene olvidado el 11-M. Aún evita el tren en la medida de lo posible y se sigue despertando pensando que está en un incendio. “No puedo entrar en centros comerciales. A mí me encantaban, pero desde entonces empiezo a agobiarme, lo primero que pienso es que van a poner una bomba”. “Para mí el 11-M no ha terminado, por mis secuelas”. En estos 10 años se ha sentido “abandonada” como afectada y “utilizada” como víctima. “No me gusta juntarme (con otras víctimas), es como si mi mente rechazara estar alrededor de esta gente”. Por eso no ha asistido a muchos homenajes y duda que lo haga en el décimo aniversario. “Fui cuando inauguraron el monumento de Atocha, pero fue todo pura política”, reprocha, con una amargura semejante a la que le produce pensar en que Jamal Zougam va a salir de la cárcel. “Que esta gentuza, que ha hecho lo que ha hecho y qué castigo le han dado. Sé que está feo decirlo, pero yo los encerraba y no los sacaba de allí. Y cosas peores”.

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