La edad de la nada
El ensayo de Watson sobre Nietzsche nos lleva a una contemporaneidad tomada por dioses en apariencia nuevos.
Entre la muerte de Dios, decretada por Friedrich Nietzsche, y el amplio territorio de la nada se extiende un horizonte ideológico disputado por la religión, el psicoanálisis, la estética del arte y esa filosofía casera de la autoayuda que tanto ayuda a sobrevivir a sus filósofos. Herramientas con las que el hombre moderno intenta combatir el vacío de la divinidad, bien divinizando lo humano, bien naturalizándolo en el ciclo temporal y material de los seres vivos, al que pertenece.
A propósito del tornado que en su día levantaron las ideas de Nietzsche, ese musculoso divulgador que es Peter Watson nos acaba de ofrecer un interesante y globalizador ensayo –La edad de la nada (editorial Crítica)– en el que, arrancando de la axiomática muerte de Dios, nos conducirá hacia una contemporaneidad tomada por un panteón de dioses en apariencia nuevos, aunque algunos de ellos finalmente se revelarían tan antiguos como el becerro de oro.
En su momento, la antirreligión nietzscheana del superhombre, nueva en Europa, generó experimentos colectivos como aquella dionisíaca danza de Laban que preconizaba un éxtasis grupal cuya ceremonia, que perfectamente pudo haber sido oficiada por el sicofante, sacerdote de la palabra o poeta Stefan George, dejaría sin aliento al mismísimo George Bernard Shaw, poco sospechoso de rendirse a trascendencia alguna.
Pero no todo a principios del siglo XX giraba en torno al antiCristo. William James maldijo lo absoluto en todas sus vertientes y George Santayana, un filósofo harto interesante –de origen español, por cierto– consideraba que la vida nada tenía de sobrenatural, recomendando a sus discípulos que descartasen la búsqueda de la eternidad. Algún placebo había que incorporar y Bergson defendería un élan vital como sustitutivo del alma clásica, sosteniendo que dicho impulso era de naturaleza científica.
El cubismo, el futurismo, el dadaísmo, el círculo de Bloomsbury y la revolución soviética multiplicarían los apóstoles de la edad de la nada. Woolf, Joyce o Ezra Pound despojaron de límites, de principio y fin, a sus textos más emblemáticos, de la misma forma que la naturaleza se negaba a acogerse sino a su propio impulso, o élan salvaje. Mallarmé inventaba un interespacio para un lenguaje en el que Wittgenstein no creía, y Valèry sentenciaba que los valores espirituales y biológicos se encontraban en “recíproca irrelevancia”.
Pero el imperio de Nietzsche permanecería incólume. El libro más leído entre los soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial fue Así hablaba Zaratustra, texto que también Lenin, junto con El nacimiento de la tragedia, tenía sobre la mesa. La fascinación de Nietzsche, su emulación con matices místicos o nacionalistas se reencarnaría en personajes tan esotéricos como Yeats o madame Blavatsky, amén de en la división musical de la rama dorada –Scriabin, Stravinski, Schoenberg–, y en la pictórica, con Mondrian: “El objetivo del arte es la claridad espiritual”.
La nada espiritual y filosófica estaba llena de sorpresas.



