21-D, la hora de la verdad
Es el momento de reconquistar el destino que una parte venía dictando al conjunto de la sociedad catalana.
Durante su intervención en la manifestación del domingo 29 de octubre contra la DUI independentista, el escritor Félix Ovejero dijo algo reconfortante: “Las leyes son el poder de los que no tienen poder”.
Creo que reproduzco la frase con bastante fidelidad. El concepto no es nuevo, pero sí la manera de formularlo. Como también es bastante novedoso que un intelectual de izquierdas defienda sin complejo alguno la aplicación de un artículo tan disruptivo como el 155 de la Constitución. Ovejero, como después hizo Francisco Frutos con más vehemencia, le recordaba a esa generación de millennials que nacieron con un pan bajo el brazo, que la ley, cuando es respaldada libérrimamente por el pueblo, es la trinchera de los pobres; que ni Miguel Urbán, ni Dante Fachin, ni Alberto Garzón, ni ninguno de los que desprecian la Transición tienen la cuarta parte de legitimidad que aquellos que, sin violencia, construyeron un régimen de libertades.
Lo de aquella generación de políticos fue doblemente meritorio. Trabajaron en condiciones complejas, esquivando con habilidad y determinación la vigilancia a la que intentó someterles la retaguardia del franquismo. Es curioso, pero, en lugar de ser un mérito, aquella voluntad irreversible de cambio, aquella férrea decisión de dejar atrás el pasado a pesar de las extraordinarias dificultades que tuvieron que sortear, han acabado convirtiéndose, para estos niñatos malcriados, en un desdoro, en una mancha inaceptable que ya no es posible desinfectar. Como si aquella España hubiera desaparecido y solo quedaran las cenizas; como si reescribir la historia, al modo y manera de lo hecho por el secesionismo, e insultar a la generación política del 78 y a la inteligencia de todos los que ayudaron a sacar adelante el país, fuera la mejor manera de asentar el movimiento popular que cristalizó el 15-M en una alternativa real de Gobierno.


