Un mujeriego llamado Lope
El estreno de la película Lope pone de moda la escabrosa vida del gran dramaturgo.
Osado, inconformista, extremo, un punto pendenciero y un mucho ególatra, pero sobre todo mujeriego. Incansable y hasta la médula. Así fue Félix Lope de Vega, el hombre que se añadió el blasón Carpio en una apoteosis de vanidad y como homenaje al héroe de leyenda Bernardo del Carpio, de quien fantaseaba ser descendiente.
La vida del Fénix de los ingenios dista de esa imagen mil veces vista en los libros de texto, con su cara de buena persona, hábito sacerdotal y cruz de Malta al hombro. Tormento de maridos, actrices, amantes despechadas y hasta de una esposa que tuvo que criar a sus bastardos, fue también un portento que no paró de escribir entre lances, huidas y desventuras. Y así lo presenta el cineasta brasileño Andrucha Waddington en la película que acaba de llegar a las pantallas españolas: un joven Lope, aventurero y enamoradizo, atrapado de continuo en sus pendencias. El papel lo borda Alberto Amman, el actor argentino que se destapó con Celda 211 y sigue aquí con la misma sobriedad y convicción.
Es una pena que la película no acabe de convencer al público por el marcado arancel que paga al cine de acción impuesto por Hollywood. A unos les gusta y otros salen decepcionados, pero lo que está claro es que el joven Lope resulta creíble, cercano, tan frágil en su vulnerabilidad amorosa como violento en su empeño. Igual que los dos grandes amores que marcaron su juventud: la taimada Elena Osorio, interpretada cabalmente por Pilar López de Ayala, y la tierna Isabel de Urbina, una aristócrata loca de amor que encarna a la perfección Leonor Watling.
Demasiados amores.
Lope ama a las dos a la vez, pero cuando Elena se casa con el sobrino del cardenal Granvela, que es inevitablemente mejor partido, Lope inunda Madrid de letrillas, coplas y hasta una obra teatral que ponen cual chupa de dómine a la dama y a su señor padre, Jerónimo Velázquez, conocido empresario teatral al que el poeta regalaba comedias a cambio de los favores de la hija. Tanta es su inquina que los Velázquez lo denuncian por calumnias. Resultado: una orden judicial lo envía a la cárcel. Al salir, despechado, reincide en el libelo y esta vez la condena es más severa: destierro de la Corte por ocho años y dos del reino de Castilla, con amenaza de pena capital en caso de desobedecer.
Pero Lope ya se había enamorado de Isabel, hija del pintor del rey Diego de Urbina, con quien se casó tras raptarla... con el consentimiento de la joven. Ni la condena ni el matrimonio consiguieron aplacar su talante y a las pocas semanas dejó a Isabel para alistarse en la aventura fallida de la Armada Invencible contra Inglaterra. De vuelta, indemne, fue a Valencia a vivir con Isabel y ésta fue la única etapa de tranquilidad que disfrutó en su vida. Allí compuso multitud de comedias e inventó el teatro moderno, cuando dejó de lado las formas aristotélicas en boga y asumió el imbroglio italiano que contaba, dentro de la misma obra, dos historias en vez de una.
La puñalada de Cervantes.
Pasados los años del destierro, su vida será otra vez una vorágine. Se suceden los nobles patronos como el quinto duque de Alba o el conde de Lemos; y por fin Madrid, el escenario donde de verdad le gustaba batallar. Ahí es de nuevo procesado por amancebamiento con la actriz Antonia Trillo y, cuando muere Isabel de posparto, no tarda en casarse con Juana de Guardo, hija de un rico carnicero, lo que motiva la befa de sus colegas escritores, en especial del incisivo Góngora.
Muchas eran por entonces las academias madrileñas donde se reunía el tropel de poetas, novelistas y dramaturgos. Allí conoció y se hizo amigo de Cervantes, quince años mayor, relación que degeneró en una dura hostilidad que el alcalaíno dejó traslucir con toda maldad en el comienzo del Quijote, que es una burla atroz sobre la vida de Lope. Celos, envidia y una forma opuesta de sentir el mundo. Lope, más cínico; Cervantes, más humanista.
Aunque era detestado y admirado a partes iguales, cuando Lope murió, entristecido y con la vanidad desinflada aunque añadiendo nuevas amantes al tálamo sacerdotal, fue aclamado por doscientos escritores. Uno de ellos era el ecuánime Miguel de Cervantes, quien no tuvo reparos en acuñar uno de los calificativos que más le cuadran a su feroz enemigo: “Monstruo de la Naturaleza”. Cómo saber lo que quería decir...



