“Querido y remoto muchacho...”
Fallece Ernesto Sábato, el último de los grandes escritores argentinos del siglo XX, cuando estaba a punto de cumplir 100 años.
La estantería negra se obstruye a sí misma, se cierra como un galápago lento y rencoroso, se niega. Al menos al principio. Sé que no puede hacer gran cosa porque esto no es Borges: aquí no hay laberinto ni cursilería que valga, la estantería negra ha sido ordenada doce veces por terminante orden alfabético de autores, así que tiene que aparecer.
Y aparece, no faltaba más, pero de inmediato, en cuanto lo tengo en la mano, me asalta el rencor, que no es una simple duda sino rencor, y ese sabor a tierra seca en la boca no procede de mí, que me paso la vida revolviendo libros viejos, sino del Abaddón el exterminador. Al libro no le gusta que lo muevan.
Lo siento. He tenido, desde niño, una costumbre un poco tonta. En primer lugar, jamás conservo conmigo un libro que no haya terminado y disfrutado, los demás los tiro (esa no es una costumbre tonta sino todo lo contrario); y luego siempre he anotado en las guardas, desde crío, algunas cosas. La fecha en que comencé la lectura y la fecha en la que la concluí, por ejemplo. Una, dos, tres, como mucho cinco palabras que resumen mi impresión al terminar el libro, porque siempre están escritas dos segundos después de volver la última página. También mi firma: ahí se puede ver que ha cambiado tres veces en todas estas décadas.
En algunos casos, muy pocos, los libros que duermen en la estantería negra conservan más información, y quedaría maravilloso decir aquí que es sorprendente o asombrosa y que requiere el inicio de una nueva ficción, pero no es verdad eso. Lo único que queda en el Abaddón es un cartoncito, tan descolorido y legañoso como el resto del libro: un billete de metro que prueba que yo estaba leyendo Abaddón el exterminador, de Ernesto Sábato, el 6 de septiembre de 1984, en el subsuelo de Madrid. Y que lo terminé nueve días después, no sé si bajo tierra o dónde. Mi nota final: “Muy bueno!”.
Lo que me hace temblar es el lugar donde estaba durmiendo el cartoncito. Es entre las páginas 110 y 111 de esta edición barata, de un valor incalculable para mí, de Seix Barral. Al final de la página 111, Sábato abre capítulo nuevo y escribe, en versales: “QUERIDO Y REMOTO MUCHACHO:”. Y lo que viene a continuación es una de las descargas eléctricas más devastadoras que este caballo ha disfrutado en su vida. Es una carta de Sábato, del propio Sábato en carne y hueso, a un chaval que no se sabe por dónde andaba ni qué le sucedía, pero que había sacado por un momento la cabeza de debajo del agua de la desesperación y había escrito a Sábato pidiéndole ayuda, consejo, siquiera una sonrisa. Él, el chico, quería ser escritor pero no sabía bien cómo, o por dónde, ni a pesar de quiénes; hundido en su propia miseria, o en la miseria que los demás le destinaban cariñosamente, rellenó una cuartilla quizá con sangre (sin quizá; esas cosas no se escriben con otros materiales), la echó al correo y provocó una deflagración sin precedentes, porque Sábato le contestó en el Abaddón.
La negrura y el terror.
No puedo hacer otra cosa sino copiar: “Te desanimás porque no sé quién te dijo no sé qué. Pero ese amigo o conocido (qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o, ya que te niega, de alguna manera es superior a vos (...) Tendrás infinidad de veces que perdonar ese género de insolencia. La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión (...) Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico”.
Hoy la tinta amarilla del rotulador fluorescente se ha evaporado (hace 25 años), pero lo poco que queda deja ver que jamás, en toda mi vida, había subrayado un texto con tal pasión. “Me basta ver uno de tus cuentos. Sí, ya lo creo que un día podés llegar a hacer algo grande. Pero ¿estás dispuesto a sufrir todos esos horrores? Me decís que estás perdido, vacilante, que no sabés qué hacer...”
Y entonces llega el mazazo, página 117: “Cuando se escribe en serio, es el tema el que lo elige a uno. Y no debés escribir una sola línea que no sea sobre la obsesión que te acosa, que te persigue desde las más oscuras regiones, a veces durante años”.
Sábato se ha muerto al borde mismo de cumplir un siglo y sin haber transgredido jamás, ni una sola vez en toda su vida, ese terrible mandamiento que debió de aplastar al querido y remoto muchacho. Sábato... iba a decir regaló, pero no es verdad: asestó a la humanidad tres novelas brutales, despiadadas, que son, además del Abaddón, El túnel y Sobre héroes y tumbas. Y quemó otras, no sé cuántas, me atrevo a imaginar que muchas, porque no las consideraba buenas; es decir, porque no procedían de las oscuras regiones en que vivió y latió aquel niño sonámbulo que se levantaba dormido para pedirle agua a su madre y luego se volvía a la cama soñando que nunca se le calmaría la sed. Y el sueño, la obsesión que le acosaba y que lo persiguió durante un siglo demoledor, era verdad. Era su vida.
No he leído nunca unas páginas más terroríficas que el Informe sobre ciegos que incluyó, quién sabrá por qué, en Sobre héroes y tumbas. Lo que se experimenta leyendo eso es pánico puro. Saramago trató de seguirle el apunte en su Ensayo sobre la ceguera, pero era imposible que le saliese bien porque Saramago estaba edificando una metáfora maléfica, o sea una ficción, y Sábato estaba convencido de que el horror que él contaba era real, estaba pasando en alguna parte o en alguna de las regiones oscuras de la realidad. El buen viejito medio ciego y con aquel adorable bigote de morsa no estaba intentando provocar miedo en el lector: relataba su propio miedo. Lo transmitía, casi como quien se asoma a la ventana y pide socorro a gritos porque el miedo está ahí mismo, en la puerta de la habitación, y se acerca, envuelto en una sonrisa sin dientes.
Pero sí escribió Sábato algo más atroz que la negrura de sus novelas. No me atrevo a imaginar qué habrá sentido el “querido y remoto muchacho” al echarse al estómago el informe que escribió Sábato tras presidir la Conadep, la comisión que investigó las torturas, asesinatos y desapariciones de la dictadura argentina entre 1976 y 1983. El libro se llamó Nunca más o Informe Sábato. Ahí se encontró el escritor, de frente y de día, con todos los fantasmas de las “oscuras regiones”. No tuvo que inventar horrores, ni siquiera diálogos. Bastaba la enumeración exacta de los hechos para revolver las tripas a un buey. Sábato se ha muerto después de enseñar cuánto valor hay que reunir para enfrentarse a la escritura. Del remoto muchacho, si es que alguna vez hemos sido alguno de nosotros, nunca más he sabido.



