Los impuestos, culpables

13 / 01 / 2015 José María Vals
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La carga impositiva de las gasolinas impide que las caídas del precio del petróleo se trasladen al precio en las estaciones de servicio.

Hay una pregunta que se lleva repitiendo muchos años: ¿por qué cuando sube el petróleo suben las gasolinas y cuando el crudo baja la caída de precios de los carburantes es menor? La respuesta es sencilla. Por los impuestos. En ningún país del mundo los precios de las gasolinas y gasóleos dependen directamente del coste de la materia prima (el petróleo), porque en todas partes, aunque en algunas más que en otras, los Estados han descubierto que cobrar por cada litro que se consume es una buena fuente de ingresos.

En cifras concretas, el Estado tiene previsto recaudar este 2015 un total de 4.404 millones de euros por el Impuesto Especial de Hidrocarburos, que suponen la friolera de doce millones de euros diarios, procedentes de la parte que cada uno paga al fisco cuando llena el depósito de gasolina o compra gasóleo para la calefacción. Con la normativa actual, y para hacerse una idea exacta de cómo funciona esta hucha de Hacienda, hay que tener en cuenta que cada vez que se echa gasolina al coche, cuando se opta por la sin plomo de 98 octanos, por cada litro el Estado se lleva directamente por el impuesto especial 0,456 euros. En la de 95 octanos la cifra es de 0,424 euros y el gasóleo de automoción recauda 0,331 euros.

Pero además, las cifras tienen truco. Este impuesto se aplica legalmente como parte del precio final. Es decir, se suma antes de aplicar el IVA correspondiente, con lo que la recaudación real impositiva por cada litro de gasolina de 98 es de 0,55 euros, que pasan a ser 0,513 euros en la gasolina de 95 y 0,375 en el gasóleo de automoción. Esto hace que en España aproximadamente el 50% del precio final que se paga en la gasolinera corresponda a impuestos, lo que hace que sea muy difícil trasladar la caída de la materia prima al coste de las gasolinas.

Por reducción al absurdo, se podría llegar a pensar que alguna refinería decide un día regalar la gasolina. Es decir, que cobra cero euros por litro al gasolinero. Pero antes de llegar al surtidor ha tenido que ser transportada y la refinería ha tenido que hacer frente a los costes de transporte, además de a las tasas que paga por su aportación al Fondo Nacional de Eficiencia Energética y el coste adicional de adición de biocombustible. Como la gasolinera tiene que pagar los sueldos a sus empleados y mantener los surtidores para que funcionen, resulta que entre todas estas cosas habremos sumado, al nivel de costes medios actuales, trece céntimos de euros por litro. Todo esto se traduce en que incluso en el hipotético y absurdo caso de que las refinerías (Repsol, Cepsa, BP o cualquier otra) regalaran la gasolina, en el surtidor no costaría menos de 64,3 céntimos por litro.

Cotización internacional.

Esto da idea de que las fluctuaciones al alza o a la baja en el precio del petróleo difícilmente van a traducirse por igual en los precios de las gasolinas para los consumidores. En la actualidad, el 33% del coste final para quien llena el depósito de su coche depende del precio de la gasolina al por mayor. Si este sube en un 10% por ejemplo, la subida se traslada al consumidor por el efecto de los impuestos que se le suman. Pero si baja, la caída se ve amortiguada precisamente porque hay una cifra fija de impuestos que se siguen cargando independientemente de lo que le cueste al gasolinero un camión cisterna de gasolina.

El coste al por mayor de las gasolinas tampoco depende directamente del precio del crudo, sino de las cotizaciones internacionales de los productos ya refinados. Por ejemplo, de un barril de crudo que entra en una refinería, solo el 18,5% se convierte en gasolina, un 38,2% es gasóleo; un 16,2%, fuel industrial; un 6,5%, queroseno de aviación; un 17,8% se convierte en asfaltos y lubricantes; y un 2,7%, en gas. Cada uno de estos productos depende, evidentemente, del precio del barril de crudo, pero también de la ley de la oferta y la demanda internacional. En agosto es más cara la gasolina y más barato el gasóleo para calefacción mientras que en enero se produce el efecto contrario, y eso solo en el hemisferio Norte, porque en el Sur es justo al revés, debido a que allí agosto es invierno y en enero están en pleno verano.

Junto a esto, la demanda internacional de productos petrolíferos también tira al alza o provoca bajas en los precios finales de los combustibles. Cuando hay épocas de recesión o bajo crecimiento económico las industrias reducen su consumo energético por una menor utilización de instalaciones y transporte, al tiempo que los particulares también recortan su gasto en carburantes. En España, según señala la Asociación de Operadores Petrolíferos (AOP), las cotizaciones internacionales que afectan al precio mayorista de los carburantes son los vigentes en los mercados del Mediterráneo y norte de Europa, todos ellos nominados en dólares. Y aquí entra una nueva causa de distorsión: el cambio dólar/euro, ya que en épocas en las que la moneda europea está más floja, como ha pasado en los últimos meses, el coste del crudo es más caro para las refinerías europeas que cuando el euro está fuerte respecto de la divisa norteamericana.

Aun así, cuando baja el crudo los precios al por mayor de las gasolinas y gasóleos también caen. No en una proporción directa y exacta, pero caen. ¿Cómo se traslada este precio mayorista a las gasolineras? Un ejemplo ilustra la cuestión. El precio medio de un litro de gasolina en España en noviembre pasado era de 1,25 euros. De esta cifra, 68 céntimos (el 54,5%) eran impuestos. Otros 15 céntimos (12,5%) correspondían a los costes de logística y al margen comercial. Y los 42 céntimos (33%) restantes eran el coste al por mayor de la gasolina. Las cifras son reales.

Menos de la mitad.

Pues bien, si el coste al por mayor de la gasolina hubiera caído un 30% durante las semanas siguientes, en línea con la bajada del barril de petróleo, el precio de esa gasolina al por mayor habría quedado en 30 céntimos por litros en lugar de los 42 anteriores. El problema es que los impuestos no tienen en cuenta esta bajada y a este nuevo precio hay que sumarle los 64 céntimos que se cargan sí o sí a cada litro de gasolina de 95 octanos, más los 15 céntimos de los costes intermedios, que son más o menos fijos, y el IVA que carga. En total, el nuevo precio del litro de gasolina en surtidor sería de 1,09 euros, exactamente un 13% menos que antes. Es decir, que mientras la gasolina al por mayor ha caído un 30%, el peso de los impuestos fijos hace que el precio final en gasolinera solo haya bajado un 13%, menos de la mitad.

Desde la AOP se insiste en que dadas las cifras que se manejan en la composición final del precio de las gasolinas, es un error pretender que los porcentajes de caída del precio del petróleo, e incluso el de los precios mayoristas de los carburantes, puedan ser trasladados de forma directa al coste de cada litro de carburante en los surtidores de las gasolineras. Es verdad que hay una norma de mercado que señala que cuando el precio del petróleo baja, como las compañías ganan menos vendiendo el crudo, intentan rescatar parte del beneficio perdido subiendo los márgenes de las refinerías, pero eso depende, y mucho, de cada época en la que se vendan los productos terminados y de la presión de los mercados internacionales.

Por ejemplo, entre el 30 de junio y el 5 de diciembre pasados, etapa en la que se ha producido el grueso de la reducción del precio del crudo, el precio internacional de la gasolina sin plomo de 95 octanos bajó de 58,2 céntimos a 41,5 céntimos por litro, lo que supone una caída real del 30%, mucho más cercana que la experimentada por los carburantes a pie de gasolinera. Y ello no es porque hayan subido los márgenes, sino por la aplicación de impuestos que no son porcentajes, sino que suman una cantidad fija más IVA a cada litro vendido.

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