Manchester frente al mar

02 / 03 / 2017 Ricardo Menéndez Salmón
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El logro del filme es la contención con que narra el infierno de un hombre común.

Hay pérdidas de las que no se regresa. Heridas que ningún tiempo cierra. El dolor, que como los seísmos posee una escala, posee también un grado cero, alcanzado el cual la vida, aunque siga su curso, se protege mediante una especie de inercia. Vida estricta, puramente biológica, que satisface unos apetitos básicos (sueño, alimento, respiración), pero que en realidad se reduce a mera prórroga. Vida sin los aditivos de la belleza, la alegría o la búsqueda de un sentido. Vida que se agota en su cumplimiento orgánico, sin otra expectativa que la de prolongarse hasta que el motor que la anima se detenga.

La existencia de Lee Chandler, el personaje que Casey Affleck borda en Manchester frente al mar, ingresa por derecho propio en el olimpo de los grandes dolientes de la historia del cine. Pocas veces nos habrá sido narrada la vida de alguien que haya alcanzado fuentes tan lejanas e inagotables de sufrimiento. Y pocas veces esa tragedia íntima, de la que ningún hombre puede reclamarse completamente libre, al margen, habrá hallado una representación escénica tan austera, seca, ausente de impostura. Porque cualquier espectador, al acceder a una tragedia ajena, trabaja con dos hemisferios: uno emocional; otro racional. Mérito del director Kenneth Lonergan es haber respetado la privacidad del primero de esos mundos para que quien contempla su película reconstruya el peaje del dolor por sus medios. En Manchester frente al mar el dolor nos es mostrado in nuce, fruto grosero, exacto en su gigantesca magnitud, pero no contaminado por derrumbes grandiosos, cámaras lentas, subrayados innecesarios. La contención con que se narra el infierno de un hombre común, cuya culpa no tiene fecha de caducidad, es el mayor logro de esta obra. Tanto más cuanto que, a la postre, en su desolación, la película apunta a la posibilidad de un más allá tras la debacle.

O dicho de otro modo. Existe una confianza no infantil ni gratuita, sino madura, reflexiva, en la evidencia de que la vida, aun contra corriente, se abre camino. Y no al modo de esas insípidas recreaciones de la esperanza a las que cierto lenguaje cinematográfico nos ha acostumbrado, sino a la manera dubitativa, penosa y compleja con la que los personajes de Manchester frente al mar, hombres y mujeres cuyo corazón se ha secado, intentan reconstruir las ruinas. Padres, madres, hermanos, hijos, hijas y amigos desgarrados por el fracaso del amor, el pasmo de los accidentes, la ceguera de la fatalidad. Del recordatorio constante de esta frágil y a la vez férrea circunstancia que nos resume, del hecho de que somos seres condenados a caer pero nutridos por la empatía, el juicio justo, la posibilidad del perdón, se alimenta esta película conmovedora, un exacto retrato de una pena, un penitente y una penitencia

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