23-F: el enigma de las ventanas
Un historiador militar asegura que dos tenientes de la Guardia Civil salieron del Congreso haciéndose pasar por agentes. Uno de ellos sigue en activo, pero lo niega todo.
Algunos hechos del golpe de Estado de 1981 siguen aparcados en la penumbra. Quedan aún cabos por atar. Por ejemplo, no se investigó a fondo la trama civil. Tampoco el grado de implicación de miembros del antiguo Cesid. Algunos responsables militares esquivaron una previsible condena gracias a que sus superiores hicieron la vista gorda, mientras que los principales responsables vivos de la asonada –el general Alfonso Armada y el teniente coronel Antonio Tejero– se han negado a hablar durante todo este tiempo de los preparativos del golpe y de las casi dieciocho horas que duró la violenta toma del Congreso de los Diputados. Demasiadas zonas sombrías. Al hilo del último aniversario, el pasado 23 de febrero, ha salido a la luz un hecho que, en su momento, pareció superfluo ante la magnitud de los acontecimientos. Se trata de la confusa salida de guardias civiles por las ventanas de la sede parlamentaria. El día del golpe, en torno a medianoche, Tejero ordenó cerrar los accesos de entrada y de salida del edificio tras entrevistarse con Armada. Había fracasado el plan para que este último impusiese a los diputados un Ejecutivo de unidad nacional con él de presidente de Gobierno. A raíz de ello, la tensión en el hemiciclo fue in crescendo entre rumores de un asalto por la fuerza a cargo de los geos y, tras el mensaje del rey Juan Carlos por televisión, empezaron a darse los primeros casos de malestar entre los guardias civiles que habían llegado con Tejero al Congreso. La práctica totalidad de ellos se sentían engañados o estaban allí sin saber para qué. Las salidas del edificio fueron al principio a cuentagotas. Primero, aprovechando la oscuridad de la madrugada. Luego, ya con luz diurna, entre las 8.00 horas y el mediodía, se produjo el grueso de los abandonos ante la indiferencia de los líderes golpistas. La secuencia era la misma: los grandes ventanales se abrían cada varios minutos y un guardia civil tras otro entregaba su fusil cetme antes de poner el pie en la carrera de San Jerónimo con las manos en alto. La mayoría de ellos sólo cumplieron el trámite de una rápida identificación. Los que salieron de noche, ni eso. ¿Aprovechó alguno de los oficiales el anonimato de la oscuridad o el cobijo de los subordinados para pasar desapercibido? En opinión del teniente coronel Javier Fernández, sí. Este militar en excedencia fue profesor universitario antes de convertirse en el actual delegado del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en la región de Aragón. Durante años ha investigado el 23-F y el fenómeno del militarismo en España, publicando libros sobre el entorno militar del Rey, la desarticulada Unión Militar Democrática (UMD) o los golpes militares que asolaron España en los siglos XIX y XX.
Gesto indigno
En su libro 17 horas y media, el tiempo que duró el 23-F, Fernández (en la foto de la siguiente página) señala con el dedo a dos tenientes de la Guardia Civil, Demetrio García y Juan Montoya, que estuvieron en el Congreso durante varias horas y que luego, misteriosamente, no fueron enjuiciados en el Consejo de Guerra. En el citado juicio, así como en la sentencia definitiva del Tribunal Supremo, hubo siete tenientes de la Benemérita que fueron condenados a un año de prisión. A otros dos se les impuso un año de suspensión de empleo. Todos ellos, junto a siete capitanes, se cuadraron ante Tejero en su despedida ante las puertas del Parlamento. Unas imágenes que fueron recogidas por las cámaras de televisión desde el exterior. ¿Por qué García y Montoya no estaban entre ellos? “Estos dos casos fueron únicos dentro de la Guardia Civil aquel día. El gesto que tuvieron fue indigno, pues se escabulleron por una ventana en medio de un grupo de guardias. Luego, nadie les delató, ni administrativamente para una sanción ni durante el juicio. Los demás se callaron”, explica el delegado del Gobierno a Tiempo en una conversación telefónica. Pasados los años, mantiene su sorpresa ante la presunta actitud que tuvieron estos dos tenientes, “quienes deberían haber aguantado hasta el último momento” junto a sus hombres siguiendo el ejemplo de los capitanes de barco, los últimos en abandonar un buque en caso de evacuación. Fernández apoya su argumentación en los testimonios de varios agentes que estaban a las órdenes de García y de Montoya, así como en los de los compañeros de éstos que luego fueron condenados en el macrojuicio del 23- F y con los que pudo hablar tras cumplir sus respectivas condenas. “Me lo contaron para publicarlo en un libro, no para procesarlos”, precisa este historiador militar antes de recordar que los eventuales delitos que se pudieron cometer durante la asonada han quedado prescritos hace tiempo.
La huida de ambos tenientes del Congreso fue de madrugada, según su relato, y tapándose las insignias que llevaban en la gorra. Para ello, desabrocharon un botón y giraron las estrellas que les delataban como oficiales. “Taparon las estrellas y se hicieron pasar por simples guardias”. Luego, el espíritu de compañerismo y camaradería dentro de la Benemérita hizo que el caso cayese en el olvido, lo que les salvó de una más que segura condena. “Hubieran sido procesados, como el resto de los tenientes, y condenados”, afirma Fernández sin ningún atisbo de duda. Demetrio García era en el momento del golpe de Estado un veterano teniente, de fuerte complexión física y con más de cuarenta años, pues provenía de la escala de tropa. Posiblemente finalizó su carrera militar con el grado de capitán. Sin embargo, Juan Montoya era el 23-F un joven teniente de la escala de oficiales. Estaba destinado en el subsector de tráfico de Madrid y en la actualidad es teniente coronel en la Academia de la Guardia Civil, en Úbeda (Jaén), para la formación de nuevos agentes. La llamada de esta revista le perturba después de tantos años, en los que ha querido pasar página. Montoya admite que estuvo “entrando y saliendo” del Congreso desde las 19.00 horas hasta antes de medianoche, ya que en el interior había compañeros de su zona, pese a que su comandante no estaba al corriente de la intentona golpista. Además, subraya que aquella tarde hubo un trasiego continuo de responsables de la Benemérita por el Congreso, empezando por el director general, José Luis Aramburu Topete, quien conminó infructuosamente a Tejero a desalojar el Hemiciclo. “Estuve dentro pululando por todas partes –añade el ahora teniente coronel– y sobre las 22.00 el comandante me dijo que sacara a los que pudiera de allí”.
Y a eso se dedicó, según sus palabras, hasta el cierre de las puertas. “Saqué a un montón de guardias cuando la cosa estaba muy negra. Les decía que tocaba el relevo y en dos autobuses salieron muchos”, insiste. Por último, niega completamente que saliese de incógnito. “Lo de la salida por las ventanas nunca me pareció lo más digno”, asevera. El enigma continúa.



