¿Qué es un país competitivo?
El Gobierno quiere convertir la economía española en una de las más presentes en el mundo, sin que aún esté claro cuál es el modelo, si el de China o el de Suiza.
La competitividad ha ascendido a categoría de ministerio en el nuevo Gobierno, nada menos que en la cartera que dirige el también ministro de Economía, Luis de Guindos, el nombre que todos esperaban para conocer en quién recaería la tarea de recuperar la economía española. Relegada hasta ahora al nivel de Subsecretaría de Estado, surge como la segunda prioridad principal del Gobierno, un concepto -competitividad- “ambiguo”, según los análisis y expertos consultados por este semanario. En primer lugar, porque supone aplicar a los países un término ligado al ámbito de la empresa, que tiene que ver con la capacidad de una compañía de ganar cuota de mercado internacional, es decir, de colocar sus productos allá donde le sea posible. Las dudas sobre qué significa que un país sea competitivo surgen con el interrogante de qué es más importante, ser una potencia comercial o que sus ciudadanos tengan un elevado nivel de vida. Estos dos aspectos, que hasta ahora conjugaban sin problemas países como EEUU o Alemania, tienden a separarse cada vez más con la creciente hegemonía en el comercio mundial de países emergentes como China o India, con un crecimiento récord que no se corresponde con el nivel de vida de sus habitantes.
Federico Steinberg, investigador de Economía y Comercio Internacional del Real Instituto Elcano, explica que hay que tener en cuenta que mucho de lo que produce un país no es exportable. “El 70% del PIB español son servicios, y la mayoría no son comercializables, por ejemplo un corte de pelo o un taxi”, explica. Uniendo las exportaciones de un país y la producción que no es exportable, Steinberg concluye que un país competitivo es el que es capaz “de integrarse en la globalización y mantener y hacer crecer el nivel de vida de sus ciudadanos”.
Cree que el Gobierno debería tener un plan “a corto plazo” para aumentar sus exportaciones, que en la crisis actual es la mejor manera de aumentar los ingresos. Tradicionalmente, las ventas a otros países se animaban devaluando la moneda, algo que España no puede hacer desde que forma parte del euro. Por eso, la alternativa es “una devaluación interna, es decir, bajadas en los costes de las empresas” para que puedan ser más competitivas en el mercado internacional. Esto se consigue “o bien bajando los márgenes de beneficio o bajando los salarios o los costes de seguridad social”. “Y otra alternativa es aumentar el IVA”, que no se aplica a las exportaciones, con lo que no las penalizaría, y sí a las importaciones. A largo plazo, Steinberg considera necesaria una reforma educativa y más inversión en I+D.
Índice de Davos.
Estos dos planes, a corto y largo plazo, son precisamente las características de las dos visiones de países competitivos. Una es la que plasma cada año el Foro Económico de Davos en su Índice Mundial de Competitividad. En la última edición, los cuatro primeros situados fueron Suiza, Suecia, Singapur y Estados Unidos. España queda en el puesto 42 en una clasificación que evalúa a los 139 países del mundo de acuerdo al funcionamiento de sus instituciones (poca burocracia y corrupción y mucha transparencia), sus infraestructuras, el clima para hacer negocios, el buen funcionamiento del mercado interior, su sistema financiero (acceso al crédito) o su nivel de investigación y de sus servicios de educación y sanidad. En términos generales, España está lejos del nivel de los primeros clasificados y sus factores “más problemáticos” para la competitividad eran la falta de financiación (crédito), normas laborales “restrictivas” y una burocracia ineficiente. Les seguían una mano de obra inadecuadamente formada y un elevado nivel de impuestos.
Para uno de sus mayores estudiosos, Michael E. Porter, la competitividad no debería medirse en términos de comercio internacional, sino de productividad nacional, que “permite a un país soportar salarios altos, una divisa fuerte y una rentabilidad atractiva del capital y, con ello, un alto nivel de vida”. Y así debería ser en la economía española, según Fernando Luengo, profesor de Economía de la Universidad Complutense y miembro de la plataforma de debate sobre economía Econonuestra. Cree que debería darse un cambio en la “lógica empresarial”, que se apueste por la productividad de alto valor añadido y bien orientada al mercado, más que en la reducción de costes para mejorar la cuota de mercado. Sin embargo, a todas luces se está imponiendo otro modelo de competitividad, centrado en lo que cada país sea capaz de vender en el mercado internacional.
Superexportadores.
China ocupa el puesto 27 del Índice de Davos, a pesar de que no hay duda de su hegemonía comercial. China ya ha superado a Estados Unidos como primer exportador mundial y en los próximos años encabezará también la lista de los países más ricos del mundo. Según las previsiones del Departamento de Estudios del BBVA, en un lustro no quedará rastro del G-8, que hasta ahora situaba a las economías más industrializadas en Estados Unidos, Europa y Japón. China encabezará este nuevo ranquin, en el que Brasil, India o Indonesia desplazarán a Francia o Alemania. España pasará de la posición 12 a la 20 en 2016. A esta situación debía referirse Rajoy al hablar ante el Congreso del “mundo que surja de la crisis”, cuando apostó por “asegurar la plaza que corresponderá a España” en un mundo que “habrá cambiado las reglas, las condiciones de vida, el peso relativo de los países y su cotización internacional”.
China, Indonesia, Brasil o India forman parte del grupo denominado eagles (águilas). El término, acuñado por el centro de estudios del BBVA, se refiere a los mercados emergentes que liderarán el crecimiento mundial en los próximos 10 años, los que tienen las mejores condiciones para crecer y entre los que no hay países europeos. Las expectativas de su gran crecimiento económico (China crecerá un 8,4% en 2012; Indonesia, un 6,7%; e India, un 6,6%) contrastan con las estrecheces del tradicional mundo desarrollado. Por ejemplo, España, quinta economía de la UE, empezará 2012 con recesión y su crecimiento a final de año se situará en apenas un 0,7%, según la Comisión Europea.
El crecimiento de los eagles se basa en su capacidad exportadora gracias a costes de producción muy reducidos y a su atractivo para la inversión extranjera, gracias también a la ausencia de barreras o limitaciones regulatorias. Esta pujanza pone en peligro el nivel de vida que alcanzaron los tradicionales países más ricos y la hasta ahora certeza en el análisis de la competitividad, que considera probado que un descenso de las condiciones sociales y laborales de los ciudadanos -por ejemplo, una bajada de salarios-, es negativo. Luego considera que Europa no debería entrar en la carrera por el abaratamiento de costes sociales que es un hecho en las economías emergentes, algo en lo que nunca podrá superarlas. De momento, España prepara una nueva reforma laboral que avanza en el abaratamiento del contrato y la flexibilidad laboral que también pide Davos. Hasta que sea capaz de despegar en I+D, educación universitaria u otros aspectos, parece claro que tendrá que competir con estos grandes exportadores.
Mariano Rajoy ha escuchado la petición que hicieron hace meses los 450 principales exportadores españoles para que creara un Ministerio de Competitividad, y ha restructurado Economía, que ha arañado para sí las competencias de Comercio –en manos del secretario de Estado Jaime García Legaz, secretario general de la fundación FAES, a favor de la total desregulación- y la investigación, con Ciencia y Tecnología. Con ellas se abarcan sobre el papel las dos visiones de la competitividad: la productividad basada en el conocimiento, el nivel de vida y el buen clima político y de negocios y las exportaciones y la cuota de mercado. Dentro de cuatro años, veremos cuál de las dos ha ganado en la práctica.



