Tánger: lo que queda de España
Medio siglo después de que fuera absorbida por Marruecos, la antigua Tánger internacional conserva a duras penas la huella de la cultura libre. Todavía viven allí españoles.
El 18 de abril de 1960, a los cuatro años de que Marruecos espantase la pulga europea, Tánger dejó de ser ciudad internacional y se integró en la Corona. Al año siguiente murió Mohamed V y su hijo, Hassan II, emprendió la tarea de unificar un país donde había tribus beligerantes. Y Tánger se desmadejaba. Muchos de los habitantes empezaron a sentir algo nuevo y terrible: eran extranjeros, no pertenecían ya a la tierra donde muchos habían nacido o llegado desde muy lejos para hacer fortuna.
Los empresarios temieron por sus riquezas y abandonaron la ciudad. Después lo harían muchos otros nuevos parias: franceses, portugueses, belgas, holandeses, americanos, ingleses, judíos eternamente nómadas, españoles. Este es un viaje a Tánger en busca de los que renunciaron al viaje y consideraron esta ciudad africana su pequeña patria eternamente cosmopolita.
Paca vive en Tánger. Es granadina y tiene 82 años. Su casa, en la calle Sevilla, el corazón de lo que fue el barrio español, es una vieja capilla-escuela, el primer colegio español de Tánger, el primer edificio de la fe católica en la ciudad. Allí vive sola. En el altar en que antaño estuvo la imagen sagrada, hay ahora una televisión donde Paca recibe las noticias del mundo exterior. Paca adora tener invitados y demuestra que la iglesia, en este caso, sí es la casa de todos.
En Tánger se casó con Joao el portugués, que atravesó el Estrecho en el 39 subido a una patera en dirección contraria a la que hoy es habitual. Ella servía en casas de españoles y franceses, y el Tánger internacional fue su tierra prometida. Pero una empleada del hogar ¿no es siempre una criada? “No, leches, no había clases, éramos todos ciudadanos de la ciudad internacional. En el teatro Cervantes nos juntábamos todos los domingos para escuchar música: cantaron Raquel Meller, Imperio Argentina, Lola Flores, Juanito Valderrama...”
La policía era una leve mácula en la libertad de la ciudad. Cada uno de los países al mando tenía su propia policía, sus reglas particulares, y aquellos tangerinos ingeniosos las burlaban con artimañas ad hoc.
Tánger era libertad y locura. Los españoles del protectorado viajaban a la sala Mauritania de Tánger para ver los desnudos femeninos censurados en España. Allí se construyó también la plaza de toros más grande de África, edificio rehabilitado ahora, por increíble que parezca... para viviendas. El cruce hispano impregnaría a la cultura musulmana generando incluso graciosos giros lingüísticos: en las pequeñas tiendas de comestibles, darán un polvorón al cliente si pide un nuchbuwina (nochebuena).
Una peluquería.
Cerca del teatro Cervantes (ya apagado y en ruinas) encontrará el viajante una antigua y colorida peluquería de caballeros. El dueño es, quizás, uno de los tangerinos españoles más sorprendentes de la ciudad: el (casi) nonagenario Juan Bernardo Guillén, tercera generación tangerina. Su local es diminuto y está casi totalmente convertido en biblioteca. “Es mi estudio, como no hay clientes, lo aprovecho para escribir mis artículos. Lamento no haber podido estudiar Periodismo, porque mi vocación no era ser peluquero. Pasé cuatro años en el colegio español y otros cuatro en el francés, pero murió mi padre y tuve que buscar trabajo. Cuando empezó a irse la gente a Europa y salió tanta competencia de peluquerías marroquíes, fui cambiando de actividad. Me gustan sobre todo los clásicos”.
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Vivió la mejor época de la vida y, a la vez, de la ciudad: “Tener 20 años en los 40. Tenía amigos españoles, franceses, ingleses, americanos, japoneses, hindúes... como todo el mundo”. Trabajó 17 años en una peluquería de sefarditas, aprendió palabras en su idioma, asistió a sus fiestas, los acompañó al altar y a alguno, recuerda, también al cementerio. “Mi mejor maestro, ¿sabes quién ha sido?”, Juan Bernardo sonríe señalando su elegante sillón de peluquero.
Unos nombres.
Los limbos legales son buenos para divertirse, pero mejores para hacer fortuna sin vigilancia. Tánger fue el banco de espías, divisas internacionales y conjuras diplomáticas que inspiraría el filme Casablanca. Tras la Segunda Guerra Mundial había 19 consulados, 56 bancos y agencias de cambio para poco más de 100.000 habitantes. “Eso era la punta de un iceberg caliente comercialmente”, apostilla Juan Bernardo. La peseta y el franco marroquí compartían monedero; se pagaba con dólares y oro todo artículo material, inmaterial o humano imaginable.
Ciudad de parias, tras la victoria de Franco llegaron a Tánger unos 50.000 exiliados españoles. Eduardo Haro dirigió allí el diario España. Una tierra prometida en tiempos de totalitarismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, las potencias acordaron que tropas españolas velarían por la neutralidad de la plaza internacional, valiosísima desde el punto de vista estratégico. Franco, al parecer, siempre aspiró a controlar la Administración Internacional, pero no fue la única sombra que pasó sobre la ciudad. “Con mis ojos vi el Graf Zeppelin sobrevolar la bocana del puerto, y en la plaza del Zoco Chico un banderón con la cruz gamada”, recuerda Juan Bernardo.
Pero los limbos atraen también al artista. Tánger tocó a Edmundo de Amicis, Jean Genet, Alejandro Dumas, Mark Twain, Pío Baroja, Paul Morand, Tennesse Williams, Juan Goytisolo, Ángel Vázquez, Pierre Loti, William Burroughs, Truman Capote, Paul y Jane Bowles. A pintores como Matisse, Delacroix (“sería preciso tener veinte brazos y días de 48 horas para darse una idea de cuánto he visto en Tánger”, dijo) o Fortuny. Rimsky-Korsakov compuso aquí la overtura de Sherezade, recuerda Ignacio Alcaraz Cánovas en su libro Entre España y Marruecos. Errol Flynn y Bertolucci vinieron a divertirse (imagine cada cual de qué manera), y la idea de crisol fue tan poderosa que llegó a proponerse la ciudad como sede de las Naciones Unidas.
Pero para hablar de cultura hay que preguntar a otra tangerina fundamental: Rachel Mulay. Regentó durante 25 años la Librairie des Colonnes (librería de las columnas) en el bulevar Pasteur. Este local fue el centro de la vida cultural de la ciudad internacional, aunque ella se hizo con los mandos en el 73, es decir, en uno de los momentos más difíciles: la marroquización. Sin embargo esta sefardí de hondísima cultura logró levantar el negocio. Allí hubo siempre, además, libros prohibidos por la censura franquista. Rachel anuncia orgullosa, en su perfecto castellano: “Había un estante de dos metros lleno de las ediciones de Ruedo Ibérico. Aquí los españoles podían leer de todo, para eso estábamos en una ciudad libre”.
Cuando Marruecos integró a Tánger, muchos extranjeros sintieron miedo y emigraron. ¿Equivocadamente? Juan Bernardo piensa que sí: “Este miedo fue aprovechado por los listos, que compraron propiedades a dos duros. El miedo es lo único libre. De eso se aprovechan los listos”. Rachel se muestra más estadística: “Lo que pasa es que las empresas migraron y no había trabajo como antes”. Paca, por granadina, aporta el brote trágico: “Cuando cogieron esto, lo echaron a perder. Aquí hacíamos procesiones de Semana Santa y Carnaval. Ahora no podemos tocar ni las campanas de la catedral, y están quitando a todas las calles sus nombres hebreos y españoles”.
Pero coinciden, con sus más y sus menos, en la valiosa actuación de Mohamed VI en la ciudad. El derribo de muchos de los edificios emblemáticos de la colonia borra pero rejuvenece. Juan Bernardo apostilla: “Estoy en contra de la nostalgia. Tánger vale más que un pasado, vale un futuro”. Rachel añade: “La ciudad está maravillosa. Continuamente hay exposiciones de pintura, teatro, conciertos, festivales de jazz. ¡Y qué decir de la situación de la mujer! Yo viajé por Andalucía en los 60 y no veía tantas mujeres por la calle. Este es el futuro. No hay peligro de fundamentalismo aunque el país se haya islamizado, y te lo digo yo que soy mujer y para colmo judía”.
¿Y los jóvenes? Encontraremos en el pub Tangerinn a algunos de ellos: Tatiana Estévez, sexta generación tangerina; Francisco Zaragoza, tercera. Y descubrimos que los jóvenes sueñan la ciudad internacional que no vivieron con mucha más intensidad que los viejos. “Mi abuelo, mi padre y yo hemos nacido aquí. Hablo árabe, soy tangerino y español, pero no marroquí: vivimos con tarjeta de residencia, no podemos optar a la nacionalidad. Para ellos soy extranjero. Eso es lo que ha cambiado: en la época internacional no había extranjeros”. Pero Tánger sí los quiere. Juan Bernardo, al despedirse en su peluquería, resuelve la paradoja de nacer fuera de España, amar a Tánger y no ser marroquí: “Te lo explico: mi madre es Tánger, mi padre es España”.



