Además de políticos, padres adoptivos

19 / 12 / 2008 0:00 Carmen Moraga
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Seis dirigentes políticos relatan su experiencia como padres adoptivos y el largo y complejo camino que tuvieron que recorrer hasta conseguirlo.

Sofía cumplió 8 años el pasado día 12 de octubre. “Es lista, muy guapa, cariñosa y algo despistada”, dice su padre, José Bono, con una sonrisa que delata que bebe los vientos por la cría, a la que él y su mujer, Ana Rodríguez, adoptaron en el año 2000 en Chile, cuando apenas tenía tres meses de vida. Desde el día en que llegó en su capacho al Palacio de Fuensalida en Toledo –Bono era entonces presidente de Castilla-La Mancha–, todo gira alrededor de Sofía, que a su corta edad ha aprendido a asumir los pros y los contras de tener un padre tan conocido e importante como el suyo. Quizá por esa vida expuesta siempre a las miradas curiosas de la gente a Sofía no le gustan nada las cámaras ni los fotógrafos. “Es que es algo tímida”, la disculpa su padre, que asegura que huye de los favoritismos. “Una vez estábamos en la cola del circo y al vernos me dijeron que no esperáramos; pero Sofía, muy digna, se negó alegando que me lo decían porque yo era ministro”. “Como yo no soy ministra, me quedo en mi sitio. Tú haz lo que quieras”, le dijo con desparpajo la niña, dejándole sorprendido. Sentado en su despacho de la Cámara Baja, Bono rememora los detalles de una adopción buscada y deseada –“sobre todo por Ana, que lo tenía muy claro”, puntualiza–, y que sumaba un miembro más a la familia numerosa que ya tenían, dos chicos y una chica por entonces adolescentes. Al presidente del Congreso le brillan los ojos cuando relata el día en el que fue a buscar al aeropuerto de Barajas a su mujer, que venía con la niña después de permanecer los tres meses de estancia preceptivos en Chile. Por razones de su cargo él sólo pudo quedarse quince días. “No pegué ojo.

Me fui con unos amigos y mis hijos a Madrid y no dormimos. Vimos amanecer tomando chocolate con churros en San Ginés”. Del emocionante momento guarda un vídeo que él mismo realizó y que le ha puesto mil veces a Sofía, a la que le explicaron su origen en cuanto tuvo uso de razón, sin traumas de ningún tipo, “antes incluso de saber lo que signifi caba la palabra adoptada”, dice Bono. “¿Qué puedo decirle yo a quienes se estén planteando adoptar un hijo? Pues que no piensen que están haciendo un favor al niño. Al contrario. En nuestro caso ha sido Sofía la que nos ha hecho un favor a nosotros”, afi rma, convencido.

Inma Riera (CiU).

El caso de Bono no es un hecho aislado entre nuestros políticos. Arañando un poco en sus vidas –algo que no resulta nada fácil porque son muy celosos de su intimidad– nos encontramos con otras emotivas historias que dejan asomar el lado más humano de aquellos que, como Bono, han decidido adentrarse en el largo y complejo camino que todavía sigue siendo la adopción en España. Un camino que, pese a todo, ha recorrido también con infi nita paciencia la diputada de CiU por Barcelona Inma Riera, cuyo hijo, Bholan, irrumpió en su vida a fi nales del verano de 2006. Tanto Inma como su marido han tenido desde siempre como un objetivo de vida la adopción. El momento les llegó cuando se trasladaron defi nitivamente a vivir a Barcelona después de varios años de mucho ajetreo laboral por diversos países del mundo. “Siempre deseamos que nuestro hijo procediese de un país que sintiéramos cercano, como era la India”, dice la diputada. Un país que conocían bien y con el que los dos comparten “el espíritu de su cultura y de su gente”. Sin embargo, una vez iniciado el proceso tuvieron que paralizarlo porque hubo modifi caciones en la política de adopciones hindú. Entonces se decantaron por la vecina Nepal. La pareja emprendió muy ilusionada un largo viaje a Katmandú salpicado de anécdotas. La historia de Bholan es especialmente emotiva. El Estado se había hecho cargo del niño al quedarse huérfano de unos padres que, en un principio, la diputada y su marido creyeron que eran su única familia. Sin embargo, posteriormente se enteraron de que tenía un hermano mayor, Ashok, que ahora tiene 12 años, con quien había convivido en el orfanato hasta su adopción. Sus esperanzas de reunir a los dos hermanos se vieron frustradas porque la actual ley nepalí impide adoptar otro niño del mismo sexo y mayor que el anteriormente adoptado. Aun así no se rindieron, y una vez en Barcelona decidieron “apadrinarlo para darle una formación hasta que la ley cambie –algo que ya se está moviendo–” y pudieran también adoptarlo, explica Inma. En cuanto pudieron volvieron a Nepal para que los hermanos se reencontraran. Inma se emociona al recordar el momento de ese primer encuentro. “Ashok abrazó a Bholan con todas sus fuerzas. Fue increíble”. Desde entonces viajan todos los veranos a Katmandú para que los chavales pasen unos días juntos. “Bholan ha cambiado nuestra vida, ha reforzado mucho nuestra relación, al tener este vínculo tan especial con nosotros”, afi rma, entusiasmada con el chico del que, como todas las madres, sólo habla maravillas.

Emilio Olabarría (PNV).

En las filas del Partido Nacionalista Vasco dos conocidos parlamentarios engrosan la lista de padres adoptivos. El diputado Emilio Olabarría y el senador Iñaki Anasagasti. Olabarría incluso ha formado familia numerosa con tres hijos adoptados: Pedro, de 10 años; Begoña, de 9; y Estíbaliz, de 8 años. A las niñas les puso esos nombres en honor a las vírgenes patronas de Álava y Vizcaya. Los dos mayores son siberianos y la pequeña, chilena. Su amplia experiencia le confi ere autoridad sufi ciente para hablar de lo que a su juicio hay que mejorar en el complicado proceso de adopción de un menor. Entre otras cosas, Emilio Olabarría denuncia que “es muy difícil superar tantos trámites, algunos de dudosa legalidad, en los países de origen”. “¿Por qué se tiene que exigir el certifi cado de idoneidad”, se pregunta el diputado vasco, que considera que es un requisito que, además de retrasar enormemente la adopción, hurga en asuntos innecesarios “como la estabilidad matrimonial”. Eso, además de una evaluación psicológica, de ver con qué medios económicos cuentas o si las infraestructuras de tu hogar son las adecuadas para el niño, “criterios de valoración que no están objetivados por ninguna norma y que son evaluados por las comunidades autónomas –que tienen las competencias transferidas sobre la adopción– de forma absolutamente arbitraria”, se queja Olabarría. Aun con todo, él y su mujer se lanzaron a adoptar por partida triple. “El vértigo fundamental es tomar la decisión, que en principio es traumática porque te cambia el curso de tu vida. Sólo cuando hay dudas o reservas entre uno de los dos miembros de la pareja se corre el riesgo de fracasar. En nuestro caso todo ha sido estupendo”, reconoce el diputado peneuvista después de narrar con todo lujo de detalles los viajes previos a Rusia que tuvieron que hacer hasta conseguir adoptar casi simultáneamente a Pedro y Begoña, sus dos hijos mayores. Poco después se lanzaron a completar la familia; esta vez en Chile, de donde es Estíbaliz. “Lo que más me motivó a adoptar fue conocer las bolsas de pobreza y de marginación que hay en casi todos estos países y el hacinamiento tan espantoso de sus orfanatos. Es atroz. Los niños están por lo general muy desatendidos”, dice Emilio Olabarría.

Iñaki Anasagasti (PNV).

Su compañero Iñaki Anasagasti y su mujer, Esther, tienen también dos hijos adoptivos: Iker, nacido en México, que ahora tiene 14 años, y Naiara, un par de años menor, nacida en Rumania. El senador del PNV recuerda la carrera de obstáculos que vivieron con ambos, ya que entonces no existía una legislación clara que regulara la adopción. “No había facilidades. Era como meterse en la niebla”, asegura. Anasagasti recuerda que estaba en pleno debate del Estado de la nación, en 1993, cuando le avisaron de que tenía una llamada importante: “Señor Anasagasti, es usted papá”, le dijo una voz al otro lado del teléfono. “La verdad es que me emocioné”, reconoce ahora enterrando todas las difi cultades que encontraron hasta que llegó el esperado momento. Él y su mujer partieron enseguida hacía México para recoger al niño, que acababa de nacer en un orfanato del barrio de Tlaplanta, y se instalaron en un hotel durante los tres meses que duró el proceso. “Cuando estás decidido a adoptar nunca te planteas si será rubio o moreno, guapo o feo... pero la verdad es que Iker ha resultado ser un chaval muy guapetón”, asegura con indisimulado orgullo, mientras recuerda riendo que un buen día le preguntó intrigado: “¿Y yo, por qué soy tan moreno?”. Poco tiempo después llegó a su casa Naiara. Tenía año y medio y provenía de una ciudad cercana a Bucarest. Gracias los buenos ofi cios de una abogada que les ayudó durante el proceso de adopción, Naiara pudo ser fi nalmente adoptada. La cría quiere ser gimnasta, no en vano Rumania es cuna de famosas atletas. Iñaki Anasagasti recomienda que jamás se oculte a un hijo que es adoptado, “para los adultos puede ser una palabra dura, pero para los niños, en absoluto. Hay que explicárselo de la manera más natural, sin esconder nada”, afi rma el senador vasco.

Mario Bedera (PSOE)

Una opinión que comparte el senador del PSOE por Valladolid Mario Bedera, ponente de la ley de adopciones internacionales y padre de una niña ucraniana. Su hija Marina, que acaba de cumplir 9 años, conoce de cabo a rabo su impactante historia. “Mi criterio es la naturalidad. Ir respondiendo sinceramente las preguntas de los niños según las van formulando; no adelantar acontecimientos. Normalidad y sinceridad serían para mí las claves”. Tanto es así que, estando un día con dos amigas chinas y una prima tres años mayor que ella, Marina le preguntó a esta última: “Y tú, ¿cuándo te enteraste que no eras adoptada?”. Dado que Ucrania no tiene ratifi cado el Convenio de La Haya, Mario y su mujer, Carmen, tuvieron que hacer todos los trámites de la adopción por libre. La pareja viajó en febrero de 2001 hacia Kiev, al centro nacional de adopciones de Ucrania, “sin conocer dónde nos enviarían, si nuestro hijo sería niño o niña”. Desde Kiev llegaron a una población a orillas del mar de Azov, Mariupol, tras un largo viaje “en un tren que recordaba a la película Doctor Zhivago, con su samovar y su carbonilla, recorriendo la estepa nevada”. Aunque no habían pegado ojo y llegaron agotados al orfanato, el senador no olvida el momento en el que vieron por primera vez a Marina. “Me pusieron en los brazos un envoltorio granate de donde asomaba una carita con los ojos adormilados y me dijeron que era mi hija”. Su mirada perdida e indiferente al cariño se le ha quedado grabada. Tenía dieciséis meses, pero no andaba. El matrimonio pasó cerca de dos semanas en Kiev visitando a Marina un par de horas cada día mientras se gestionaban los papeles en el juzgado. “El primer día nos miraba con los ojos muy abiertos, sin reír y sin llorar, porque estos niños no lloran. Al venir la cuidadora a por ella se me echó al cuello –relata con emoción–. Al día siguiente, cuando volvimos a verla, me reconoció y por primera vez me sonrió. En ese momento supe que dedicaría

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