El incendio griego aún echa mucho humo

17 / 07 / 2015 J.M. Vals
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La crisis griega está lejos aún de quedar resuelta. Es una auténtica carrera de obstáculos.

Si se compara la situación griega con un incendio forestal, podría decirse que el fuego ha sido controlado pero no extinguido. El acuerdo aceptado finalmente por el primer ministro heleno, Alexis Tsipras, contra su voluntad –según dice él mismo– y la de una parte importante de su partido, sirve inicialmente para que la crisis no se les vaya a todos de las manos y Grecia acabara saliendo precipitadamente del euro, bien a petición propia o por puro estrangulamiento de su economía.

Los bomberos que apagan fuegos en el monte saben, sin embargo, que controlar el perímetro de las llamas no basta. Es el primer paso para evitar desastres mayores, pero aunque es muy importante, luego queda un largo y penoso trabajo. Hay que apagar totalmente el incendio y enfriar los rescoldos para que no vuelvan a arder. Y todo ello bajo la amenaza permanente de un cambio de viento que convierta en inservible todo el esfuerzo realizado hasta ese momento.

A nadie, ni a los griegos ni al resto de los socios del euro, le interesa que Grecia abandone la divisa común. Todos han tratado de arrimar el ascua a su sardina en las negociaciones y al final todos se han dejado pelos en la gatera. Los políticos helenos y muchos votantes de Syriza, que en algunos casos han llegado a calificar de “capitulación” la firma del pacto, se encaminan hacia un nuevo plan de ajustes y reformas, después de que el primer ministro, Tsipras, reconociera que el drama habría sido de proporciones no medibles si el país hubiera optado por volver a su antigua moneda, el dracma.

Desde la parte europea, el pacto ha sido calificado de muchas maneras, aunque la más usual ha sido la de “justo”. Lo que nadie dijo la mañana del anuncio, que daba término a 17 largas horas de negociación, es que el acuerdo no había previsto cómo se iba a financiar en el corto plazo. Es decir, que la UE, el FMI y los mandatarios de los países socios del euro no sabían –y aún no lo saben a ciencia cierta– quién va a pagar la cuenta de las primeras rondas.

El primer reto era la necesidad de insuflar 3.500 millones de euros al maltrecho Tesoro Público griego para que pueda devolver el 20 de julio un préstamo por igual cuantía que le hizo el BCE y que vence ese día. Además, y hasta que el mecanismo europeo de rescate pueda empezar a soltar dinero en grandes cantidades (el pacto incluye hasta 85.000 millones de euros) el país heleno necesita un crédito puente, o varios, para ir cubriendo necesidades básicas financieras.

El problema inglés. Levantar el corralito bancario también necesita liquidez del BCE y el dinero solo llegará si previamente se le pagan las deudas pendientes. Para complicar más la situación, el Gobierno británico ha dicho que el Reino Unido no está en el euro y que lo de Grecia no es su problema, con lo que los europeos continentales se pueden ir olvidando de utilizar mecanismos de ayuda en los que haya participación británica, como puede ser el Fondo de Estabilidad Financiera Europeo.

Sin embargo, este mecanismo, que es la solución transitoria preferida por la Comisión Europea y los socios del euro, no necesita unanimidad para ser usado. Con una mayoría suficiente se puede usar el dinero, incluso con el voto en contra del Reino Unido. El Gobierno británico se ha comprometido a convocar un referéndum sobre la permanencia en la UE antes de que acabe 2018 y eso enrarece aun más la situación.

Y desde el punto de vista interno, Grecia afronta reformas fiscales y laborales que van a provocar malestar social justo antes de que se convoquen elecciones generales anticipadas. Mucho agua y mucho trabajo van a hacer falta para que el incendio griego quede por fin extinguido. Y eso sin contar con que una votación, en Grecia o fuera, cambien el rumbo del viento.

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