Vercoquin y el plancton
Esta novela, sorprendentemente, permanecía inédita en España y se publica ahora en una espléndida traducción de Lluís Maria Todó. Comienza con una surprise-party y termina con otra.
Nació y murió en Francia (1920-1959) y fue novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz, ingeniero y traductor. Escribió diez novelas, entre las cuales se cuentan, además de este Vercoquin (1943), La hierba roja, La espuma de los días y Escupiré sobre vuestra tumba.
Vercoquin y el plancton /Boris Vian /Impedimenta / 219 págs. /Precio: 19E /Publicación: 2 de septiembre.
Como quería hacer las cosas correctamente, el Mayor decidió que aquella vez sus aventuras empezarían en el preciso instante en que se encontrara con Zizanie.
Hacía un tiempo espléndido. El jardín se erizaba de flores recién eclosionadas, cuyas conchas formaban en los senderos una alfombra que crujía bajo los pies. Un gigantesco rascachico de los Trópicos cubría con su densa sombra la esquina formada por el encuentro entre los muros sur y norte del suntuoso parque que rodeaba la mansión –una de las múltiples mansiones del Mayor. En aquel ambiente íntimo, al canto del secular cuclillo, aquella misma mañana, Antioche Tambretambre, brazo derecho del Mayor, había instalado el banco de madera de cacucha de vaca pintada de verde que solía utilizarse en aquel tipo de ocasiones. ¿Y de qué ocasión se trataba? Ha llegado el momento de decirlo: estábamos en el mes de febrero, en plena canícula, y el Mayor estaba a punto de cumplir los 21 años. Así que daba una surprise–party en su casa de Ville–d’Avrille.
En Antioche recaía la entera responsabilidad de la organización de la fiesta. Tenía gran costumbre en este tipo de diversiones, cosa que, unida a un notable entrenamiento en el arte de consumir sin daño alguno hectolitros de bebidas fermentadas, lo designaba mejor que a cualquier otro para la preparación de la surprise–party. La casa del Mayor se prestaba perfectamente a los designios de Antioche, que quería dar a dicha fiesta un esplendor deslumbrante. Antioche lo tenía todo previsto. Un tocadiscos de catorce lámparas, dos de ellas de acetileno, por si los apagones, presidía, instalado por él, el gran salón del Mayor, ricamente decorado con esculturas colocadas sobre glándulas endocrinas que el profesor Marcadet–Balagny, famoso profesor del Instituto Condorcet, mandaba fabricar en la Enfermería Especial del Depósito especialmente para sus dos colegas. En la gran estancia, acondicionada para la circunstancia, sólo quedaban algunos sofás cubiertos con piel de narvik lustrada que despedía reflejos rosa bajo los rayos del sol, que ya calentaba lo suyo. Veíanse además dos mesas rebosantes de golosinas: pirámides de pasteles, cilindros de fonógrafo, cubos de hielo, triángulos masónicos, cuadrados mágicos, altas esferas políticas, conos, arroz, etc. Botellas de nansú tunecino se codeaban con frascos de tocado, ginebra Fúnebre (de Treport), whisky Lapupacé, vino Ordener, vermut de Turingia, y tantas bebidas delicadas que resultaba difícil aclararse. Los vasos de cristal bronceado dispuestos en prietas filas delante de las botellas estaban dispuestos a recibir las mixturas astringentes que Antioche se disponía a componer. Unas flores adornaban las lámparas y sus penetrantes aromas casi hacían girar los ojos, de tanto como impresionaba su imprevista fragancia. Las había elegido Antioche, como todo. Finalmente, montones de discos, en altas pilas tornasoladas, con superficies de simétricos reflejos triangulares, esperaban, llenos de indiferencia, el momento en que la aguja del pickup, desgarrando su epidermis con aguda caricia, arranca-
ría de su alma espiralada el clamor que llevaban aprisionado en lo más hondo de sus negros surcos.
Allí estaba en particular Chant of the Booster, de Mildiu Kennington, y Garg Arises often down South, interpretado por Krüger y sus Boers…
La casa estaba situada en las cercanías del parque de Saint–Cloud, a 200 metros de la estación de Ville–d’Avrille, en el número 31 de la calle Pradier.
Una glicina 30% químicamente pura daba sombra al majestuoso porche que se prolongaba en una tirada de dos escaleras que daban acceso al gran salón del Mayor. Para llegar al porche propiamente dicho había que subir 12 escalones de piedras estrechamente imbricadas entre sí, que de tal modo formaban, gracias a dicho ingenioso artificio, una escalinata. El parque, de una superficie de diez hectáreas (ya parcialmente descrito) estaba poblado por variadas esencias, incluso, en ciertos puntos, por colonia nacional. Los conejos salvajes merodeaban día y noche por el césped buscando lombrices de tierra, un alimento que encanta especialmente a dichos animales. Sus largas colas se arrastraban tras ellos produciendo ese crujido característico cuya perfecta inocuidad ha sido gustosamente reconocida por todos los exploradores.
Un mackintosh domesticado que llevaba un collar de cuero rojo claveteado de alabastro se paseaba por los caminos con aire melancólico, añorando sus colinas natales en las que abunda la gaita.
El sol depositaba sobre todas las cosas su clara mirada de ámbar hervido y la naturaleza en fiestas se reía a mandíbula batiente mostrando todos sus dientes, de los que tres cuartas partes estaban cubiertos de oro.
Dado que el Mayor todavía no se ha encontrado con Zizanie, sus aventuras tampoco han empezado aún, y por consiguiente todavía no puede entrar en escena. De modo que ahora nos transportaremos a la estación de Ville–d’Avrille, al minuto en el que el tren de París desembocó del túnel umbrío destinado a proteger de la lluvia parte de la vía férrea que une Ville–d’Avrille con Saint–Cloud.
Mucho antes de la parada completa del tren, una masa compacta de gente se puso a manar desde las portezuelas con cierre automático que tanto enorgullecían a los asiduos de la estación Saint-Lazare –por más que ellos no tengan la menor responsabilidad en ello– , hasta la puesta en funcionamiento, en las líneas de Montparnasse, de esos vagones llamados inoxidables que acumulan portezuelas automáticas y estribos que se levantan (o se bajan a voluntad), lo cual no es ningún juego.
Aquella masa compacta empezó a desfilar a sopetones hasta el único portillo, que guardaban Pustoc y sus greñas pelirrojas. Aquella masa compacta de gente comprendía gran número de jóvenes de ambos sexos que añadían a una falta total de personalidad tal libertad de modales que el hombre del portillo les dijo:
–Para ir a la casa del Mayor tenéis que cruzar la pasarela, tomáis la calle que hay frente a la estación y después la primera a la derecha. La primera a la izquierda y ya estáis.
–Gracias –dijeron los jóvenes, que iban provistos de muy largos trajes y muy rubias compañeras. Eran unos 30. Otros llegarían en el próximo tren. Otros llegarían en auto. Todos iban a casa del Mayor.
Subieron por la avenida Gambetta con paso lento, berreando como parisinos en el campo. No podían ver una planta de lila sin gritar: “¡Oh, mira, lilas!” Era algo inútil. Pero el grito demostraba a las chicas que entendían de botánica.
Llegaron al 31 de la calle Pradier. Antioche se había cuidado de dejar la verja abierta. Entraron en el hermoso parque del Mayor. El Mayor no estaba, puesto que Zizanie había de llegar en auto. Hicieron rabiar al mackintosh, que hizo “Psssh”, y se fue. Subieron los escalones de la escalinata y entraron en el salón. Entonces Antioche desencadenó los vértigos harmónicos del tocadiscos y la surprise–party, o pretendida tal, dio comienzo.
En aquel momento, un auto roncó en la verja, entró en el parque, subió por el camino de la izquierda, giró para venir a detenerse delante de la escalinata, se detuvo efectivamente y volvió en marcha atrás porque el conductor se había olvidado de apretar los frenos, volvió hacia delante, se detuvo delante de la escalinata, y se quedó quieto.
Del auto bajó una muchacha. Era Zizanie de La Houspignole. Y detrás de ella venía Fromental de Vercoquin.
Entonces se produjo un gran silencio y el Mayor apareció en lo alto de la escalinata.
Dijo: “Hola”... y se notaba que estaba impresionado.
Así pues, impresionado, el Mayor descendió algunos escalones, estrechó la mano a los dos recién llegados y los introdujo en el gran salón adornado con parejas que se agitaban al ritmo de Keep My Wife until I Come Back to My Old Country Home in the Beautiful Pines, down the Mississippi River that Runs across the Screen with Ida Lupino, el último tema de moda. Era un blús de once compases punteados en el que el compositor había introducido hábilmente algunos pasajes de vals swing. Un típico disco de comienzo de surprise–party, no demasiado lento, estimulante, que hacía el suficiente ruido como para cubrir los rumores de conversaciones y pies agitados.
El Mayor, ignorando bruscamente la presencia de Fromental, asió a Zizanie por la cintura con dos manos y le dijo:
–¿Baila usted conmigo?
Ella respondió:
–Pues claro...
Y él deslizó su mano derecha hasta las cercanías del cuello de ella, mientras que con su siniestra apretaba los dedos de la rubia niña, colocados sobre sus hombros musculosos.
El Mayor tenía una manera de bailar bastante personal, que al principio desorientaba un poco, pero a la que uno pronto se acostumbraba. De vez en cuando, parándose sobre el pie derecho, levantaba la pierna izquierda de manera que el fémur formara con el cuerpo, que se mantenía vertical, un ángulo de 90 º. La tibia permanecía paralela al cuerpo, después se apartaba de éste ligeramente en un movimiento espasmódico, y durante este tiempo el pie permanecía perfectamente horizontal. Una vez la tibia volvía a la vertical, el Mayor bajaba el fémur, y después seguía bailando como si nada. Evitaba los pasos muy largos, que cansan mucho, y permanecía siempre visiblemente en el mismo lugar, con una sonrisa boba en los labios.
Mientras tanto, su activa mente le sugirió una original entrada en materia.
–¿Le gusta a usted bailar, señorita?
–Oh, sí –respondió Zizanie.
–¿Y baila usted a menudo?
–Pues... sí —respondió Zizanie.
–¿Qué es lo que más le gusta? ¿El swing?
–Ah... sí –respondió Zizanie.
–¿Y hace mucho tiempo que baila el swing?
–Pues... sí–respondió Zizanie con asombro.
Aquella pregunta le parecía superflua.
–No vaya usted a creer ni por un instante –prosiguió el Mayor– que le pregunto eso porque crea que baila usted mal. Sería absolutamente falso. Usted baila como una persona que tiene la costumbre de bailar con frecuencia. Pero podría tratarse de un don, y resultar que usted hace poco tiempo que baila...
El Mayor se rió tontamente. Zizanie también se rió.
–En resumen –prosiguió él–, ¿baila usted a menudo?
–Sí –respondió Zizanie con convicción.
En aquel momento, el disco se paró y Antioche se dirigió hacia el instrumento para apartar a los importunos. El tocadiscos era automático y nadie tenía por qué acercarse a él. Pero una tal Janine, bastante peligrosa para los discos, se encontraba allí y Antioche quería evitar toda complicación.
Mientras tanto, el Mayor dijo:
–Muchas gracias, señorita.
Y no fue más allá.
Entonces Zizanie dijo:
–Gracias a usted –y se apartó ligeramente, buscando a alguien con la mirada. Entonces surgió Fromental de Vercoquin y se apoderó de Zizanie. En aquel preciso instante resonaban los primeros compases de Until My Green Rabbit Eats His Soup like a Gentleman, y el Mayor sintió su corazón mordido por el aguijón de una pulga que se encontraba alojada entre su camisa y su epidermis.
Y Fromental, que a pesar de las apariencias y por más que la hubiese traído en su auto, conocía bastante poco a Zizanie, a la que había encontrado ocho días antes en casa de unos amigos comunes, consideró que era su deber darle conversación durante aquel baile.
–¿No había venido nunca a casa del Mayor?
–No, no... –respondió Zizanie.
–Aquí uno no se aburre jamás –dijo Fromental.
–¿Ah no? –respondió Zizanie.
–¿No había visto nunca al Mayor?
–Pues no –respondió Zizanie.
–¿Se acuerda de aquel individuo que vimos la semana pasada en casa de los Popeye? Aquel alto con el pelo castaño ondulado. ¿Sabe a quién me refiero? Es un asiduo... ¿Sabe quién quiero decir?
–No... –dijo Zizanie.
–¿No le gustan los valses? –dijo él por cambiar de tema de conversación.
–No –dijo Zizanie con convicción.
–No crea que se lo pregunto porque baile usted mal el swing –dijo Fromental–. Al contrario, creo que baila usted estupendamente bien. Tiene una manera de seguir... como un guante. Yo juraría que usted ha tomado lecciones con profesionales.
–No... –respondió Zizanie.
–Pero en resumen, ¿hace mucho tiempo que baila usted?
–No... –respondió Zizanie.
–Qué lástima... –dijo Fromental–; pero sus padres la dejan salir con facilidad, ¿verdad?
–No... –respondió Zizanie.
El baile tocó a su fin junto con el disco. Había durado un poco más que el que bailara con el Mayor porque cuando éste había atraído a la bella a su órbita, la canción anterior ya había comenzado.
Fromental dijo:
–Gracias, señorita –y Zizanie respondió:
–Gracias, caballero.



