Congreso: tercer asalto de Iglesias
A su llegada a la Carrera de San Jerónimo de Madrid, Iglesias bascula entre el referéndum en Cataluña y las medidas de justicia social, una vuelta a los orígenes de Podemos solo dos años después pero tras muchos cambios de doctrina
Enero de 2014. Pablo Iglesias presenta en Madrid un movimiento para concurrir a las europeas, un “desafío” contra las políticas de austeridad y que contaba con las bases y partidos de izquierdas, incluida IU. Para financiarse no pediría créditos “a los bancos que queremos expropiar y a los políticos que queremos desbancar”. “El régimen del 78 está muerto y es hora de enterrarlo”, decía una de sus cabezas visibles entonces, Miguel Urbán, hoy eurodiputado y crítico con la dirección.
Cuando los 69 diputados de Podemos –42 elegidos en candidaturas con ese nombre y el 27 restante en las listas de En Marea, En Comú-Podem y Compromís-Podem– se sienten en sus escaños, habrán pasado dos años desde aquel acto. En este tiempo, la formación ha sido acusada de antisistema, socialdemócrata, de ser la UCD de nuestros días o de haberse aburguesado. Su entrada en el Congreso de los Diputados coincide con el abrazo definitivo a la celebración de un referéndum en Cataluña y con una vuelta a las esencias en la llamada ley 25, de “emergencia social” para prohibir los desahucios y el copago y garantizar que todos los hogares tengan luz y gas. Podemos las defiende por igual pero priorizar una sobre otra puede depender de que haya o no margen de acuerdo con el PSOE.
El motivo del vaivén sobre lo que defiende Podemos tiene que ver con el intento de desacreditar a un partido que ha puesto nerviosos al PP y al PSOE. También con su cambio de doctrina sobre lo que en cada momento era necesario para no ser ni de izquierdas ni derechas, sino para ocupar la “centralidad del tablero”.
El primer encontronazo de Podemos con la realidad fue al darse cuenta, en 2014, de que crear un partido político era el mejor instrumento legal para sus propósitos. Así se presentó Podemos a las europeas, pidiendo un referéndum para la privatización de toda empresa pública; limitar la propiedad privada de las empresas de comunicación; recuperar el control público de empresas en sectores energético, de telecomunicaciones, alimentación o transporte, o prohibir los toros. En la asamblea de Vistalegre de octubre de 2014, cuando Iglesias proclamó el famoso “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”, aún eran válidos unos postulados claramente situados a la izquierda. Un mes después, Ciudadanos empezaba a despuntar en las encuestas y Podemos inició el viaje al centro para mostrar que podía ser votado por unos y por otros.
Pasó de ser casi una organización asamblearia a tener una estructura piramidal de partido clásico. De primarias abiertas puras a otras con propuestas plancha, donde la dirección confirma sus preferencias.
OTAN y monarquía. En las propuestas, pasó de pedir un “referéndum vinculante” sobre la salida de la OTAN a apostar por “redefinir su papel” y a fichar a un exJemad como candidato. De abiertamente republicanos, a “asumir” el discurso de Felipe VI. De “renta básica” para todos, a una “renta mínima” para los ciudadanos con menos ingresos. Mantiene su oposición a los desahucios, aunque ahora cuando no haya una “alternativa habitacional”, que los afectados no tengan otro sitio donde ir. También ha experimentado una evolución en el país que debe ser referencia para España paralela a su visión en el plano económico. Llegaron afirmando que muchos aspectos de la Venezuela de Hugo Chávez, a la que algunos de sus líderes asesoraron, eran positivos. Eran los inicios, en los que apostaba por nacionalizar empresas y crear agencias públicas de rating. Se fueron distanciando de las políticas de Maduro y en diciembre Iglesias rehusaba valorar la victoria de la oposición alegando que no tenía tiempo para seguir la actualidad de otros países. Podemos se miró en el espejo de Grecia, tras la elección de Alexis Tsipras y el pulso que siguió entre su Gobierno y la UE por la renegociación de la deuda. Eran los tiempos en los que Podemos pedía una “auditoría ciudadana” para determinar qué parte de la deuda era “ilegítima” para no pagarla. Hubo un nuevo giro cuando Tsipras perdió. La intención de Iglesias pasó a ser, primero, llegar a un acuerdo con la UE para reestructurarla. Después, asumió que la deuda está en su mayoría en manos privadas, habría que negociar caso por caso y que en la UE lo más que se podía hacer era tratar de ampliar plazos para cumplir los objetivos de déficit, lo primero que hizo Mariano Rajoy cuando llegó a Bruselas hace cuatro años. En esta tercera fase, el modelo pasó a ser Islandia, que salió de la crisis y juzgó y encarceló banqueros.
Podemos sigue sin pedir créditos a los bancos; defiende una reforma fiscal para que paguen los que más tienen; el final de las puertas giratorias; derogar el artículo 135 de la Constitución, la reforma laboral y despolitizar la Justicia. También la idea chavista del referéndum revocatorio para los cargos electos. Uno de sus grandes virajes tiene que ver con la Constitución. De pedir un proceso constituyente, exige ahora una reforma constitucional para introducir cinco prioridades, entre ellas la defensa de los derechos sociales y la celebración de un referéndum de independencia en Cataluña, dos aspectos que compiten día a día por ser la primera de sus líneas rojas. Cataluña parece ser la prioridad en sus contactos con el PSOE. El discurso de Iglesias en la noche electoral, cuando se reivindicó como nieto de los perdedores de la Guerra Civil, recordó a los abuelos y trabajadores mermados por los recortes y proclamó que “la revolución no está en las barricadas, sino en las cosas pequeñas”, se une a la ley 25, con la que quiere volver a ser el referente del “pueblo” en el Congreso.



