Un crimen mal olvidado

13 / 11 / 2009 0:00 Luis Algorri
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Miguel Barroso publica Un asunto sensible (Mondadori), el apasionante relato de una delación y un juicio podrido en la Cuba de los años 60.

Al principio cuesta trabajo saber de qué va la historia, cuál es el “asunto sensible” que a Miguel Barroso (ex secretario de Estado de Comunicación con Zapatero) le ha llevado 450 páginas. Es un crimen, eso sí. Una masacre que se produjo en Cuba en 1957, cuando aún mandaba Batista. Un grupo de revolucionarios trató de tomar al asalto el palacio presidencial. Salió mal, los asaltantes huyeron y se refugiaron en un piso de la calle de Humboldt, nº 7. Ni 24 horas tardó la policía en entrar en el piso y freírlos a tiros a todos sin más trámite. La portada del libro la llena una foto en la que un niño muy formalito contempla un arroyo de sangre que baja por las escaleras del primer piso hasta la calle. Fue un chivatazo. Uno de los conjurados delató a sus compañeros convencido de que la policía los detendría y nada más. Cuando Batista huyó por fin, en la Nochevieja de 1959, y los barbudos del comandante Fidel Castro tomaron el poder en Cuba, se supo quién había sido el delator: un jovencito comunista, tímido y de aspecto equívoco, como se decía entonces, que se llamaba Marcos Armando Rodríguez, pero al que llamaban Marquitos. Marquitos fue juzgado dos veces, condenado a muerte y ejecutado. El juicio, al menos el segundo, alcanzó una repercusión extraordinaria: Fidel mismo se empeñó en que fuese retransmitido en directo por la radio oficial.

Hoy es el día en que los cubanos de entre 30 y 40 años hablan del crimen de Humboldt con esa mezcla de reverencia medio religiosa y miedo en voz baja con que se refiere uno a las mitologías que para sí crean las dictaduras, y en las que todo el mundo sabe, aunque no se diga, que hay algo que huele mal. El libro de Barroso relata, al principio casi a oscuras, luego cada vez con más luz, cómo fue aquel juicio que hoy, en la isla, cuando la dictadura agoniza, sigue siendo “un asunto sensible”. No es una novela. ¿O sí? “Es una novela de no ficción –dice Barroso– una novela en la que todo lo que se cuenta es cierto, todo pasó así, pero yo le voy dosificando la información al lector, voy dejando que sepa cada vez más cosas, pero poco a poco”.

Nadie es bueno

Si es una novela, el lector no tarda en darse cuenta de que no hay buenos. El lector empieza a darse cuenta casi desde el principio de que está ante una historia que pudo agrietar el hormigón aparentemente impenetrable de la, por entonces, incipiente dictadura cubana. El delator es un pobre chaval que hizo lo que hizo por despecho, humillado porque sus compañeros comunistas lo insultasen y se riesen de él a causa de su homosexualidad (la terrorífica homofobia del comunismo de entonces).

Fue una venganza infantil que trajo unas consecuencias terroríficas. Pero ¿cómo se obtuvo su confesión? ¿Con qué métodos? ¿Cuándo? ¿Y quién más estaba implicado? ¿Hasta dónde llegaban, dentro del aplastante mecanismo de poder que controlaba Fidel, las ramificaciones, las responsabilidades de aquel crimen? ¿Quiénes protegieron a Marquitos, y por qué? Ahí es donde empieza el olor a alcantarilla. Barroso ha dedicado a aquel episodio meses de investigación minuciosa, aunque asegura que se encontró la historia casi por casualidad: “Yo estaba buscando información para una novela ambientada en Cuba que aún no he publicado. Dediqué tiempo a reunir documentación y de pronto me encontré con esto. Empecé a tirar del hilo... y acabó saliendo un libro aparte”. ¿Por qué? Él mismo lo dice en el libro: “Por romántico afán justiciero y ramplona curiosidad”.

El empeño de llegar hasta el final. Pero habló con una asombrosa cantidad de gente, lo mismo en La Habana que en Miami o Madrid. Estremece el testimonio de Joaquín Ordoqui García, hijo de uno de los comandantes revolucionarios que pagaron caro lo que tuvieron que ver en el crimen de Humboldt 7, como se le llama aún hoy. Y, esto sobre todo, consiguió ver la prensa de la época (algo muy difícil, las hemerotecas cubanas ponen todas las dificultades imaginables) y logró nada menos que la transcripción literal de las actas del juicio. ¿Cómo dio con eso? Barroso, que pasa por ser uno de los hombres mejor informados de nuestro país, sonríe: “Eso me lo voy a guardar, pero puedes creerme: no necesité usar influencias privilegiadas.

Lo que yo encontré puede encontrarlo cualquiera, si tiene paciencia. Ten en cuenta que el juicio fue radiado y grabado en película. Y que, cuando algo se publica en un periódico o en una revista, siempre hay alguien que conserva un ejemplar”. Barroso está de acuerdo: es casi una novela de gánsteres. Las luchas por el poder dentro del castrismo eran tan feroces como en cualquier otra dictadura. El miedo de los dirigentes, de todos menos de uno (el propio Fidel), se huele desde el principio: nadie se sabía a salvo, todos perdían el sueño ante la posibilidad de que otro encontrase los cadáveres que cada cual tenía en el armario... o que se los inventase, eso daba igual. Y, eso sí, de puertas afuera se exhibía ese patriotismo gritón, que suena a latón desportillado, que chirría página tras página. Hasta que el lector descubre que... Ah, pero como dice Barroso citando a Mark Twain, “eso es otra historia”. Una historia que mantiene al lector en vilo.

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